viernes, 20 de julio de 2018

315. Aquiles Allier, ciudadano francés que arribó al Perú con la expedición libertadora de Don José de San Martín, dedicado al comercio, fundó la era del guano en 1840 y fue el primer presidente de la Sociedad Francesa de Beneficencia en 1860


Carlota Mercedes y Emilia Teoboalda Lajara y Allier, las nietas de don Aquilés Allier cuyas litografías fueron publicadas en el primer número de la revista El Americano, publicado en París, como representantes de la belleza latinoamericana. Este tipo de reportajes en su primera plana estuvo por primera y única vez reservada a mujeres, confirmando la importancia del señor Allier en Francia en los años finales de su vida.

Aquiles Allier de Pons, fue el fundador de la colonia francesa en el Perú y primer Presidente de la Sociedad Francesa de Beneficencia, quien integró el estrato social y económico que emergió de la Independencia como el nuevo poder del país, pero que no tardó en confluir sus intereses con la antigua aristocracia colonial, que tuvo a don Aquiles como uno de los suyos a pesar de la inexistencia de una alianza matrimonial. Allier no creyó en que las familias se formaban a partir del lavado de los linajes con el mejor jabón de Castilla, es decir títulos nobiliarios abolidos, sino a partir de la inteligencia, el talento y la erudición.

Don Aquiles Allier hizo celebrar en París el 28 de julio de 1870 el cincuentenario de la Independencia del Perú, un año., antes de la fecha, porque se trasladaba a Ginebra a pasar el verano y no sabía si Dios le iba a dar vida suficiente para retomar a la capital francesa, que ya vivía los vientos que anunciaban el inicio de la guerra franco prusiana. Allier reconoció haber estado presente en Lima el 28 de julio de 1821. Su papel no era militar, tampoco el de comerciante, representaba a los franceses residentes en Valparaíso y Buenos Aires, comprometidos con las banderas de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Un parisien en Lima, caminando en 1821 por las viejas calles virreynales con decenas de tapadas observándolo, soltando sus pequeñas risas, alejándose de su paso más rápido que su vista, mientras otras lo cruzaban, para desaparecer al instante, hasta ser abordado de improviso y sin ningún previo aviso. Su alma aventurera vivía los mejores y más interesantes momentos de su vida, pero ya estaba enamorado de la joven y preciosa señora Manuela, la dueña de la posada en la que se alojaba.

El espíritu jacobino lo envolvía en ese 1821, en que no había llegado para hacer la América, ni ganar dinero aunque sea en montos diminutos, estaba en Lima para vincular a la masonería a la ciudad luz. Entonces podríamos verlo como un liberal masón, en un momento histórico en que todos eran liberales masones y don Aquiles Allier pudo sentar las bases de una serie de amistades sin ninguna cercanía del vil metal. Allier retornó a Valparaíso y no tardó en regresar a la capital peruana con un cargamento de mercadería, que no pudo colocar, no había dinero en el país.

En este tiempo sin negocios, ni transacciones comerciales estrechó la amistad con monseñor Francisco Javier de Luna Pizarro, Faustino Sánchez Carrión. Francisco Javier Mariátegui. el vizconde de San Donás y los futuros mariscales José de la Riva Agüero, Agustín Gamarra, y Mariano Necochea, entre otros. Sin embargo, quien se convirtió en la pieza fundamental a partir de la que armó su fortuna, fue don Juan José de Sarratea, aquel que había aprovisionado a la Expedición Libertadora, un comerciante argentino, amigo de don José de San Martín. Sarratea rápidamente se había convertido en el factotum del comercio limeño, él invertía el dinero de sus compatriotas, tenía pues algún capital disponible. Allier en el verano de 1822 le pidió que le financiara una expedición a Guayaquil llevando la mercadería que no había podido vender en Lima. Sarratea aceptó financiar a Allier, pero también le entregó mercadería de su propiedad. Al mismo tiempo los militares franceses le entregaron sus pequeños capitales que don Aquiles usó para adquirir otro lote de mercancía. Así se fue a Guayaquil, rápidamente regresó con onzas de oro. En abril de 1822 partió con un nuevo cargamento asociado con Sarratea que lo llevó a Guayaquil, Panamá y Centro América. Don Aquiles volvió con onzas de oro. Era ya un hombre independiente. En 1823 llegó hasta México.

En febrero de 1824, ante la desocupación de Lima ordenada por el Libertador Simón Bolívar, optó por seguir a la tropa comandada por Necochea. Pasta ese momento Allier había sido un comerciante de temporada en Lima, pero tal vez pensó que el ejército realista pudiera fusilarlo. Cabalgó hasta Chan- cay al lado de Bruix, Giroust, Soyer, y Paillardelle Le tocó vivir los arrestos de Brandsen y de Raulet. No sabemos como Allier llegó a tener asiento en la mesa de la casa de la Magdalena de Bolívar. Antes don Aquiles aprovisionó al Libertador de los uniformes que necesitaba para el ejército de la nueva república de Bolivia.

Allier asistía a la casa de Bolívar con la señora Manuela. Esta era una relación pública, ella una antigua patriota separada de su esposo (un argentino, amigo de San Martín y uno de los enlaces que tuvo en el Perú antes de la Expedición Libertadora). El caso de los Allier estuvo extendido en Lima, la larga Guerra de la Independencia produjo situaciones sociales nuevas que rompió muchos matrimonios. Manuela Núñez Gago y Barriga, hija de un fondero español natural de Salamanca y de arequipeña de enorme parentela, fue una mujer de negocios con rúbrica propia, tuvo un momento social importante en la breve época de Manolita Saenz, la compañera de Bolívar, después debió enfrentar la dureza de la sociedad limeña.

El comercio francés en Lima en los primeros años de la República era casi insignificante, dependía absolutamente de firmas mercantiles de compatriotas establecidas en Buenos Aires y Valparaíso, que les enviaba mercadería que no habían podido vender. En esas condiciones resultaba imposible que algún galo pudiera desarrollarse en la capital peruana. Los cónsules ingleses previeron equivocadamente el fracaso de la presencia francesa en el Perú. No comprendieron los primeros negocios de Allier, quien por su experiencia adquirida en las expediciones comerciales que emprendió conocía los mercados de los diferentes puertos del Pacífico y pudo así discernir que mercadería se recibía para su venta en Lima o su envío a diferentes puertos latinoamericanos, y sin ninguna pérdida de tiempo se rechazaba la que calificaba sin interés, reembarcándola como devolución. El éxito de estas operaciones le permitieron obtener nuevas onzas de oro, vitales para realizar diferentes inversiones en el país, pudo salvar de la quiebra a sus compatriotas y otros comerciantes que se le asociaron, pero finalmente consiguió encontrar trabajo en otros puertos para aquellos franceses que no se aclimataban en nuestro país, sin proponerlo creo una pequeña red de amigos en diferentes países.

En esta época de l.os primeros años de la República, Allier ocupó el lugar de un intermediario para vendedores de mercadería francesa, este monopolio por lo menos fue suyo hasta la era del guano, ello le permitió no arriesgar grandes capitales que podía emplear en la minería y la agricultura, al mismo tiempo nucleó un interesante grupo de personas que trabajaban para él. En cambio las firmas mercantiles de bandera francesa se limitaron a tener establecimientos magníficamente bien surtidos, aprovisionaban a algunos tenderos, vendían pasajes y colocaban a consignación carga en las bodegas de barcos franceses. Existieron algunos importadores independientes, pero no pasaron de dueños de tienda. El resultado fue que ninguna empresa de bandera francesa pudo desarrollarse económicamente y sus dueños no tuvieron interés en persistir en esos negocios.

Los tenderos o dueños de pequeños establecimientos de los portales de la Plaza de Armas, de las calles Judíos y Bodegones, y del jirón de la Unión que tuvieron la capacidad para convertirse en funcionarios de los negocios promovidos por Allier pasaron a ser la élite de la colonia francesa y se enriquecieron en la era del guano, curiosamente nunca se desprendieron de sus tiendas, para las que contrataron administradores. La suerte fue que Aher, compadre de todos ellos no fracasó y les garantizó siempre la recepción de sus utilidades trimestrales en el caso de tenencia de letras de cambio y de dividendos anuales en los diferentes negocios. Entonces. los que quisieron, pudieron vender sus bienes limeños y retornar a la patria con la seguridad que algún dinerillo constante recibirían de las empresas de don Aquiles.

Todos ellos: Allier, las firmas mercantiles y los tenderos, eran abastecedores de vendedores al detalle o por unidad, igualmente tenderos pero mucho más modestos en sus pretensiones comerciales, sus pequeños negocios colindaban con las grandes empresas del país. También podían ser dueños de puestos, y cajoneros (cajones se llamó a cada puesto de ventas del mercadillo que circundaba la fachada de-l Palacio de Gobierno de Lima). Las formas de venta fueron muy variadas y las oportunidades peruanas bastante escasas para ellos, franceses de este tiempo fueron Hipólito Panais, Dumas, Galland, Ferrere, Montand, Lirie, Archardt, Arebant, David, Piquet, Delbos, Mante, Recon, Lenert, Lafferrere, Daliphard, Darrieux, Ablon, Lelamus, Desclaux, Gilloire, Cabarus, Pallard, Gaussins, Faure, Lambarede y Pierre Gosse.

La posición de Allier en el comercio peruano se reflejó en dos propiedades inmuebles. En Lima hizo del antiguo convento Santo Tomás un mercadillo de vendedores de mercadería francesa, después de muchísimos años hacia 1860, según Manuel Atanasio Fuentes, se había venido a menos. En cambio la denominada casaAllier persistió durante todo el siglo XIX en ser el másrvalioso predio del Callao. Cuatro de sus almacenes le otorgaban a don Aquiles en 1876 mil libras esterlinas de renta anual. Los otros tres almacenes estaban destinados a empresas francesas, cuyo monto de arriendo era parte del aporte societario de Allier. El segundo piso estaba destinado a oficinas. Ese año la casa Allier pagó por los números 4 al 26 de la calle Muelle 185.76 soles de impuestos semestrales, en tanto el Hotel Maury con su anexo en la Plaza de Armas pagó 120 soles semestrales. En el Callao la tasa de impuestos prediales era menor que en Lima. La casa Allier pagaba el doble de lo pagado por el segundo predio más importante del puerto.

Cincuenta años antes, el último momento del gobierno del Libertador Bolívar, don Aquiles Allier, vio la prisión y deportación de Luna Pizarro, Necochea, Raulet, Sarratea, Mariátegui y otros.

Al año siguiente, Luna Pizarro era presidente del Senado, Necochea y Raulet estuvieron reintegrados al Ejército y Mariátegui era el ministro de Relaciones Exteriores. En lo sucesivo hasta su quiebra por la fábrica de seda, Sarratea era ya parte de los negocios de Allier. Dos años después Luna Pizarro y Necochea volvían al exilio, al ser derrocado el mariscal La Mar.

Don Aquiles Allier amigo del presidente Agustín Gamarra, sea por convicción o por pedido del coronel Soyer, aceptó ser apoderado del mariscal Riva Agüero. Cuando los dos militares peruanos rompieron su alianza política, Allier persistió en ser apoderado de Riva Agüero. El comerciante francés se sumó al igual que el coronel Soyer al gobierno de Orbegoso resultante de la alianza entre Luna Pizarro y Riva Agüero. El nuevo gobernante en la época de Bolívar había protegido a la esposa de Brandsen y al propio militar le dio refugio en una de sus haciendas. En esta época, Allier pudo obtener contratos para la fabricación de maquinaria en París para la Casa de la Moneda de Lima y también para la de Trujillo. Orbegoso lo designó socio de la Sociedad de Beneficencia Pública de Lima, integrando el primer directorio de esta institución. En 1835 dio inicio a los primeros embarques de guano a Londres.

En los tiempos de la Confederación Peruano Boliviana, Allier persistió en sus envíos guaneros a Europa, cumplió su contrato con la Casa de la Moneda dirigida por Necochea, figuró entre los ricos de Lima que quisieron fundar el primer Banco del Perú, proyecto fracasado. El mariscal Santa Cruz, por alguna circunstancia, no tuvo a Allier cerca. No lo confirmó como socio de la Beneficencia de Lima yno le otorgó la Legión de Honor. Enjulio de 1838, cuando las tropas del mariscal Gamarra estaban a las puertas de Lima, los franceses que habían apoyado a Santa Cruz, encabezados por el Cónsul Barrere, los Denuelle y los Nussard, entre otros, vendieron sus cosas y partieron del Perú para siempre. En agosto de ese año Allier se presentó en Lima ante Gamarra, ya proclamado Presidente de la República, aunque demoró casi un año en ser elegido para un segundo mandato.

Llegó el momento de las definiciones, cuando Santa Cruz retomó el control de la capital, mientras Giroust volvía a ser el artillero de las fortalezas del Callao para defender a la Confederación. Allier con el pretexto que el general chileno Bulnes había ocupado las haciendas que arrendaba en Chancay, salió de la capital para defender sus inversiones. A partir de ese momento no ocultó su gamarrismo, patrocinó y fue colaborador del diario Mercurio Peruano que en su última época sólo buscó la elección presidencial de Gamarra, lograda ésta no tardó en cerrar sus puertas para siempre.

Estos primeros 18 años de vida peruana fueron de felicidad, la mujer que él amaba lo idolatraba y con la Restauración encabezada por Gamarra había consolidado su posición social en el Perú, como ningún otro francés podría hacerlo. Allier nunca consideró oportuno hacer pública su vida anterior al 28 de julio de 1821. Los militares franceses que participaron en la Independencia lo tuvieron como par, el propio Allier a pesar de suscribir al Partido Liberal de Luna Pizarro, Sánchez Carrión y Mariátegui, mostró siempre una línea militarista y su única hija se casó muy joven con un brillante oficial. El ánimo de Allier siempre fue el de un oficial bonapartista que había tenido que partir al exilio después de Waterloo. Indistintamente existieron versiones en Lima que señalaron que había sido seminarista, empleado del Arzobispado de París y amanuense de un Obispado francés.

El 29 de julio de 1831 conmemorando el primer aniversario de la revolución de 1830, pudo fundar la colonia francesa en torno a su persona, como un hombre que salía del exilio y en su condición de jefe del partido bonapartista en Lima, tuvo palabras finales a favor de Polonia. En lo sucesivo hasta su retorno definitivo a París en 1861, don Aquiles públicamente y también en los diarios defendió la política interna y externa de Francia. Sorprendió en los sectores instruidos de la capital su defensa de la decisión que llevó al trono a Luis Felipe Igualdad, traicionando a la revolución de 1830 y la sorpresa nunca cesó por la defen sa continua a través del tiempo de este monarca, al extremo que El Comercio le dedicó un editorial en su N°49 del 5 de julio de 1839, criticando la defensa de Allier a un tratado de paz que culminó una agresión naval francesa a terntorio mexicano. Don Aquiles no justificó el conflicto sino el tratado que le puso punto final. El que finalmente ese periódico publicó sin críticas y con explicaciones.

Aher desde un principio fue un francés al que se le exigió en Lima un comportamiento de acuerdo al prestigio de su patria como hijo de la Revolución Francesa dado que había nacido en Embrun (Altos Alpes) en 1790. Los sectores culturales e instruidos del país aceptaron a don Aquiles como una personalidad igual a ellos. Una frivolidad de este grupo fue hacer que Allier se convirtiera en el importador de libros para la Biblioteca Nacional, como una puesta en la práctica de las discusiones etéreas e intenninables sobre antiguas y nuevas publicaciones. El conocimiento y manejo de títulos de librería trae siempre en cualquier momentn una aureola de sabiduría. Allier no era pues un vendedor de especias y tafetanes, sino el ciudadano francés que podía comentar sobre la cultura educativa, escolar, y universitaria. Apoyó y promovió rectores para el Convictorio de San Carlos y la Universidad San Marcós.

Madame Allier se sintió siempre muy cómoda entre intelectuales que no se hicieron problemas por la falta de una bendición a su relación con don Aquiles, quien le había comprado una casa en el jirón Junín N° 357-61, de esta propiedad sólo queda la fachada, que antes fue diferente. Ya después vivieron en la famosa casa La Riva del jirón Tea. Uno de los intelectuales asiduos a la mesa de los Allier, el abogado Miguel del Carpio (mecenas de escritores según don Ricardo Palma) en 1844 retornando de uno de sus eilios trajo la nueva que el esposo de la señora Manuela, Lucas Allende, era ya difunto, según parece había muerto en un hospital de Santiago. Una legión de testigos no tardó en corroborar lo dicho por Del Carpio.

El entonces Arzobispo Electo Francisco Javier de Luna Pizarro procedió a realizar el matrimonio sin ninguna pérdida de tiempo. Es un hecho importante señalar que la viuda firmó siempre como soltera y que su solicitud de viudez la presentó un 25 de setiembre y que la ceremonia matrimonial en la Iglesia del Sagrario se efectuó el 5 de octubre de 1844. En diez días la señora Manuela legitimó su relación con don Aquiles, en secreto y por la amistad de Luna Pizarro, muy incómodo por una situación que no encontraba solución. De acuerdo a su solicitud matrimonial don Aquiles se casó con su consorte.

Desde 1835, cuando viajó a Europa, llevando en secreto guano para establecer su alianza con el capital inglés, pero también portando su contrato para fabricar en París, maquinaria para la Casa de la Moneda, don Aquiles antes muy cercano al ateísmo y sin ninguna práctica católica, salvo las obligadas por convenciones sociales, tuvo un proceso de reconversión o de retorno a la Iglesia Católica, la religión de sus antepasados. La experiencia mariana que tuvo en esa vuelta a París en 1836 fue con el culto de la Virgen de la Medalla Milagrosa que difundía el Arzobispado de París y las Hijas de la Caridad, a partir de visiones de julio de 1830 de Santa Catalina Laboure.

La reconversión de Allier y su retorno a la Iglesia Católica creemos que tiene fecha exacta en el 1 de agosto de 1838, cuando ese día, en ceremonia presidida por Luna Pizarro, entonces obispo auxiliar de Lima, en la Iglesia del Sagrario se bautizó a Isidro Aquiles Rossel Sirot (hijo de don Eugenio Rossel) y a María Isabel Fermina Charon Benavides (hija de don Melchor Charon). Fiesta de franceses en la que don Aquiles fue el padrino, pero nos indica que todavía seguían celebrando los aniversarios de la revolución de 1830.

Este momento de introspección religiosa es paralelo con el contrato que suscribió con José Myers, comerciante de Liverpool, para la comercialización de guano en Inglaterra y sus colonias. Myers en forma experimental aceptó usar guano en sus tierras para observar sus resultados. En 1840 le comunicó el éxito a Allier pidiéndole el envío de grandes cargamentos, suscribiéndose ese año el primer contrato guanero, firmado por el entonces ministro de Hacienda, Ramón Castilla y don Francisco Quirós, quien asumió el arrendamiento de las islas guaneras, en representación de sus socios.

Un poco antes en el verano de ese año, cuando Allier enviaba guano a Europa en una situación de secreto de estado ordenada por el mariscal Gamarra, llenando las bodegas de Myers y de su socio Bland y además las de un socio francés de Burdeos cuyo nombre se mantuvo siempre en reserva, de improviso, Lima se vio interesada por una curiosa orden judicial de arraigo en la capital, con la prohibición de salir de la ciudad, dictada en su contra. Regresó, presumimos de Chincha, no se usó la fuerza pública en su contra porque Allier tenía más fuerza en los ambientes judiciales que los antiguos títulos de Castilla.

En esta época la situación estuvo muy movida, el derrumbe de la Confederación Peruano Boliviana había dejado al país postrado, la era del guano estaba recién naciendo totalmente protegidapor el mariscal Gamara. La gente clamaba porplata al cielo, la iliquidez era casi generalizada y la gente entraba en guerra por unas cuantas onzas de oro, una parte de los antiguos títulos de Castilla no se cansaron de volverse a morir en sus tumbas, cuando sus viudas, hijos y nietos aireaban en los diarios sus pleitos de dinero.

Casa de la Riva, la residencia de don Aquiles Allier en Lima y en la que funcionó el Consulado de los Estados Pontificios en los años en que el señor Allier fue cónsul.

Los Manrique de Lara y Muñoz 

La escandalosa guerra desatada contra Allier por la antigua familia virreynal Manrique de Lara y Muñoz, heredera de los títulos marqués de Lara y conde de Casa Muñoz, tuvo la meta de lograr arrebatarle judicialmente 25,000 pesos a don Aquiles, para ello contrató a don Manuel Lorenzo Vidaurre, fundador de la Corte Suprema del Perú y quedó representada por el magistrado y político gamarrista Andrés María Alvarez, esposo de la mayor de las señoras Manrique de Lara. El debate a página completa en El Comercio acabó con el súbito fallecimiento del famoso oídor y magistrado Vidaurre.

El problema era el incumplimiento de un contrato de arrendamiento de 4,000 pesos anuales de la hacienda Torre Blanca de Chancay, de propiedad de Josefa Muñoz de Soria, última condesa de Casa Muñoz, cuyo segundo esposo el señor Soria era amigo de Allier. La muerte de la condesa trajo inevitablemente problemas familiares por sus hijos Manrique de Lara en contra de los Soria (sus hijos menores), que fueron ventilados en los diarios, por lo que Allier optó por usar un testaferro, el diputado Felipe Revoredo en el contrato que suscribió sobre el arriendo del predio agrícola. Sin embargo, cuando volvió de Europa en 1836 se encontró que Alvarez, también amigo suyo le exigió que a él se le cancelara las anualidades y no a Soria, militar y compadre de Giroust.

Allier no había incumplido el contrato, solamente le había dado una interpretación diferente que nunca nadie pudo suponer en un hijo de la Revolución Francesa. En lugar de entregar el arriendo al apoderado de la familia Manrique de Lara Muñoz, y Soria Muñoz, decidió entregar el dinero al cura de Huacho para que realizara las Misas para difuntos que mandaba las capellanías establecidas en Torre Blanca, desde el siglo XVI. Lo restante había sido depositado en el juzgado respectivo. El escándalo había terminado para Allier, pero la guerra prosiguió entre los miembros de esa familia virreinal.

Isla guanera.
Misa de Difuntos 

La opinión religiosa de Allier sobre la Misa de difuntos se reflejó en la crónica de la fastuosa boda de su nieta Emilia de la Jara y Allier, publicada por El Comercio el 15 de enero de 1875, un pasaje de la misma señaló lo siguiente: “El mundo pone en la piedra de toque de su tránsito de prueba a las almas que deben volver al cielo a completar el número de espíritus que por la rebelión lo abandonaron”. Hasta el final de su vida creyó en las almas del Purgatorio, no solamente no tuvo variante sino que estableció la Misa de difuntos para todos los franceses fallecidos en el Perú, que heredó y continuó la Sociedad Francesa de Beneficencia.

Monseñor Pasquel, antiguo cura de Huacho en la época de la Independencia fue la personalidad que comprendió y encausó la nueva religiosidad de Allier, lo hizo cumplir con el pago de las capellanías de la hacienda Torre Blanca, al igual que otros monseñores utilizó la inteligencia de Allier en la administración de sus bienes personales pero su objetivo central era lograr que lo ayudara a realizar la gran reforma de la Beneficencia de Lima. Ambos trajeron de Francia a las Hijas de la Caridad, en el momento en que Pasquel sucedió en el Arzobispado a Luna Pizarro.

Los monseñores del Arzobispado, Luna Pizarro, Pasquel, Orueta, Orbea, Tordoya y Del Pliego pasaron a ser los amigos más importantes de Aher, primero había abjurado de la masonería, imprimiendo a la élite de la colonia francesa un catolicismo conservador y ya después de su matrimonio, no era pues sorprendente que la cancillería francesa premiara sus servicios en el Perú consiguiéndole en 1855 el Consulado General de Lima de los Estados Pontificios. El introductor de la masonería francesa había pasado por largo proceso de retorno a la religión de sus padres hasta convertirse en el representante papal. 

Isla guanera.


Las Hijas de la Caridad 

La designación arzobispal de monseñor Pasquel fue casi conjunta con el cargo diplomático de Allier y el inicio del segundo gobierno del mariscal Ramón Castilla. El sueño de Pasquel de lograr la gran derrota del anticlericalismo en el siglo XIX con la entrega de los hospitales y asilos a las Hijas de la Caridad estaba concretada. En diciembre de 1857, por una interpretación legal de don Miguel del Carpio, en que no se requería la nacionalidad peruana para ser Director (presidente) de la Sociedad de Beneficencia Pública de Lima, un francés, Aquiles Allier fue elegido para el cargo, con anuencia de Castilla.

El 2 de febrero de 1858, 44 religiosas de la congregación Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul desembarcaron en el Callao, los monseñores Luna Pizarro y Pasquel no las pudieron ver porque ya habían muerto, pero el amigo francés había cumplido su promesa que les había otorgado en vida, por su parte él cumplió con su Virgen de la Medalla Milagrosa, pagando así el favor que recibió en 1835 que cambió su vida. 


La Reforma Hospitalaria 

La R.M. Teresa Bourdat, Hija de la Caridad emprendió en 1858 la reforma hospitalaria basada en el aseo y el orden en los hospitales y asilos, pero en coordinación con ella, el entonces Director (presidente) de la Beneficencia, don Aquiles Allier fue más allá de lo esperado, reconstruyó cada uno de los hospitales de acuerdo a lo pedido por la madre Bourdat. La tarea incluyó la construcción del Hospital de Amentes o antiguo manicomio de Lima. Nunca se hizo tanto en tan poco tiempo en esta institución.

Isla guanera.

La Era del Guano 

En los meses finales de 1841, los peruanos descubrieron que el guano una riqueza despreciada se había convertido en oro en polvo. El convenio secreto entre Gamarra y Allier nunca ha sido develado, el mandatario sabía perfectamente que su gobierno iba a ser el más rico, absurdamente murió peleando en Ingavi, generándose así uno de los peores momentos políticos del país por una anarquía incontrolable que perjudicó finalmente el uso adecuado de la bonanza económica generada por el abono peruano.

Todos los contratos guaneros fueron lesivos a los intereses del Estado Peruano por acción exclusiva de los gobernantes que obligaron a los contratistas a otorgar préstamos sobre ventas futuras del abono. Cada nuevo préstamo arrastraba préstamos anteriores. Cada enorme entrega de dinero no entraba completa a las arcas fiscales porque una parte era el reconocimiento de deudas impagas. Este sistema de adelantos fue creado por Allier para evitar el pago de coimas a cuanto funcionario estatal existía en 1841. Incluso hizo público que a través de emisarios de un miembro del Consejo de Estado le había pedido un quinto de las ganancias. Hecho que recuerda reminiscencias con el quinto real de la conquista.

La era del guano nació pues con un enorme alboroto ciudadano, que para Allier fue entrar a una pesadilla de lo irreal con lo onírico. El llegó a describirse echado en su diván aduciendo dolor de cabeza mientras sus secretarios impedían la entrada a su oficina de medio Lima exigiéndole una parte del negocio. Estuvo de acuerdo con su socio Francisco Quirós de anular el primer contrato guanero siguiendo la orden del mariscal Gamarra, porque el abono pasaba a ser propiedad exclusiva del Estado Peruano. Cuando ya la situación se tranquilizaba porque la Casa Quiros, Allier era la que ofrecía más dinero, surgió el veto inglés y se anuló el segundo contrato, de muy poco tiempo de vida. La cancillería francesa apoyó decididamente a Allier por lo que se suscribió finalmente el contrato decisivo, otorgándose participación a la Casa Gibbs de bandera inglesa.

La Casa Quiros, Allier y Ca. la empresa de bandera peruana aunque mayoritariamente de capitales franceses, tuvo como su principal accionista a don Francisco Quiros yAmpudia con un aporte de 60,000 pesos que representaba el 30% del total de acciones, y Allier quien conservó la firma y la representación pública, tuvo el 23.5% de acciones valorizadas en 47,000 pesos. Ambos tenían la mayoría empresarial.

Los otros dos accionistas fueron empresas europeas, la firma inglesa Myers Bland que no tenía representación en Lima y cuyo apoderado era Allier, con el 15.5% de las acciones valorizadas en 3 1,000 pesos. El capital francés residente en Lima (Soyer, Giroust, Paillardelle, Rossel, Gervais, Maury, entre otros) fue representado por la Casa Dutey, Barroilhet et cie. con el 31% de las acciones que se estimó en 62,000 pesos. El total del aporte societario fue de 200,000 pesos (40,000 libras esterlinas).

Para compensar la presencia de la Casa Gibbs, se asoció al tercer contrato a la Casa Puimirol, Poumaroux et cje., de bandera francesa. Esta empresa al igual que la Casa Dutey, Barroilhet et cie., hasta 1842 no tenía importancia en la vida limeña.

En 1845, Allier hizo pública su decisión de acabar con el monopolio del guano que él representaba, posiblemente se vio enfrentado a la quiebra ante las continuas demandas de dinero del Estado Peruano, embarcado en el pago de sus deudas de la Guerra de la Independencia que se llamó consolidación de la deuda. En 1847, el primer gobierno de Castilla dispuso la quiebra de la Casa Quirós, Allier Ca. y entregó el guano a los capitalistas ingleses de la Casa Gibbs. El Cónsul francés Le Moyne, brazo derecho de Allier logró que la pequeña tienda Montane de bandera francesa fuera la consignataria de guano para Francia. De esta forma don Aquiles persistió en el negocio que había creado y le permitió sin dar su nombre seguir vigente hasta el final de su vida, con participaciones en la Casa Thomas, Lachambre, la Casa Sescau, la Casa Patrone (italiana) y la Casa Dreyfus, entre otras. 


Fundación de la Colonia Francesa 

Entre los franceses que escogieron vivir en el Perú ninguno llegó a tener la posición social y económica de don Aquiles Allier, incluso entre las colonias extranjeras tampoco surgió una personalidad paralela a la suya. La extraordinaria longevidad de su vida, la fortaleza de su ánimo con una inteligencia que le permitió desarrollar una personalidad que supo situarse en los hechos y las cosas que otorgaban vigencia en Lima, le permitió tener más de 50 años continuos de vinculación con el Perú.

En sus inicios en Lima, Allier se mtegró a un núcleo de galos que peleaba en el campo de batalla por la Independencia del Perú, grupo cenado, pequeño, prácticamente imposible de acceder a su centro de actividades porque la vida social y económica la realizan con los estratos altos de Lima y no con otros compatriotas. Ellos fueron absolutamente conscientes de su elitismo y no se les ocurrió fundar instituciones francesas en la capital peruana. Allier tuvo interés y promovió asociaciones que le permitieron participar a él o a las personas de su entorno sin que la nacionalidad fuera un prejuicio. Las circunstancias de su propia vida, de una alta posición en el comercio, hizo natural su trato continuo con cuanto francés desembarcaba en el Callao. La gente lo buscaba con desesperación para que les financiera negocios de todo tipo, así aprendió a caminar por tugurios y callejones, algunos de la Beneficencia de Lima, comprendiendo la importancia de la vivienda en la capital para quien pudiera influenciarla, por lo menos a partir de 1840 tuvo control sobre las propiedades de beneficencia que lo llevó a fundar el Margesí de Bienes de la Sociedad de Beneficencia Pública de Lima, como sucede siempre, existió favoritismo, que Allier lo dirigió hacia franceses y trabajadores de excavación y embarque de guano.

El espíritu elitista que por su forma y situación social le permitió recibir en su casa a quienes consideraba que estaban en el nivel de su cultura, la realidad de su propia vida lo llevó a tener un trato cotidiano con personas, mayoritariamente compatriotas, que le buscaban por ayuda, trabajo para comer, un cuarto para dormir, dinero para sus negocios, mucho charlatán, mucho estafador, don Aquiles de una mirada aprendió a conocer a la gente, entonces la vida que nunca se le acababa lo llamaba a regresar definitivamente a Europa, en la búsqueda de la tranquilidad.

Se Entregó la Posta a sí mismo

El 29 de julio de 1831, don Aquiles Allier, fundó la colonia francesa en el Perú con un banquete realizado en el Hotel Francés o Casa de Madame Denuelle. Allier presidió la reunión, por elección de los participantes, cuarenta según la crónica del Mercurio Peruano. Casi treinta años después, el 24 de junio del 1860, unos 300 franceses le confirieron la presidencia de la Sociedad Francesa de Beneficencia. El mismo se entregó la posta. 


El Retorno a París 

En 1860, se conformó la Comisión Mixta Franco- Peruana para que resolviera los diferentes reclamos presentados por ciudadanos franceses al Estado Peruano, casi todos ellos eran de carácter indemnizatorio por presuntos daños y perjuicios. También los hubo en contra de fallos judiciales que se quisieron anular por la vía diplomática. Tres peruanos: Paz Soldán, Zaracondegui y Salmón y tres franceses Rey, Vion y Allier conformaron la Comisión que falló en todos los casos en contra de los reclamantes, ninguno obtuvo un reconocimiento del derecho reclamado. Allier votó con los peruanos en el sentido que los extranjeros, en este caso franceses tenían la obligación de someterse a la justicia peruana, aguardar y respetar sus sentencias. Rey y Vion que mostraron una opinión contraria en 1859, la mantuvieron después de las conclusiones finales. Hasta 1870, Emile Vion, canciller de la Legación de Francia en el Perú siguió apoyando estos reclamos, aunque tuvieran la sanción negativa de la Comisión Mixta.

No existió otra alternativa para Allier que viajar en abril de 1861 a París con el resultado final del trabajo de la Comisión Mixta para la aprobación del Emperador de los Franceses Napoleón III. Don Aquiles consiguió que el Segundo Imperio aceptara el NO a los reclamos individuales de más de treinta de sus súbditos en el Perú.

Don Aquiles Allier había enviudado en 1852, mantuvo a su hija Bárbara como su única heredera. La señora había nacido en el primer matrimonio de madame Allier, por lo que se tuvo que recurrir al Arzobispo Luna Pizarro: En 1854, antes de fallecer, ordenó que el apellido materno de los hijos de la señora Bárbara y de su esposo el coronel Manuel de la Jara fuera cambiado a Allier porque era el de su abuelo. Judicialmente la situación era difícil y muy complicada, se le cruzó un fiscal en el camino por lo que en base a los testimonios de Francisco Javier Mariátegui (Presidente de la Corte Suprema) y Juan José de Sarratea, don Aquiles adoptó a su hija quien decidió no cambiar de apellido manteniendo el nombre y apellido de Bárbara Allende. Este proceso que fue confirmado en París tuvo el propósito de permitir a la señora Bárbara heredar en el futuro los bienes franceses de su padre.

En 1858, el coronel Lajara (en Europa el coronel y su esposa firmaban su apellido Lajara y sus hijos Lajara Allier como apellido compuesto) yerno de Allier pasó a residir en Francia, vinculándose desde ese momento a la compra de armamento francés para el Ejército Peruano. Cuando don Aquiles viajó con su familia en abril de 1861 llevando los acuerdos de la Comisión Mixta, ya tenía decidido no volver al Perú. El mariscal Castilla lo nombró agente económico en Europa, cargo que mantuvo hasta el final de su vida. En 1875 hubo interés en señalar que se encontraba en pleno uso de sus facultades y el 18 de mayo de 1876, el diario El Comercio publicó la noticia de su muerte, sin dar precisiones, lo importante era que Allier no intervendría en la suscripción del nuevo contrato guanero, en el caso que no se renovara el de la Casa Dreyfus. Don Aquiles Allier tenía 86 años de edad cuando falleció en su hotel (residencia palaciega) y en ese año de 1876 se acabó la era del guano, que él había creado en 1840, porque no se pudo volver a suscribir un gran contrato.

Las historias de vidas como las de don Aquiles Allier, tan longevas y tan fructíferas, tiene el final que el propio protagonista decidió tener y publicitar, como lo es el siguiente fragmento de la crónica de la boda de su nieta Emilia en la Iglesia San Agustín de Paris, publicada por El Comercio el 14 de enero de 1875: “En uno de los salones del elegante hotel estaba la mesa del ambigú: excuso decir que competían en ella la delicadeza de los manjares con el primor del servicio. Lujo, abundancia, riqueza. Honraba aquella reunión la venerable persona del señor Allier patriarca de la familia, al ver su diadema de cabellos blancos, recordaba yo las palabras de la Escritura. “La corona del anciano son los hijos de los hUos “. El señor Allier veía a los suyos en torno de su mesa, como los sarmientos de la vid cargados de pámpanos y de melifluos racimos. La señora (Bárbara A.) de la Jara, esbelta, elegante, airosa y comunicativa radiaba de ventura; con ese trato exquisito que es patrimonio de su entendimiento, tenía una palabra oportuna para cada convidado, una memoria para los ausentes y un ramillete de flores de alabanzas para mostrar su gratitud a los amigos que la rodeaban “.

Los Lajara y Allier 

Don Aquiles de Allier, caballero de la Legión de Honor fue el padrino de la boda de su hija Bárbara con don Manuel de la Jara Peña celebrada en la Iglesia del Sagrario en 1843. El matrimonio tuvo varios hijos, de ello hay diferentes pruebas, pero solo hemos podido encontrar la partida bautismal de cuatro de ellos, con la ayuda de la profesora Dra. Laura Gutiérrez del Archivo Arzobispal de Lima. El primogénito nacido en 1844 falleció siendo párvulo, fue apadrinado por don Aquiles.

Los niños Lajara y Allier. al menos tres de ellos fueron bautizados con la mayor pompa posible para la época por ceremonias presididas por el Arzobispo Luna Pizarro quien firmó las respectivas partidas. El mayor de ellos Manuel, apadrinado por sus abuelos maternos en 1846 fue bautizado por su tío abuelo, el presbítero José Núñez Gago, diputado y miembro del Consejo de Estado. En 1851, fue bautizada Carlota Mercedes. Poco después la familia se mudó a la casa La Riva y cambiaron de parroquia, en San Sebastián fue bautizada en 1853 Emilia Teobalda, por el futuro Primer Ministro de Prado y Arzobispo de Lima, Pedro José Tordoya.

Monseñor Luna Pizarro no tuvo ninguna duda que los hijos de la señora Bárbara fueran nietos de su amigo Allier, y ordenó en 1854 que se les cambiara el apellido materno Allende por el de Allier. por ser el de su abuelo. Automáticamente estos niños pasaron a convertirse en los herederos de la mayor fortuna de Lima. En 1849, don Aquiles mandó comprar una hacienda en California, Estados Unidos, para su nieto Manuel. En vida parece que hizo enormes regalos a sus descendientes, aunque por diversos documentos tuvo predilección por Manuel, al que consideraba de mayor inteligencia frente a sus hermanos.

Esta familia en Europa pasó a ser parte de la élite latinoamericana residente en París. Solo la enorme fortuna de Allier permitió que sus nietas Carlota Mercedes y Emilia Teobalda fueran la portada de la publicación francesa El Americano, reservada a las grandes figuras de América. Ellas fueron las únicas mujeres que alcanzaron ese privilegio. La señora Bárbara y sus hijos fueron vistos en Burdeos, Baden Baden, Roma, Viena, Niza. Ella fue benefactora de la Ambulancia Perú, un hospital que atendió gratuitamente a oficiales franceses durante la guerra franco-prusiana y las Comunas.

En 1878, dos años después de la muerte de Allier, su yerno, el coronel Lajara, agregado militar del Perú en Francia fue destituido del cargo supuestamente porque el tapicero, el pandero y el carnicero lo habían llevado a los tribunales franceses para que les pagara lo adeudado. En Lima no se publicó una línea, la señora Bábara no había vendido las propiedades de su padre, seguía siendo con nombre de soltera la dueña de la casa Allier del Callao, la casa La Riva arrendada al colegio Instituto de Lima, de la casa del jirón Junín y de la fábrica del Limoncillo, entre otras. La señora Lajara e hijas fueron benefactoras de la Clínica Maison de Santé durante la Guerra con Chile.

La destitución del coronel Lajara fue un hecho nefasto, ya que en vísperas de la Guerra con Chile se destituyó, sin nombrar sucesor, al único militar con funciones diplomáticas en Europa y que participó en todas las compras de armamento peruano desde 1858. Aún en el caso que Lajara no tuviera dinero para comprar el pan de todos los días, representa una maldad de Goyeneche, botarlo por indigno de representar al Perú. Este jefe de la diplomacia peruana en 1879 mostró todas sus incapacidades y tuvo que ser destituido y reemplazado por don Toribio Sanz, cuando don Nicolás de Piérola tomó el poder.

En tanto, la esposa y los hijos del coronel Lajara eran importantes propietarios en el Perú, una supuesta falencia económica no justificaba su destitución. El problema era su íntima amistad con el banquero Augusto Dreyfus, el mayor enemigo del Presidente Prado. Y su error fue creer que su amigo de toda la vida, destituiría a Goyeneche. Algo de esto existió, pero Lajara no pudo convencer al general Prado que no defendía los intereses de la Casa Dreyfus.

El coronel La Jara murió en París antes de 1885, de acuerdo al Escalafón Militar de ese año que dio de baja a todos los oficiales fallecidos desde 1879. En el caso que la señora Barbara lo hubiera sobrevivido y de tener hijas solteras no reclamaron derecho de pensión.

La familia Lajara yAllier no utilizó a la Legación del Perú en París para sus respectivos trámites hereditarios, quedando a cargo de sus apoderados las tramitaciones peruanas y francesas. El hecho nos indica que la familia tenía intereses en alguna gran empresa europea que cuidó de lo principal de la masa hereditaria, entonces no requirieron para nada a los diplomáticos peruanos.

Homenaje de la Sociedad Francesa de Beneficencia a doña Manuela Núñez Gago de Allier de Pons, al pie de su tumba en el cementerio Presbítero Maestro de Lima en el 2003. La señora Manuela fue en vida esposa de don Aquiles Allier, fundador de la colonia francesa de Lima y Callao, el 29 de julio de 1831 y primer presidente de la Sociedad Francesa de Beneficencia en 1860.


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