miércoles, 27 de diciembre de 2017

250. Russell Wensjoe Mantilla, poeta, músico, compositor, actor de "Jesuscristo Super Estrella", quenista, cantante, un verdadero artista, víctima inocente de la violencia de Sendero Luminoso.


Russell Wensjoe, quien fue estudiante en la UNI, y que dejó su carrera de arquitectura para dedicarse al arte, pasando a radicar en el Cusco había retomado sus estudios en la entonces nueva universidad Ricardo Palma, cuyo local estaba en Miraflores, por su misma vida artística para fin de año de 1981 fue con su grupo musical a la sierra para trabajar en las fiestas patronales, una disposición del gobierno ordenó la captura de todos los foráneos que se encontraban en los andes centrales. Eso hizo que fuera detenido Russell, junto con muchas otras personas entre ellos sus músicos. 

Wensjoe quedó detenido como todos los demás y enviado a la comisaría de Huamanga. Antes, en el trayecto a la comisaría, fue salvajemente torturado por quienes lo tenían detenido. De nada le sirvió el hecho que fuera hijo de un alta oficial de la Fuerza Aérea del Perú, en situación de retiro y señalado como héroe vivo de la Guerra con Ecuador de 1940. 

La tortura fue tan terrible, incluso lo colgaron desnudo de los pies y lo flagelaban constantemente, con una especie de fuerte, que no pudo quedar detenido en la Comisaría y fue internado en el Hospital Regional de Ayacucho, abriéndosele un proceso judicial que supuestamente justificaba su detención, sin prueba ninguna, por lo que judicialmente fue desestimado, ordenándosele su libertad.

En la noche del 2 de marzo de 1982, inmediatamente después de la toma de la ciudad de Huamanga, por una columna terrorista de Sendero Luminoso, en represalia, un grupo de Guardia Republicanos, cuyos nombres publicó El Diario de Marka, que fue proporcionado por el entonces ministro del Interior, sacó de su lecho de enfermo y lo condujo a la lavandería del Hospital Regional de Ayacucho, y después de patearlo en el suelo lo hicieron recostarse en una pared y lo balearon. Un verdadero artista, víctima inocente, le hicieron acabar así su vida. Su grupo de músicos siguieron detenidos en la comisaría de Huamanga hasta ser trasladados a Lima en libertad.

El Epílogo de mi libro "Crónicas Religiosas" (Lima, 2009) está dedicado a mi amigo Russell Wensjoe, tres años mayor que yo. Nos conocimos hacia 1963, yo tenía diez años. Nuestros padres iban de cacería y de pesca, el "Flaco" me cuidaba, siempre creyó que era mi hermano mayor. 

El Epílogo de "Crónicas Religiosas" se publica a continuación:

 
Russell "Flaco" Wensjoe en el santuario de Nuestro Señor de Qoillority, Cusco (1980. Foto: Amador García Yanque, periodista mártir de Uchuraccay), y Wensjoe encarnando a "Jesucristo Super Estrella", presentación en el bosque de El Olivar de San Isidro (1974).



EPÍLOGO: LA PROCESIÓN DE LOS SANTOS

A Russell Wensjoe Mantilla




¿Tu verdad? No, la verdad
y ven conmigo a buscarla.
La tuya guárdala.
- Antonio Machado


El Cusco posee la virtud de presentar las festividades más hermosas, no existe una sola que lleve a la indiferencia. Todas por su vistosidad llenan los ojos. Su tradición más íntima está reservada a la Procesión de los Santos, en la que el Corpus Christi reclama su lugar central, acompañado por los cusqueños, en adoración a la Eucaristía.

Nada puede llevar al observador más exigente a reconocer en toda esta festividad de dos días continuos, sus raíces quechuas, aunque su origen se encuentra en los últimos momentos del Tawantinsuyo, cuando las panacas del imperio de los Incas, persistieron en la exhibición de la fiesta en la que radicaba su poder, en su país, ante los conquistadores españoles.

La tradición histórica señala que las momias de los incas y de las coyas se guardaban en urnas en sus posesiones territoriales al cuidado de su familia o panaca, algunas ya habían sido reemplazadas por ídolos. Escuché en el Cusco que era el caso específico de Manco Cápac y de Mama Ocllo, de los que queda, al parecer una pared de la residencia de ambos, camino a Sacsayhuamán. Siempre es bueno leer a Felipe Guamán Poma de Ayala.

Una vez al año, casi siempre en junio, antes del Inti Raymi, el jefe de la panaca ordenaba sacar a la momia de su urna para colocarla en su litera y llevarla al Cusco, y así los antiguos gobernantes y sus esposas confluían a la edificación, que estaba ubicada en el mismo lugar en que se levanta la catedral.

Las momias salían en procesión cuando la situación lo ameritaba, cada una era un oráculo y todas ellas juntas tomaban decisiones, que sus intérpretes las transmitían al gobernante de turno o a quienes tuvieran que comunicarlo. En el recinto por no decir palacio, las sentaban frente a frente, por un tiempo determinado y las dejaban solas para que deliberaran. Hasta que los extirpadores de idolatrías las reemplazaron por imágenes del santoral católico. Se robaron las momias y están perdidas, aguardando salir de la noche de los tiempos.

Se sabe por la tradición que cada imagen en un principio llevaba los distintivos del inca o la coya que reemplazó, que al principio se exhibieron, después se escondieron, para pasar a ser solo visibles para ellos y finalmente ya no se sabe quién representa a quién, pero por sus posesiones territoriales se puede lograr alguna identificación.


Russell Wensjoe


Cusco, Procesión del Corpus Christi.
Que mi voz suba a los montes
y baje a la tierra y truene.

- Miguel Hérnandez

A mediados de los años setenta en el Cusco encontré de casualidad a mi amigo, quien en contra de la opinión de todos, dejó la UNI y se hizo músico, lo acompañaba a sus clases de quena, para que no se quedara solo. Un tiempo después tocaba en un muelle de Barranco para sí mismo. Terminamos conformando un dueto en el que mi parte era describir el paisaje marino, en el que participaba Inés, mi enamorada, después mi esposa. Siempre aparecía Eduardo. Nunca volví a encontrar el lugar. Vaya que lo sigo buscando.

En la Plaza de Armas del Cusco, en el suelo, rodeado de gente, estaba sentado tocando quena y cha­rango. Su amiga entrecantaba y tarareaba, le daba alegría a su actuación. Pensé que había enloquecido, me aseguró que no pasaba el sombrero sino que practicaba para su concierto que estaba por realizar en Sacsay­huamán, al que nos invitó y lo acompañamos. En el camino se nos fueron uniendo sus músicos, casi conformaron una comparsa.

Caminamos con tranquilidad, me enseñó la pared de Manco Cápac y me contó de la Procesión de los Santos, me recomendó que no la espectara al principio de la avenida del Sol o en la Plaza de Armas, sino que viera salir a cada imagen de sus templos o de las sacristías de las iglesias, porque las recibían poca gente, lo valioso era ver los ojos de emoción, las exclamaciones, los gritos, porque rápidamente tenían que entrar en procesión y ninguna salía al mismo tiempo a la calle, podía ver a varias.

El concierto en Sac­say­hua­mán con su grupo musical, entre bueno y disparejo, con un público definido de turistas que los aplaudió y pagó por la función. Cada época posee sus modas, y mi amigo perteneció a ese tiempo, supo ser feliz y desarrollar a plenitud su obra de artista.

Al año siguiente fuimos caminando a Aguas Calientes, en otra oportunidad a San Sebastián y a San Gerónimo, pueblos que en esa época no tenían luz, y todos se iban a dormir con el anochecer. Después fuimos a Tinta y a Piquillacta y finalmente me invitó al Qoyllority, que es un caminar y caminar entre tierra, cruces y campesinos. En el camino, sentado sobre una enorme ermita de cemento ofreció en solitario un concierto a los peregrinos. Así sería el flautista de Hamelin, pero sin anteojos. Le lanzamos un chullo verde y Amadeo le tomó su foto. La bajada es por el valle, el colorido llena los ojos.


Qoyllority



Tengo a mis amigos en mi soledad
Cuando estoy con ellos ¡qué lejos están!

- Antonio Machado

Los peregrinos, sin nunca acabarse, pasaban y pasaban por el milenario camino en el que todo es tierra y piedras, a momentos tiene como paredes a los Andes. Nosotros estábamos ubicados en lo que se me dijo era un codo o media curva, al frente chocabas con una pared, tenías que caminar hacia la izquierda y voltear a la derecha. Allí caían los robarropas, asaltantes que desvalijaban hasta calatear a sus víctimas.

Ros persistía en seguir con su quena, estábamos sentados a su lado, el sol caía con fuerza, desde arriba mirábamos gente pobre, muchas mujeres, no necesariamente campesinas. Algunos subían en pollino, mula, los caballos lucían bastante feos, eran peludos. El quenista del Señor de Qoyllority era incansable, no había forma para que volviera a caminar, que se reintegrara al peregrinaje. Les avisé que estaba mal, trataron de jalarme para atrás, nos caímos. En esta torpeza, a duras penas me regresaron al lugar sobre la ermita. De sobra sabían que en la sierra colapsaba, tras un decanso, todo pasaba. La explicación era que los Andes detectaban a los cardíacos del futuro. Así decían.

En eso pasaron al galope varios caballos, uno de los jinetes era Eduardo, no estábamos seguros, eso nos pareció. Volvió de subida, saludó con la mano. A la verdad estaba corriendo con lugareños y gringos. Les ganó dos subidas y tres bajadas. Entre estas carreras, colapsé definitivamente.

Donde caí, Amadeo y Ros pusieron rocas alrededor de mi cuerpo, conformando un círculo, echaron trigo, maíz, algo de ruda y muña, colocaron un palo en mi mano derecha y el chullo verde en la cabeza. Ros exclamó: “¡Estos son los funerales del Espartano!” y mandó a Amadeo por una mula para el Espartano.

Amador “Amadeo” García.

Frente a mi cara se puso de cuclillas y dijo: “Escúchame, Espartano, vas al encuentro de Anaxandridas, Leonidas y Plistarco, tus reyes que cuidan a tu esposa, su espíritu vendrá a llevarte, mi música la traerá”. Desapareció, el sol estaba fuerte, me caía directamente, ya estaba recuperado. Surgieron de la nada voces de hombres, levanté la cabeza y vi una fila de cuatro, y otros tres detrás de ellos, todos esgrimiendo chaveta. Cuando la suerte está echada, no se piensa nada. Se sorprendieron que estuviera despierto, que me incorporara y los viera a los ojos. Estaban paralizados, no se decidieron a lanzarse sobre mí. Marqué distancia con el palo, repetía: “váyanse, váyanse”, carecía de todo éxito posible, solo me quedaba lanzarme al camino.

Merodeadores, asaltantes de camino, robarropas, vestidos como peregrinos, pero con su propio estilo, saco y sombrero, los tenía en mi frente, parecidos a estos paraban en los restaurantes de los pueblos tomando cerveza. No había otra posibilidad más que saltar, ya los había visto caer encima de sus víctimas, todo dependía de ellos. Ros apareció como una centella, a lo Bruce Lee, él siempre fue muy ágil, pero nunca se destacó como mechador, su única ventaja era el quechua.

En un momento quedamos los dos juntos frente a ellos, que estaban absolutamente inmovilizados, comprendí que solo era una gavilla que caía sobre gente indefensa, quedaba únicamente que se fueran. Ros quiso negociar con ellos, perdió reflejos y dos cuchillos le hicieron daño, su sangre, poca, fue un freno para ellos. Me dijo que estaba vacunado contra el tétano, no quería tenerlos de enemigos, caminaba toda la zona, subía hasta Ayacucho y bajaba al Titicaca, acompañado de su música.

La negociación con los ladrones, para convertirlos en amigos, tenía mucho de la infinitud de coboyadas que mi amigo vio siempre, según explicó alguna vez su papá, pero agregó que en ello existió su bondad y el pleno interés por comprender toda la complejidad del mundo andino. Así, en ese momento, de lejos lo veía, hasta que Amadeo regresó, anunciando que Eduardo traería caballos para todos, se sentó al lado de Ros. Tres de ellos, según Amadeo habían asaltado a un peregrino delante de nosotros. Vi que les dio dos botellas de licor, cajetillas de cigarrillos Inca, cajitas de fósforos, paquetes de velas y un radio a transistores. Ellos le dijeron por dónde andaban y prometieron jamás meterse con él. Se abrazaron, acabó todo. Ros me exigió que les llevara de mi parte una botella de aguardiente, les di la mano pero solo me tomaron el antebrazo.

Piquillacta, 1980. El autor de este trabajo fotografiado por Amador García, mártir de Uchuraccay.

La jornada estaba terminada en ese lugar, en el ánimo de mi amigo era volver al ritual del funeral del espartano, pero la verdad era que me estaba salando. Gritó: “¡Gato flaco callejero, me ofendes, jamás le echaría sal a mi único amigo!”. Volví a echarme en el círculo. Se puso de cuclillas frente a mi cara para pedirme que le jurara que iba a escribir sobre él. Explicó que había alcanzado lo imposible, lograr un sonido o una armonía, o una nota musical, negada para la quena, tal vez me dijo que era una tonalidad demasiado alta. En Lima, lo repitió varias veces.

De pie, con la cara y el cuerpo mirando al cielo, se colocaron alrededor del círculo, varias campesinas, que siguiendo la armonía de la música de Ros y una lata que golpeaba Amadeo, cantaban en desorden, a ratos gemían, finalmente me lanzaron flores. Las mujeres se fueron y Amadeo con su balde, tocándolo a modo de tambor, dio tres vueltas al círculo de piedras. Ros sentado en una enorme roca, asumiendo la posición del dios Pan, tocó su composición. Me quedé dormido. En eso alguien me sacó el chullo verde, mientras otro hizo el intento de sacarme las zapatillas. Alrededor mío varios hombrecitos, como si fueran gnomos, me pegaron el susto de mi vida, grité espantado, quería salir corriendo.

Los hombrecillos, sucios, feos y viejos, me ofrecían plata por mi ropa, del espanto se pasa a la cólera profunda en un segundo. A uno le pegué en la cabeza con el palo, dio de alaridos, se echó al suelo, corrí tras los otros, alcancé a uno, antes que le pegara, gritaba enloquecido, no lo había tocado y gemía en un llanto profundo. Los dejé ir, pero los seguí de cerca hasta que se perdieron en una explanada rocosa. Allí, al aire libre, se desarrollaba un comercio de venta de ropa usada, también compraban, pero eran sumamente cautos.

Los hombrecillos pertenecían al último estrato de este grupo social, casi en el nivel de parias. Los comerciantes eran sastres, los que tenían un pequeño toldo, poseían máquina de coser, plancha, percheros de tienda en los que lucían lo mejor de su mercancía, sus mujeres e hijos los ayudaban. Uno de ellos se encontraba arreglando la casaca de Ros, tasajeada por los maleantes, quienes tal vez no le hicieron el daño que creyeron haberle hecho. Ya en el Cusco, tuvieron que desinfectarle las heridas, lo volvieron a vacunar, el doctor no creyó oportuno darle puntos, pero tenía fiebre. Lo curó un médico de edad y del mayor prestigio de la ciudad.

Eduardo volvió con sus amigos, trajo buenos caballos, estaba victorioso. Se espantó cuando Amadeo le contó: “Los funerales del espartano”, eso no podía volver a suceder o la gente no nos volvería a tomar en serio. Así, terminamos el camino, discutiendo. Antes de llegar a la enorme explanada de Qoyllority, desmonté. La peregrinación la hacíamos por cumplir un sueño de Inés, que no cumplió en vida, entonces tenía que llegar caminando, a la entrada entregamos los caballos. A la derecha estaba la venta de comida, allí nos quedamos un rato. Existía un muro que servía de gradería de una cancha de fútbol. Allí la gente cantaba y bebía.

La venta de cerveza tenía mariachis, músicos bastantes buenos y que decenas de personas en continuo proceso de alcoholización, acompañaban, casi siempre los seguían gritando. Nos recibieron con “Adolorido” y “Allá en el rancho grande”, pasaron a “Adelita” y “La vida no vale nada”, que quedó como un estribillo que encantó en el público.

De “Cielito lindo” continuaron con una canción difícil para seguirla, “Juan Charrasqueado”, que no permitía formar coro. El grupo musical cantaba “Un día domingo...” y la gente gritaba agregando: “La vida no vale nada; Cuídate Juan que te andan buscando; La vida no vale nada; Son muchos los hombres, no te vayan a matar; La vida no vale nada; Pistola en mano se le echaron a montón; La vida no vale nada; Cuando una bala atravesó su corazón; La vida no vale nada”. Y el Charrasqueado duró y duró como si nunca pudiera acabar. Acaso, se presentó el futuro, y con qué ánimo cantaba la gente, alargando al máximo la a.

Eduardo estaba crispado, creía que Ros había arreglado todo y que nos esperaban otras sorpresas. La verdad es que las cosas se presentaban en forma inesperada, no pasó nada más fuera de lo común. Del camino hacia la izquierda está la capilla del Señor de Qoyllority. En ese momento frente a nosotros, el fin del peregrinaje. El pequeño recinto estaba cerrado, no se podía entrar, la parcialidad o comunidad a cargo de la noche, no dejaba pasar a nadie. Ros los conocía y nos dejaron pasar. No me impactó, ni sentí nada.

Allí estaba el Cristo en su cruz, un campesino prendió 25 velas por Inés. Ros tocando la quena se emocionó mucho, se salió, estaba inspirado y se fue a buscar a sus músicos, fuimos tras él, pero se nos perdió en el mar de carpas. Eduardo buscó a sus amigos y se puso a cantar: “Verso a verso, golpe a golpe, caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Con Amadeo nos fuimos a buscar la música, aquella de “Bonito León Guanajato, la vida no vale nada”. Cosa curiosa, volvimos a armarla con gente que acampaba en Cerro Azul y otros más.

Nos amanecimos con los campesinos, Amadeo estaba animado, seguía a Ros con sus cantos, su quena y su charango, siempre al pie de la capilla, con Eduardo y sus amigos, los mirábamos. Cuando Ros se puso a danzar con la parcialidad que lo asumió como propio, Amador se sentó a mi lado. El chato nació en Ayacucho pero vivió en la costa.

En Lima, muchísimos años después, encontré al Señor de Qoyllority en La Merced, me emocionó profundamente, ese día no pude trabajar, solamente me repetía: “La vida no vale nada”. Pasó un tiempo largo y lo encontré en San Sebastián, lo miré y le pregunté: “¿Dónde estabas cuando mis amigos te necesitaron? Convénceme que no sufrieron mucho, participaron en tu romería, tenlos contigo, murieron desangrados como Tú”.

La festividad del Qoyllority de 1980, es parte del epílogo de una época en que se caminaba libremente por la sierra, es absolutamente colindante con el inicio de la violencia en el Perú, los asaltantes de camino parecen una broma al baño de sangre que cubrió al país con el terrorismo. Ese año hubo mucho foráneo, absolutamente desligado de la tradición andina, turistas extranjeros y nacionales que seguían un tour, numerosos mochileros, gente que ya tenía pasión por el camping, hippies y personas de la región que querían pasar momentos de diversión. Un enorme grupo paralelo que en conjunto no mostró mayor atención por la Misa que tiene como fondo del altar a la capilla del Señor de Qoyllority, centro del ritual del campesinado, divididos en parcialidades o comunidades. En el altar, ese año, se colocaron ofrendas nuestras.



Eduardo de la Piniella en 1971, cuando participó en el campeonato de la segunda división. Y en 1983, en el último campeonato de fulbito antes de Uchuraccay.



La naciente de todas las aguas o el río de la vida



Blancuras, blancuras
blancuras eternas.
Nieve en las alturas.

- José Santos Chocano

El impacto de Qoyllority es que se llegaba hasta el pie del nevado, donde el hielo parece ser hecho para hacer raspadilla o congelar carne. No era necesario escalarlo para sacarlo en bloques, la ortodoxia del ritual andino exigía llegar lo más alto posible, pero más arriba o abajo, se cortaba con picos, cuchillos, hachas, hasta con tijeras, tarea de mujeres y hombres de distinta extracción social. Una señora de lo más antipática monopolizaba el mejor sector, con peones a sus órdenes, y en camionetas se llevaba el hielo. Nosotros trepábamos un poco y les avisábamos a la gente donde era más fácil, no faltaban quienes nos pasaban sus instrumentos para que les hiciéramos el trabajo.

La montaña presentaba hendiduras, pequeñas cavernas en las que se podía ingresar, siempre goteaba agua que se acumulaba en el piso. Amadeo que fue siempre curioso y mosca, llegó a descubrir por donde fluía, salió corriendo y regresó para llevarnos a la naciente de todas las aguas del mundo o el río de la vida, a pesar que era peligroso, porque abajo estaba el valle, no tuvimos mejor idea que jugar carnavales. Todo un problema fue secar la ropa, para eso estaban las planchas de los ropavejeros, bueno los turistas poseían estufa.

En el Qoyllority que conocí todo era apuestas, naipes, dados y carreras planas de caballos, que pasé de largo. Eduardo participó en dos carreras, en una llegó segundo de cuatro y en la otra tercero de siete, en esta lo encajonaron, le fueron a la mala, casi cae, pero tenía alma, después los correteó, hasta que le pidieron perdón, los dejó ir. Con Amadeo, en el segundo día, organizaron un campeonato de fulbito. Ros cuando no estaba con sus músicos, cantaba y danzaba con los comuneros sumado a sus ritos milenarios. Allí dejo a mis amigos, viviendo plenamente la vida, en el mundo andino en el que ellos creyeron, porque otros, pistola en mano, les negaron ver crecer a sus hijos, en una época en la que la vida no valía nada.


Russell Wensjoe


Russell Wensjoe, fotografiado por Amador García, mártir de Uchuraccay, en la explanada del Qoyllority.
Tú adelante vas con paso vivo
Y tu muerte te sigue adondequiera.

- Martín Adán

El flaco Ros, se encontró de pronto entre los miles de detenidos en la sierra en 1982, una ofensiva en contra del narcoterrorismo. Pero él que era medio gringo y con apellido de gringo, por eso nomás, lo torturaron, lo colgaron desnudo de los pies, le golpearon todo el cuerpo, le rompieron huesos y lo mandaron al Hospital Regional de Ayacucho. Tenía libertad judicial pero lo balearon allí el 2 de marzo de 1982. El padre de Ros era héroe vivo de guerra (con protocolo de reconocimiento). La FAP le puso avión para que recogiera los restos de su hijo, con conocimiento del Presidente de la República. Quiso llevarnos, así fuimos a Ayacucho con Eduardo, Amadeo y Pedro Sánchez.

De ese hospital, solo recuerdo al hermanito de Ros, que ya no era tan chico y había crecido, el piso, la puerta del pabellón donde estuvo recluido y su cama, que estaba hecha, en la que me senté y me eché para atrás, con la cabeza hacia el piso. Amadeo vino corriendo, para decirme al oído: “Vamos, apúrate, un trabajador nos va a llevar a donde lo mataron”, salimos rapidísimo, sin querer realizábamos el último camino del amigo asesinado, que no sabía a dónde lo llevaban, decía que estaba libre, que pedía que le permitieran llevar sus anteojos, porque sin ellos no veía nada, finalmente pasamos por un pasadizo, oscuro, cerrado por una puerta que al abrirla, salimos a un terreno cercado con pared de ladrillos, en proceso de construcción, con algunas paredes, feo todo, muy feo.

El trabajador nos dijo: “Aquí fue”. Moví con la mano la tierra del suelo, me persigné. Toda huella del delito había sido borrada. Amadeo se prendió de mi brazo, para llorar sin cansancio. Trataba de rezar el Padre Nuestro, mirando la pared a la que le habían echado pintura, no me salía, no me acordaba, ¿qué sigue, Amadeo?, balbuceaba que tampoco recordaba, cambié al Ave María y fluyó con naturalidad. Monseñor German Schmitdt me explicó que no podía expresar: “... Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

En un momento Eduardo y Pedro aparecieron, nos vieron desde arriba. Amadeo les habló y pasaron a comentar sobre el lugar. Me puse frente a la pared, allí acabó todo, la patié sin fuerza, la toqué y puse la frente. Amadeo quería saber si había sentido algo, respondí que nada. Hizo lo mismo, sostuvo haberse tranquilizado. La música de una radio recién prendida perturbaba absolutamente. El sonido estaba dirigido a nosotros, pero tal vez tenían costumbre, desde una ventana del hospital ponerla a todo volumen, vaya uno a saber.

Nos sentamos a un costado, junto a la pared que daba a la calle, frente al lugar donde balearon a Ros. El proceso de construcción permitía que existiera un pequeño ambiente. Amadeo no tenía ganas de hablar, lo emocionaba repetir lo dicho por el trabajador, quien señaló a Ros de buena persona, que tocaba su quena cada vez que podía, no fastidiaba, era amigable, su forma de hablar no llamaba la atención, decía que su papá pronto lo llevaría a Lima. La custodia policial no le impidió que se movilizara por el hospital. La tortura no lo postró en la cama, tal vez estaba ya rehabilitándose.

Todo debió quedarse allí, más su tragedia se resume así: “Querían que firmara papeles, lo semidesnudaron, lo violaron, lo agarraron a puñetazos, lo patearon, lo reclinaron en la pared y lo balearon”. Pedro dijo que para estas cosas se usa gente en proceso de degeneración. “Tranquilízate, nosotros te cuidamos, a ti no te va a pasar nada”, dijo.

“No comprendes, de arriba lo vieron todo, del techo, de las ventanas, escucharon los gritos, nadie se atrevió a intervenir, nadie pudo hacer nada. Nosotros ahora no podemos hacer nada”, le dije. No comprendíamos tanto odio.

Eduardo terció: “Algo nos faltaba, cantar la vida no vale nada”. Un viento helado nos envolvió. Amadeo se tapó las orejas con las manos. “Hay que cuidarse de los vivos”, dijo Pedro. Inevitablemente escuchamos el final de lo que propalaba la radio: “El Cristo de tu montaña… camino de Santa Rosa, ahí me quedo paisanos, ahí es mi pueblo adorado”. Casualidades incomprensibles que no parecen ciertas, que golpean demasiado cuando las vives, que te las creen cuando las cuentas y ya no sabes si las soñaste y las olvidas para siempre.

El terreno en proceso de construcción estaba en la esquina de dos calles y en ese sector, la acumulación de desmonte permitía ver que la zona estaba cerrada a todo tipo de tránsito, solo destacaba una iglesia de la que mandaron traer un sacerdote para que bendijera la pared donde balearon a Ros y en la que se realizó una Misa por su alma, antes de volver a Lima.


Monseñor Durand




El Señor cuida de ti, estate seguro.

- San Agustín

Mirando esa soledad, con Eduardo recordamos que conocimos a Ros en dos o tres campamentos en Ancón, realizados en la Cruz Blanca de monseñor Ricardo Durand, en el segundo semestre de 1971, por eso nos tuvo en cuenta cuando presidió la Comisión Episcopal de ayuda social para refugiados chilenos, pero de Ros siempre tuvimos una anécdota, de esas que solamente ocurren una vez en la vida, cuando en 1976, los religiosos del grupo Calama, dos horas antes de firmar contrato con el Obispado del Callao, le hicieron problemas a monseñor, sobre todo los que venían de Arequipa. El Obispo dejó la reunión en manos de los abogados y se fue a su despacho anunciando que no aceptaba cambio alguno.

Ros con Inés se fueron a caminar por el techo de la Iglesia Matriz del Callao, cuando los vi, me sumé a ellos, se notaba que era frágil, al menos eso parecía. Inés me hizo caso y regresamos. Ros no paró hasta que se subió a la cúpula mayor, en la que se sentó para tocar su quena, mirando al Pacífico. Con Eduardo le gritábamos que se bajara, que se iba a matar. Los abogados con los Calama salieron, la situación se convirtió en un problema mayor. Ros sin hacer caso a nadie tocaba impasible su composición dedicada a monseñor Durand, quien apareció alarmado ante tanto escándalo.

“Muchacho malcriado me vas a romper la iglesia, bueno no importa que rompas la iglesia… piensa, te vas a romper tu mismo”, así gritaba monseñor a todo pulmón y vaya que poseyó voz fuerte. Enterado que le estaba dedicando una composición, dijo: “Ya terminará, no durará mucho”, pero cuando se convenció que Ros podía en el mejor caso, cansarse antes del anochecer, aunque podía amanecerse, con el objetivo de ver la salida del sol, monseñor optó por mandar a un empleado para que lo bajara, no tuvo éxito. Así vimos a monseñor caminar por el techo de la iglesia.

Eduardo para calmar a los Calama, les dijo, señalando una escoba y un enorme recogedor de basura, que monseñor acostumbraba barrer el techo de la iglesia, cada vez que lo veía sucio. Una indirecta para los religiosos europeos. “Nunca anda en juegos”, les anunció. En sus comentarios, señalaba los titulares de mañana: “Milagro, están vivos, curita y quenista cayeron de techo”.

Monseñor Durand con Ros a salvo, nos llevó a su despacho y hasta que le trajeron el contrato de los Calama sin modificación, hizo que Ros tocara su composición. El sonreía, lo miraba con aprecio mientras trabajaba su despacho. Nosotros de buena gana le hubiésemos roto la quena, porque no se nos permitió hablar y tuvimos que escucharlo en silencio, esto fue bueno para él porque terminó adquiriendo absoluta confianza en sí mismo. Después del asesinato, monseñor nos recibió en la Cruz Blanca, nos exigió que le detalláramos lo que sabíamos, cuando culminé, se puso de pie, se fue a otra oficina, no quiso mostrarnos su dolor, su indignación y sus lágrimas. Nos fuimos sin despedirnos, estaba rezando el Rosario, en medio de un profundo llanto, que escuchamos.


En Ayacucho

Comisaría de Ayacucho.

No sueñes con la sangre de la Luna
y descansa.

- Federico García Lorca

Volviendo a esa mañana de pesadilla, creo que estábamos bajo los efectos de las pastillas calmantes que fluían del tópico del hospital, porque de la depresión profunda pasábamos a la carcajada más ruidosa posible cada vez que recordábamos las anécdotas de Ros. El rumor era que en ese hospital estaban todos empastillados y que el miedo era absoluto, era de valientes ir a trabajar allí, pero también la gente se termina acostumbrando, así es la vida.

Efectivos de seguridad vinieron a avisarnos que la comitiva oficial iría al lugar de los asesinatos, es decir, la calle. No es el lugar en el que mataron a Ros, es otra pared. El grupo de personas miraba la puerta de salida del hospital, esperaban a alguien, es posible que aguardaban la voz que les anunciara que no representaba peligro salir a caminar. Me mandaron al frente, de a pocos llegué hasta el comandante Wensjoe, quien me hizo un sitio. “Señor Wensjoe, tiene que creerme, allá, al fondo del pasadizo, es donde se llevaron a Ros, en la calle mataron a otros, no solamente del hospital. Es por allá, no es donde lo quieren llevar”, dije.

El teniente general de la FAP, jefe de la comitiva, preguntó: “¿Quién es este muchacho?”, el comandante Wensjoe respondió: “Es el amigo de mi hijo”, por primera vez sentí el peso de la amistad con Russell Wensjoe, se produjo un silencio, que resolví sacando automáticamente de mi billetera el carnet de El Observador, que quise entregarle. “Guarda eso, vaya con este muchacho, acaso no sabes quién te está presentando, ya después conversamos en Lima, detenidamente”, dijo.

El papá de Ros pidió que lo esperaran unos minutos, después de presentar a Eduardo y Amadeo. Nos encaminamos por el pasadizo que se presentaba enorme, oscuro, casi interminable. No era tan largo, seguramente mucho menos que media cuadra, pero es posible que esa cuadra fuera mayor de lo usual.

No teníamos ninguna conversación, el terreno en construcción al que nos dirigíamos poseía el peso de aplastarnos, se me ocurrió decirle al señor Wensjoe que había que traer un cura para que bendijera el lugar. No dijo nada. Pasé a señalarle la cara de felicidad de Ros, cuando lo vio al pie de la escalera del edificio de la UNI donde estudió inicialmente música. El en un principio no quiso bajar del carro a diferencia de la mamá de Ros, cambió de decisión. Entonces, el señor Wensjoe me pasó el brazo sobre el hombro y seguimos caminado así, ya él dirigiendo la conversación. El papá de Ros y mi padre fueron amigos. Ambos fomentaron la amistad de Russell Wensjoe conmigo.

La comitiva no quería seguirnos, pero el mando lo tenía el teniente general, quien quiso estar al lado de su amigo y la seguridad comenzó a correr, tenían que dar el visto bueno de que se podía traspasar la puerta. Estaban detrás de nosotros, se les tenía que dejar pasar. Pegados a la puerta, cerca a la pared se colocaron varios trabajadores que salían de una oficina y se encontraron con que les cerrábamos el paso.

La puerta se abrió de golpe, creímos que entraba un grupo de hombres para atacarnos. No entró nadie. La puerta chocó violentamente contra la pared. No vi mi cara pero las de Amadeo y Eduardo acusaron el impacto. Un trabajador gritó espantado y una trabajadora creyó que se desmayaba, volvieron a su oficina. El señor Wensjoe dijo: “Tienes razón, ese es el lugar”. Al fondo varios de la comitiva incluyendo a Pedro creyeron que era una bomba y se tiraron al suelo, generándose desconcierto. La puerta requirió de urgente trabajo de carpintería, se descuadró y su mecanismo para cerrarse sola se malogró.

Un oficial de la FAP puso orden entre la seguridad que no atinaba más allá, de no dejar que nadie se moviera. Entonces pudieron chequear el terreno y comprobar que no presentaba problema para ser visitado. El comandante Wensjoe entró en grupo, ya siguiéndonos. El solo lo encontró, caminando pegado a la derecha de la puerta. En ese momento emotivo, extremadamente fuerte, el teniente general mandó traer al cura. “Asesinos y brutos, pintaron la pared”, escuché a militares y policías. Es cierto, también ayudaba a esparcir el comentario.

El terreno en proceso de construcción se llenó de gente, todo aquel con cargo de rango en Huamanga estaba presente. Todos se persignaron, todos rezaron por Ros, todos le dieron el pésame al comandante Wensjoe y estrecharon tantas veces pudieron la mano del teniente general, quien me llamó para que dijera qué era lo que sabía, es decir la tragedia de Ros.

En momentos como esos no se piensa en que te puede estar mirando algún culpable, ni en el futuro inmediato, cercano o lejano, simplemente se vive nomás, no hay más. El fondo musical era de rancheras, “Juan Charrasqueado” y volvió “La vida no vale nada”. Narré lo que sabía, lo que había dicho el trabajador, pero como no señalaba fuente, curiosamente surgió el rumor de que Ros se me apareció y me contó lo que pasó, cada quien cree lo que quiere creer, lo único verdadero es que Amadeo me habló al oído cuando me eché en la cama que usó mi amigo. Eduardo y Pedro escuchaban lo que hablaban miembros del hospital, consideraron qué era mejor así, porque la fuente fue un propio trabajador, había que protegerlo.

En verdad es difícil creer que se llevó a un hombre joven a un terreno en construcción para arrancarle la firma que valide una declaración. Existió un interés en humillarlo y vejarlo sin límite y es lógico, que allí, en ese mismo escenario, surgieran encubridores, pero finalmente era absurdo que se pudiera expresar, después de rezar por el alma de Ros, que allí no se encontró cuerpos. Bueno, eso no está probado, en todo caso el cadáver lo arrojaron por encima de la pared.

Escuchando “La vida no vale nada”, por si fuera poco, estaba en discusiones con gente que nunca vi antes, ni después, cuyo argumento fue que la pared era demasiado alta. No tuve otra opción que correr al desmonte que llegaba casi hasta la misma altura de la pared. Y se formó cola para ver la calle. Creyeron que se arrojó por allí. Amadeo logró que Oiga lo publicara como la principal y más certera hipótesis del asesinato.

Nunca volví a Ayacucho, en ese hospital estaba el cadáver de Ros tapado con una sábana celeste. Arriba, en el piso inmediato superior, se ubicaba la sala frente al pabellón, donde estuvo la cama de Russell Wensjoe, no sé si permanecerá el confortable de tres cuerpos donde se echaba a fumar, tampoco puedo señalar que persista la ventana a la que se trepaba.

Vaya entusiasmo el suyo, para persistir con su quena y seguir componiendo, como dicen que era de noche, su inspiración sería la luna y la madre tierra que son también para el mundo andino la Virgen María, que para Ros es la imagen que está en Paucartambo. Lo fastidiábamos, una y otra vez, se convirtió en idólatra. “A mucha honra”, replicaba. Toda la plata que tenía, la donaba a las fiestas patronales de los pueblos, allí estuvo en sus vigilias, en sus procesiones, vestía las imágenes, arreglaba las andas, tan solo quiso ser uno más. Nunca he comprendido qué cerebro pudo creerlo tan peligroso que tenía que ser eliminado el exponente vivo del sincretismo religioso.

En la iglesia ayacuchana, con muchas imágenes, llena de velas prendidas, Amadeo quiso poner todas las posibles. En parte me daba vergüenza, pero no creía en ese ritual. “Se van a reír de nosotros”, le dije. “Qué loco este, no podemos irnos sin ponerle sus velas para el flaco… si se ríen haces la finta que te vuelves a desmayar y ya nadie se ríe”, replicó. Más de treinta velas prendimos, no fuimos los únicos. Las compramos a una señora que las vendía en la puerta de la iglesia.

El asesinato de Ros y de otras personas, está señalado como una represalia frente a la toma de Ayacucho que realizó Sendero Luminoso con el objetivo de liberar a sus presos recluidos en la cárcel. Es ese el único sambenito que se colocó al asesinato de Russell Wensjoe, previo martirio, es decir, la represalia como justificación. Aquí, siguiendo su propia creencia personificó al Señor de Huanca y al Señor de la Justicia, en cuya capilla se ofició una Misa por Inés. “Porsiaca”, me dijo, después del final de Lúcuma. El se encargó de todo, llenó de flores Santo Domingo.

Ros pagó con su vida lo que otros no pudieron hacer para defender la capital de Ayacucho. El caso Wensjoe es el de la víctima inocente ofrecida en sacrificio que distraiga de errores cometidos, y la fuga de narcotraficantes presos, que siguió a la liberación de terroristas presos.

Camino al aeropuerto, la comitiva paró primero en la comisaría y después en la cárcel. El teniente general a última hora recibió el pedido telefónico del Presidente de la República para que las visitara y analizara la problemática que presentaban. En verdad no me gustó conocerlas. Este viaje resultaba tan igual como el bolero, el hospital, la iglesia y la cárcel.

En la comisaría encontramos a los músicos de Ros, quienes persistían en seguir detenidos, con sus trajes de presentación, sombreros gris oscuro y ponchos a rayas, vistosos, llamativos, finísimos para lucirlos en el lugar en el que estaban. Los tasábamos, es decir, sabíamos quiénes eran, pero con uno de ellos conversé ese año un par de veces, en una oportunidad quiso que Ros le prestara los ponchos, pero no aceptó y en la segunda oportunidad lo andaba buscando para llevarlo a la sierra. No tengo dudas que él lo llevó a su destino final.

Los músicos no querían hablar, comprendimos que estaban en situación difícil, no les interesaba ayuda nuestra, para ellos: “El flaco Ros quemaba”. Pero allí estaban, en un ambiente enorme, sin puerta, junto a jóvenes, sentados en una gradería de tres niveles. Confiaban todos en la promesa oficial de ser llevados a Lima y en caso de no tener requisitoria, después del fichaje, los soltaban. Nunca supe que pasó con ellos.

Varios muchachos hablaron con nosotros, todos con la misma historia, cayeron en una redada y como no eran ayacuchanos quedaban detenidos, conocieron a Ros, quien aseguraba que su papá pronto lograría liberarlo. El punto en común de ellos es que no se fueron con Sendero Luminoso, ni fugaron después, demostraban ser inocentes, aunque la sospecha caía persistentemente sobre ellos, porque seguían apresados, estaban muertos de hambre, les compramos pan, jamonada, galletas, cigarros. Nadie confiaba en nadie y nadie sabía verdaderamente quién era quién. Así es la vida cuando no vale nada.

Uno de estos jóvenes detenidos nos contó que los senderis­tas pasaron lista, solamente se llevaron a quienes conocían. Las autoridades expresaron que cargaron los libros de presos, detenidos y otros documentos. Los presos tenían la obligación de identificarse, no habia forma de comprobarlo.

Este viaje de pocas horas a Ayacucho nos resultó emocionalmente terrible. En verdad, cuando conversábamos de Ros nos atormentábamos, vaya que nadie conoce el futuro, en el camino de ellos estaba Uchuraccay. Después que falleció el papá de Ros, Eduardo y Amadeo comenzaron abiertamente a investigar el caso Wensjoe. Pedro les decía: “No estén buscando debajo de las piedras”. No existió forma de controlarlos, se olvidaron que en Huamanga nos hicimos visibles.

Los ponchos y los sombreros, me confirmaron para siempre que Russell Wensjoe no nació para hacerle daño a su prójimo, que cayó detenido en una redada en plena actuación. Varios años antes, Ros con Inés fueron ideando la vestimenta del grupo musical. Inés hizo los dibujos, pero no tenían donde hacerlos fabricar y pasó el tiempo. Inés ya trabajaba en un proyecto en la sierra y conoció a un artesano. Un señor ya mayor quien cobraba exageradamente caro, aduciendo que el modelo no era fácil para el material que empleaba, seguramente lana de oveja. Inés seguía en detalle la confección, hizo cambios del tinte y el precio se elevó, parecía que nunca quedarían listos.

Sobrevino el accidente de Inés y cuando estaba arreglando todo el papeleo me acordé de los ponchos, la chica que me ayudaba con los trámites dijo que mejor me olvidara, ya para qué. De ninguna manera los dejaba. El artesano, primero se hizo el desentendido, a pesar que a el mismo le había cancelado. Le entregué la plata y él la recibió, me extendió un recibo que ahora desconocía. Negocié finalmente con los hijos, por suerte la hija política guardaba buen recuerdo de Inés y aceptó entregarlos.

Cargué el paquete, grande y pesado, más de dos kilómetros hasta que pasó un ómnibus. “Es nuestra herencia para ti Ros”, le dije cuando le entregué el paquete con los ponchos, sombreros, boleadoras, fuetes y hondas de cuero negro, además de espuelas de bronce, que conformaban una indumentaria exclusiva para el escenario. A Ros no le gustaba uniformarse pero comprendió que se lucía, que le quedaba bien. Los cuidó como oro en polvo, nunca permitió que se usaran en la calle, no eran cualquier cosa para ensuciarlos. Una vez Eduardo le quitó el poncho a un músico que no quería devolverlo. En otra oportunidad Pedro pagó el empeño de un poncho echo por otro músico donde una señora que le daba pensión.


Lúcuma



Verde que te quiero verde,
verde viento, verde ramas.

- Federico García Lorca

En un pueblo cercano al paraíso, Ros se arraigó allí en una casa de piedra inca, que al entrar te topabas con una escalera pequeña, estrecha, para subir al segundo piso, detrás de ella estuvo mi habitación, frente a la sala comedor, que solamente se usaba, según él, cuando estaba de visita. En realidad Inés tomó posesión, era grande con ventana a la calle y con todo lo relacionado con su trabajo de textiles la llenaba, casi estuvo convertida en depósito. Ella prefirió tener sus cosas allí, que en su casita en San Gerónimo, río bastante arriba, para que no se confundieran con las del proyecto en el que trabajaba. Mis amigos se paraban en el umbral de la puerta, se reían sin cansancio. “Niñita, trae a tu ama, no persistas en ser campesina”, le decía Eduardo. Bueno, si nos hubiéramos hecho caso unos a otros, la vida se nos habría presentado diferente.

Estos fueron tiempos felices, en los que nada amenazaba nada, en un paisaje verde, lleno de árboles, con flores de colores fuertes. El cielo se presenta enorme, cuando te echas al lado del río, miras para arriba y te envuelve todo lo azul. No quieres creer que puede existir algo semejante. La gente es buena, curiosa, se te formaliza en amistad. Demasiado ideal para montar bicicleta, cerca al río en paralelo aún mejor, por su agua limpia que mueve piedras que le permite poseer su propio sonido. De arriba de la montaña, cae una hilacha, como una cascada.

Ros en un libro antiguo de la iglesia de Lúcuma, encontró un secreto, que lo guardaba, no quería contarlo y era usual en Lima que solo narrara que el pequeño templo estaba edificado, según sus investigaciones, en el mismo sitio y con las mismas piedras de uno milenario, dedicado a Wiracocha, creía que varias o muchas de sus piedras pertenecieron al palacio de Sayri Túpac, Inca de Vilcabamba, a quien llamaba el último dios vivo del Perú. Inés creía en esas cosas, cambió su pasión por los griegos por el mundo andino. Con Ros entretejían historias que nunca llegaron a escribir.

¿Qué señalaba el libro? Recién pudimos saberlo cuando llegó el cura al pueblo, hombre muy mayor, español, franciscano, quien le confirmó a Ros que el nombre del pueblo era San Juan y el padre se pronunció por San Juan Evangelista. Eduardo le dijo a Ros: “No te pelees, todos los San Juan son lo mismo, déjalo con su gusto”, pero Ros insistió que era San Juan Bautista, porque su imagen estaba en la iglesia. Me mandó a hablar con el padre, quien aceptó a regañadientes la posición de Ros y decidió que él organizara la fiesta patronal.

Le decía: “Russell Wensjoe, no te vayas a convertir en evangélico y con pretexto del río te vuelvas protestante, y comiences a bautizar a la gente, seguro que vas a crear tu propia iglesia”. Se reía, consideraba que eso no era posible, que monseñor Durand era capaz de exorcisarlo, pero que era buena idea realizar algún ritual en el río. Carnavales.

En Lúcuma, las mañanas eran de excursión en bicicleta, de almorzar al lado del río. Inés se la pasaba recogiendo flores, para luego ayudada por varias señoras, preparaba extractos de tintes, muestras que usaba para teñir, siempre en forma experimental, le quedaban bien las variantes del rosado. Excursionábamos a los palacios de los Incas de Vilcabamba, la resistencia a la conquista. El simbolismo del peregrinaje es impactante, se tenga o no se tenga posición al respecto, el corazón palpita, se siente la fuerza de lugar. A fines de los 70 era difícil llegar, muy alto, el camino empinado y la maleza se imponía. Ahora parece que los han limpiado, en obra de rescate arqueológico. Choquequirao está bastante publicitado. Antes estuvo abandonado, Inés siempre lloraba de pena que nadie hiciera nada. Se sentaba en una piedra y no quería hablar. Así nos quedábamos juntos.

El pequeño pueblo de Lúcuma llevaba su vida tranquila, con turistas de paso, que se alojaban en Lima en el Hotel Comercio, frente a Desamparados, antes o después de emprender rumbo al Cusco. Entre mochileros y hippies, que se integraban al paisaje del último lugar de la resistencia del Tawantinsuyo. Los gringos a veces se calateaban, gustaban sentarse como Buda, se abstraían del mundo, nada los distraía, sus mujeres deambulaban. Venían aprovisionados de droga, que compraban en la capital, nunca dejaban de salir de la estratósfera. Eran un espectáculo, verlos nos propiciaban situaciones interminables de risa. Su futuro, nos decíamos, estaba en una enorme construcción verde, cruzando el río, que se decía era un manicomio para ricos. Inés tenía miedo que se pudiera escapar uno de los internos.


Wiracocha


Primero de nuestra raza, protégenos,
pues de tu sangre hemos nacido.

- Esquilo

Pero también llegaba gente culta, que transmitía enormes vivencias, los llevaban a las ruinas, pero a veces les daba miedo subir y preferían hacer picnic, que resultaban entretenidos. Una tarde acompañaba a cierta distancia a Inés, quien conocía todos los nombres de las plantas, a recoger flores, la ayudaba Amadeo, estaba molesta porque se nos ocurrió jugar carnavales con sus tintes, cada vez que me veía todo manchado, se molestaba más. Ros con sentimiento de culpa, salía de improviso de los arbustos, con un amigo, para asustarnos. Eduardo gritaba que no debía hacerse caso a las mujeres y en esas estábamos. Cuando una chica que era parte del grupo comenzó a gritar que se había escapado un loco. Inés se sumó a sus gritos y se olvidó de su trabajo que la llevó a ser ganadora de un gran premio.

El loco con sombrero y abrigo, un millonario famoso, en Nueva York, perdido en la ceja de selva peruana, no sabía nada de sí mismo, carecía de memoria, solamente exclamaba: “New York, New York”. Era un gringo alto, colorado, de ojos azules, fornido pero delgado, solamente le comprendí que estaba en su hogar y de pronto se encontró caminando a la margen de un río. “Un paso al más allá”, dije. Amadeo replicó: “Dimensión Desconocida”. Eduardo más práctico lo ayudó a desabrigarse. Apestaba peor que caballo muerto, lo dejamos sentado debajo de un árbol para que se aireara. Ros señalaba que ya se le pasaría, que no nos preocupáramos, ya estaba acostumbrado a este tipo de gringos, que pagaban muy bien por el hospedaje. Este trajo los pilotos de su avión, secretaria, portapliegos, mayordomo, cocinero. Se comieron todo el corral de Ros. Nunca disfrutamos de tanta comida, de lo más variada. Inés aprendió a cocinar. Todos aprendimos. Ros hizo una fiesta medieval.

Ros, cargoso, insistía en la bondad del dios Wiracocha, daba por hecho que el famoso sujeto en su ciudad de origen, se había metido una mezcla capaz de matar un caballo y en lugar de morir de un pase de vueltas, Wiracocha se le presentó y le pegó con sus báculos. Ese gringo no estaba para nada golpeado, apestaba pero nada más. “Eso sucede en otro plano”, reclamaba Ros que sin permitir que siguiera hablando su huésped, cuando este comenzó a contar que un monstruo lo agarró a palos en la montaña, dijo: “Ven que es verdad, que el dios Wiracocha es bueno, mañana en la procesión de San Juan voy a poner la foto de la portada de Tiahuanaco delante de la imagen, nuevamente ha salvado una vida”. En la mañana del día siguiente, la imagen del santo salió hasta el atrio de la iglesia. “¿Dónde está Ros?”, nos preguntábamos. En esa oportunidad tan solo empujó la carroza de la pequeña estatua de San Juan Bautista, y después se sentó a mirarlo lleno de alegría.


El final de nuestro San Juan Bautista


La aurora asomaba
lejana y siniestra.

- Antonio Machado

El pueblo de Lúcuma se acabó un día para nosotros presentando un desenlace inesperado, unos días antes del peregrinaje a Qoyllority. Cuando llegamos al Cusco, Ros nos pidió que lo acompañáramos, el viaje era pesado, largo y derrepente nos quedábamos. El iba por su plata, además quería recoger un charango y una quena para ofrendarlos en la Misa, pero también había que decidir qué hacer con las cosas y papelería de Inés. Alquiló una camioneta cuatro puertas y un supuesto amigo suyo hizo de chofer. En el camino advirtió que en la casa estaba viviendo gente y que tratáramos de comprenderlos. Algo ya les había adelantado.

Entramos a la casa de Ros, gritando, llenos de alegría y reclamamos por nuestro San Juan, al que íbamos a ver y mañana le hacíamos su fiesta. Estaba en mi dormitorio, recordando mi pasado cuando en eso bajo un tipo a exigir silencio. Eduardo furioso, era para correr, sin ningún esfuerzo lo botó a la calle. Entre las cosas de Inés no había nada que valiera la pena conservar, salvo un estuche de cuero con pomitos de cristal, en los que guardaba sus tintes y que su mamá se lo mandó de Chile. Lo curioso es que allí se había quedado mi casaca de cuero. Lo demás, junto con artefactos que Ros quería desechar, se convertirían en el combustible de una hoguera nocturna, en la que Ros tocaría su nueva composición.

Estábamos por sacar las cosas para llevarlas al río, cuando se aparecieron dos flacos barbudos con poncho, exigiendo la presencia de Ros, salió a la calle para hablar con ellos. Eduardo lo acompañó como nuestra fuerza de choque. En tanto con Amadeo seguíamos amontonando cosas. Ros en el momento en que regresó no quiso hablar y Eduardo me dijo que nos íbamos ya que estos eran unos locos, que amenazaban con pistola que no podíamos sacar nada de la casa, para evitarse problemas era mejor irse ya.

Un momento, me dije, pero para que todos escucharan, un par de forajidos de tercera no se iban a quedar con las cosas de mi mujer, ni con la casa de mi amigo. No hicieron esfuerzo por impedirme la salida. Ese par de brabucones estaban sentados en el centro de la plaza. Curiosamente parecían dueños de una iracundia mayor que la mía, en su jerga marxista inteligible despedían odio, olían a muerto, no valían nada. Me consideraban una mala influencia sobre Ros, lo había convertido en un gamonal. El pleito quedó entrampado sin futuro. En estos casos, la única salida era exigir la presencia del jefe de ellos para la solución final, y así desautorizarlos, tampoco sabía si alguien estaba encima de ellos. Me metí a un callejón sin salida.

En parte, ese par de muchachos con poncho me escuchaban porque les interesaba saber qué tanto conocía de un periodista cusqueño, mayor que nosotros, quien estuvo empeñado en hacer que Choque­quirao adquiriera fama. Este se hizo muy amigo de Ros, ambos lograron que el INC mandara gente a las ruinas. Alguna vez los acompañé en las gestiones en el Cusco y en Lima cada vez que Russell me lo pedía. Este periodista falleció en un accidente. En la capital a modo de rendirle homenaje, la prensa le atribuyó en primera plana el descubrimiento de Choquequirao. Eso puso a las ruinas en primer plano. Les planteé que la presencia de ellos en la casa de Ros, junto con los problemas que estábamos viviendo, era la consecuencia de esa publicidad. Ellos querían acabarla. Nosotros no nos oponíamos a ello.

Ante este planteamiento, los dos con ponchos se pusieron de pie e hicieron una seña a otro que estaba como a unos treinta metros. En el momento en que este hombre, mayor que todos, cercano a los cuarenta años, se presentó como cusqueño, me dio la bienvenida a su tierra, uno de los emponchados se fue. Le decía a Amadeo: “Ándate, la cosa está horrible”, y él replicaba: “Juntos para todo”.

Es cierto, que pude haberle dicho a ese par con poncho que solo eran unos malditos. Cuando ellos se encontraron muertos de hambre y sin donde vivir, Ros los contrató para que le cuidaran su casa, pero eso no llevaba a nada. El problema radicaba en que nos dejaran irnos en paz, que nos entregaran las llaves de la camioneta. Ellos no sabían que Ros tenía duplicado.

El aparente jefe, quien reemplazaba a una mujer mala, no usaba poncho, hombre culto e instruido, no conocía ni sabía nada de Wensjoe, su partido lo había calificado de gamonal que se había enriquecido a costa del campesinado y que era su obligación expulsarlo de la región. “Un momento”, le dije, porque estábamos hablando de un artista, de un músico, de un compositor, de un poeta, que hacía cinco años encontró una casa, tal vez del cura o del dueño de la zona, que estaba en ruinas, sin muebles y la convirtió en una posada para turistas que dejaba dinero en el pueblo, todo fue su esfuerzo. Pero esto era anatema para este hombre que no quería discutir y esperaba que le dijeran qué era lo que tenía que hacer.

Entrampados sin salida hasta que se puso frente a mí, aparecido de la nada, el chofer de la camioneta con una soga en las manos. “Amadeo, ándate, este me ahorca en un segundo, párate y te vas”. Replicó: “Juntos para todo, Eduardo está con un palo de fierro detrás de nosotros para saltar encima”. Le dije: “Este ya me ahorcó, párate y ándate”. Insistió: “Juntos para todo”.

El chofer, un blancón musculoso con pinta de cargar varios muertos en la espalda, le entregó la soga al muchacho con poncho que volvió, quien antes fue amigo de Ros, y dijo: “El partido ha decidido que te lleves lo tuyo y te exige que al gamonal te lo lleves contigo, porque esta soga es para él si lo dejas. Nosotros no tenemos nada contigo y tú nada con nosotros, a las seis de la mañana el partido toma posesión de la casa y no queremos volver a verte”. Y se fueron.

Con Amadeo nos quedamos petrificados, soportamos un vendaval de locos. Creo que la frase adecuada es: “Nos dieron un mazazo en la cabeza”. No nos podíamos parar, porque no sabíamos qué hacer, ya para qué quedarnos, el paraíso se convirtió en el infierno. Amadeo era emotivo, se le caían las lágrimas, repetía: “Pobre el flaco Ros”. Eduardo sonriente con el fierrazo, nos arreaba para regresar a la casa. Ros salió de la camioneta, preguntando sobre si nos íbamos o nos quedábamos. Teníamos tiempo hasta las seis de la mañana.

Ros nos contó que se estaba constituyendo un partido para hacer la revolución a partir del 28 de julio, que le habían pedido que les dejara su casa y que él no regalaba su casa a nadie, que él a su edad, treinta años, no creía en la revolución, y que no quería estar a órdenes de nadie, menos de la persona que apodaba jefe. Ahora le quitaba su casa.

Eduardo aclaró que no se estaba formando ningún partido, sino que todos aquellos, como los que nos tenían cercados, que querían destruir su vida, se estaban pasando en manada a Sendero Luminoso, pero qué suerte para Ros de que se quedó al margen, por su propia voluntad. Es cierto que con Amadeo no queríamos comprender, ni saber nada de esa conversación y comenzamos a echar cosas al horno, llevé a la camioneta mi casaca, el estuche de Inés que ofrendé al Señor de Qoyllority, que junto con mi billetera estuvo en el altar de la Misa, al igual que el charango y la quena. Me puse a caminar, no sabía qué hacer para llegar hasta las seis de la mañana. La noche que cayó imprevistamente se presentaba como una eternidad.

En eso, Eduardo se puso a mi lado, dijo: “En qué me metiste, ahora qué hago para sacarte vivo de acá, el mundo se nos cae encima y tú sigues caminando”. La situación se resumía en la frase de Amadeo: “Hemos caído en la Dimensión Desconocida”. Desde que llegamos, en Lúcuma no había nadie, convertido en pueblo fantasma, o todos se fueron o todos estaban refugiados en su casa. Los intrusos nos miraban, nos observaban, éramos objetos de su mayor curiosidad. Nos hicimos los desentendidos, percibimos que estaban al acecho para saltar encima. Buscaba a la mujer mala, no la encontraba con la vista en el campamento que formaron estos innombrables.

Sin comida, sin agua, nos convencimos que en cualquier momento venían a matarnos y nadie nunca vio nada. Quedamos, a la una, dos y tres, a la carrera, a la camioneta y nos íbamos. Llegamos, los otros dos no salían. Otra vez en el interior de la casa, sin ningún aliciente, para emprender el retorno al Cusco, a sabiendas que en cualquier momento nos caían encima. El problema era que Ros no podía abrir su escondite y cuando oscureció no había luz en la casa.

Eduardo ya había colocado las bicicletas en la camioneta, una suya, tres mías, que ya las teníamos vendidas para Bolivia, a mejor precio del que pagamos. Estábamos en plan de fuga, pero Amadeo convenció a Ros que no dejara su orquesta y otras cosas de valor. En la casa, solo alumbrada por el horno o chimenea, le recordé a Ros que el objetivo era sacar su plata, lo demás era peligroso. Amadeo insistía en las guitarras eléctricas, la batería, el órgano, no podían regalárselo a nadie. Por fin abrió su escondite, recuperó así su plata, la documentación de la casa y los libros de la posada que quemamos.

El nuevo plan de fuga consistió en que Ros colocaba en la camioneta lo que quisiera llevarse, hasta donde hubiera sitio. Eduardo se ponía al volante, mientras que con Amadeo, sin alejarnos mucho, hacíamos que buscábamos un lugar para orinar, en el momento en que Eduardo prendía el motor, corríamos, subíamos y nos íbamos para siempre. Antes Ros me dio su plata para que se la cuidara, la separé en dos fajos y los escondí en las medias. Las cosas sucedieron así, mientras se calentaba el vehículo, llegamos a este corriendo y subimos, vimos que una docena de hombres con poncho desde el fondo de la plaza venían corriendo hacia nosotros.

Eduardo tiró para adelante, el motor frío no permitía que la camioneta agarrara viada, se mantenía a buena distancia, ellos disparaban y cometieron el error de lanzar dos cosas prendidas. En el horizonte no existía otra luz que los faros de la camioneta, la calle estrecha era una pared interminable, delante de nosotros, unos individuos trataban de poner una tranquera o algo así, después supimos que con un camión pensaron cerrar la salida. En eso lo que lanzaron, estalló. Lo primero fue estar seguros que no nos pasó nada y quienes tenían que cerrarnos el paso, se asustaron con las explosiones, una tras otra, más otras más, pudimos pues salir a la carretera. Estos también lanzaron dinamita y dispararon. Por lo menos dos balas le dieron al carro. No nos pasó nada.

Pensamos, allí quedó todo, a buena distancia, decidimos que la camioneta necesitaba calentarse, pero igualmente necesitábamos respirar, estirar las piernas y orinar. Uno de nosotros vomitó, generó reacción en cadena. Estábamos muertos de miedo, carecíamos de serenidad. En ese momento, en este mundo, solamente existíamos los cuatro, materialmente era imposible encontrar otra existencia diferente a la nuestra.

Ros cambió de sitio conmigo, pasando para atrás para que cuidara sus cosas. Ya el carro tirando para adelante, cuidando de no correr para no gastar excesivamente gasolina, todos hablábamos al mismo tiempo, nadie se escuchaba con nadie, hasta que dije: “He visto camiones, escucho la misma musiquita de la Dimensión Desconocida”. Convinieron en decirme que si no era bastante lo que pasaba para que los atormentara peor. Es que ya no tenía en quién encomendarme, en opinión de Ros nos estaba salvando el Señor de Qoyllority, quería que fuéramos a su fiesta. “Bueno, finalmente es Wira­co­cha, en el altar tendré que poner una foto de la portada de Tiahuanaco”, dijo y lo hizo.

Amadeo solito se convirtió en el vigía, mirando para atrás, hasta que gritó: “El camión”. Eduardo impuso velocidad, no era posible que se nos acercara, era de esos vehículos viejos para transportar ganado. Disparaban, lanzaban dinamita y en esto eran unos salvajes, en cualquier momento se volaban ellos mismos. Gritamos: “Señor de Qoyllority, que vuelen en mil pedazos”. Se les malogró el camión o se quedaron sin gasolina o el chofer se asustó con lo que arrojaba Amadeo. Lo último fueron los platillos de la batería que impactaron en la luna, al poco tiempo, otro camión se les empotró, se chocaron entre ellos.

El amanecer nos trajo el convencimiento que estábamos vivos, es un sacudón que estremece el cuerpo, todo sigue en movimiento, en realidad nadie en esta vida sabía lo que nos pasó. No existía otra meta que seguir al Cusco. Ros en la carretera nos hizo parar, en una casa de adobe vendían gasolina, conocía al dueño, buen mecánico. Nos sirvieron café, galletas. E­duardo estaba cansado, se negó a manejar y me tocó conducir. Tanto de noche o de día, no tenía la menor idea dónde estaba. Recién comprendía todos los problemas que afrontamos con Inés en relación a los ponchos que se mandaron hacer en Andahuaylas y como decía mi abuelo, siempre surge un Robespierre que corta todas las cabezas.

Entramos al Cusco por el mercado, allí vendimos las bicicletas a mejor precio de lo ofrecido inicialmente, encontramos a otro comerciante. Estaba cansado en exceso, sentía que apestaba a berrinche y a vómito, tanto sudé que tenía la ropa mojada, les exigí que me dejaran en el Hotel de Turistas, mientras definían que era lo que finalmente harían. Eduardo tenía mi voto, no podía seguir discutiendo, no se ponían de acuerdo, de ninguna manera me iba a esconder, la plata de las bicicletas me permitía pagar lo que quisiera. No la gasté, la dejé en el altar de Qoyllority.

En el comedor del hotel, ya absolutamente limpio, nada indicaba lo vivido el día anterior y en la madrugada, hasta que Eduardo apareció muerto de hambre, parecía salido de un muladar, me quitó mi plato de comida y se fue a bañar. Sonriente, perseguido por los mozos del restaurante, a quienes les ordenó dos platos iguales. Antes, me presentó a un dirigente regional de su partido, quien se quedó un rato conversando conmigo, que nunca salió de su asombro, cuando se despidió, dijo que más tarde tendríamos una reunión, brindándome todo su apoyo.

El hecho concreto es que teníamos un enemigo pero tampoco podíamos triplicar su enemistad, solamente nos quedaba neutralizarlo. Eduardo, como siempre, tomó mi representación, no intervine en nada. El dejó todo en manos de su partido que mandó dos dirigentes de Lima. Amadeo al igual que Eduardo, dejó todo en manos de su partido, acogió a Ros, los escondieron fuera del Cusco y solo aparecieron en la noche anterior al día en que partimos para Qoyllority. Acompañamos a Ros en sus compras para el viaje.

En Qoyllority, Eduardo tuvo custodia, siempre un grupo de amigos lo rodeó. Los otros, los dinamiteros, nos espíaban, se dieron cuenta que nada podían hacernos. Pasaba y pasaba al lado de ellos, les preguntaba si tenían fósforos para prender mi cigarro. Estos eran otros, no estuvieron en Lúcuma. Miraban feo. En la segunda mañana llegaron los dos dirigentes de Lima del partido de Eduardo. En la última noche nos indicaron que teníamos que bajar al Cusco, la gente que nos quiso matar en Lúcuma, aceptaban tener una reunión, en el Hotel de Turistas, querían que fuera pública, ningún tipo de secretismos, nada debajo de la mesa. El partido de Amadeo estaba vetado, lo señalaron como agente del social imperialismo soviético. Finalmente participaron.


Encuentro final


Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja a la sombra vencida.

-Miguel Hernández

Russell Wensjoe le puso la chapa de jefe, para fastidiar a Inés, a un médico que conocí en 1971, durante la huelga de Letras en la Católica, y que volví a tratar porque curó a Eduardo de un problema que tenía en la espalda, él lo recomendaba y para cualquier consulta íbamos donde él, era bueno, acertado, no cobraba y como era joven lo tratábamos como pata. Este se fue de viaje, se me ocurrió que su objetivo era un postgrado en el extranjero. Una vez lo vi atendiendo a refugiados chilenos, me confirmó que estuvo de viaje pero en el país, realizando un postgrado.

En esa época poco me interesaba tratar otra persona que no fuera Inés, nos reencontramos en el tema de refugiados chilenos después de una ruptura porque ella, de la noche a la mañana, se volvió de izquierda, por suerte ella se integró al mismo partido de Eduardo y de Ros (al que también perteneció el médico). Ellos nos ayudaron a superar las diferencias ideológicas, al final terminaron influenciándome. Los padres de Inés se fueron a radicar a Chile y se instaló en un segundo piso con su ama, muy buen departamento, en el que parábamos todo el día.

Inés comenzó con viajes cortos a la sierra, tema concurrente de conflicto nuestro, quedamos como amigos, pero seguíamos todo el día juntos. Ros se instaló en la sierra, cuando estaba en Lima usaba el otro cuarto del departamento. En eso, Inés me dijo que el jefe del proyecto en el que quería trabajar, pasaría unos días en Lima y que ocuparía el cuarto de Ros. Eso me obligó a quedarme a dormir en la casa, en esa época la convivencia de gente muy joven no era bien vista. El llamado jefe la estaba recriminando sobre esto mismo, en el momento en que llegué para cenar. Mundo pequeño, era el médico, al que trataba como pata. El estuvo en cinco oportunidades en el departamento de Inés. La última vez se quedó una semana. Ros dormía con nosotros, porque no se toleraban.

En eso, el partido de ellos se dividió. Eduardo e Inés se volvieron enemigos, no se perdonaron nunca porque Ros se quedó con ella y en mi papel de convidado de piedra me puse de lado de Eduardo. En medio de este conflicto, ella decidió irse a vivir a San Gerónimo de Andahuaylas, no escuchó a nadie, el problema más grave es que el médico prohibió que la visitara, no quería ver una parejita tonta luciéndose por el pueblo. En la camioneta del proyecto ella bajaba a Lima, dos o tres días, pero el tiempo de felicidad lo tuvimos en Lúcuma, para ella era más fácil trasladarse al Cusco que a la capital. Una mañana se presentó en mi trabajo el chofer del proyecto para llevarme con urgencia a San Gerónimo, pensé en una desgracia, me aseguró que no, de todas maneras busqué a la tía de Inés. Me dijo que de ninguna manera viajaba a los quintos infiernos.

Desconozco el tiempo que dura viajar por tierra, Lima-San Gerónimo, cinco veces realicé esta travesía en esta vida. La primera vez llegué de noche, me llevaron a un inmueble antiguo. La oficina del médico era grande, un enorme escritorio que tenía al costado muebles tapizados en cuero, era como transportarse a los años cuarenta. Inés estaba sentada lo más lejos posible de su jefe, ninguno de los dos mostró entusiasmo por verme.

El pasó de inmediato a presentar todas sus quejas, lo agredió, lo escupió, tenía que irse. “Imponte, lléva­tela”, me dijo, ella a distancia replicó que no tenía ningún poder para sacarla del proyecto. El salió, me quedé con ella conversando. Nos trajeron la cena, lo fui a buscar para que comiera con nosotros. Como era un hombre instruido, culto, que le gustaba conversar, logramos firmar la paz. Su única condición fue que regresara a la capital en la mañana, detestaba las eternas lunas de miel. Pero cambió de opinión, me llevó a una enorme comunidad que criaba alpacas y carneros. Me enseñó a degollar estos animalitos, con bastante paciencia. Los corderos eran grandes, extremadamente fuertes, poseían un olor desagradable. Ros estaba allí. Me llevó para agarrarme a patadas en el cuarto de máquinas, que era también un granero y almacén.

En las subsiguientes veces que visité San Gerónimo desde Lima y otra subiendo de Lúcuma, el médico siempre terminaba diciéndome: “Imponte, llévatela”. Allí quedaba todo. La última vez que fui al pueblo, para arreglar los papeles de Inés, a consecuencia de su accidente, pregunté por él pero me dijeron que desde un buen tiempo atrás ya no vivía en la zona. En este viaje me acompañó Pedro Sánchez.

Curiosamente, un sábado del verano de 1980, encontré tomando desayuno y leyendo el periódico en un pequeño restaurante del centro de Lima, al médico. Me recibió bien, me senté a conversar, no dijo nada de Inés. Mostró interés que le contara que viajaba a la fiesta de Qoyllority invitado por el flaco Ros, posiblemente viajaban dos amigos fotógrafos, que Eduardo estaba en dudas por la campaña electoral y ya empezaba a trabajar en un nuevo periódico. Todo bien hasta que le dije que gente extraña se había apoderado de la casa de Ros. Me pareció curioso que usaran ponchos. Se puso de pie, adujo estar apurado, pagó su cuenta, se fue.

Todo esto repasábamos una y otra vez, bajando de Qoyllority al Cusco. Eduardo había enfrentado varias veces al médico, nada grave. Amadeo lo vio una vez en San Gerónimo, en la víspera de mi matrimonio civil con Inés, en una sencilla cena que nos ofreció en su despacho. Ros aseguraba que no lo volvió a ver desde ese día y que a partir de ese momento le cerraron la posibilidad de caminar para arriba de Lúcuma. Todo lo que decía Inés del médico se presentaba como cierto, pero en el fondo tenía la esperanza que él nada hubiera tenido que ver con la dinamita que nos lanzaron en Lúcuma y confiaba en que no se presentaría.

Sin embargo, recién tres años después comprendí la complejidad de ponchos y sombreros. Epoca en que se difundió la foto del médico publicada en 1975 por La Crónica. En la fotografía estaba vestido igualito a los atacantes de Lúcuma y a los primeros terroristas capturados en La Convención. En ese atuendo con el que dio la vuelta al mundo, que le otorga un aire romántico, de leyenda, de joven idealista, en el preciso momento en que era vicepresidente de la principal organización campesina del país y que ya había devenido en guerrillero, cumpliendo la meta de su vida. Nosotros no tenemos nada que hacer con eso. Inés, excesivamente inteligente, me dejó toda una simbología para que pueda reafirmarme siempre en ello, con los ponchos que le confeccionó a Russell Wensjoe. Es cierto, además, que Ros cada vez que salió al escenario vistiendo los ponchos y sombreros de Inés, provocó sin cansancio al médico. Pero ya no tenía con quién comentarlo, cuando todo esto se presentó, pertenecía a un pasado que estaba enterrado.

En la ciudad del Cusco, Amadeo nos llevó con el distribuidor de Oiga para que nos gestionara asientos en el avión del día siguiente. Obligamos a Ros a comprar pasaje. En la habitación del Hotel de Turistas, mientras nos bañábamos y cambiábamos, Ros estaba muy debilitado, con fiebre, había que llevarlo con el doctor, amigo de su padre, quien le cuidaba las cosas de valor que pudo salvar de Lúcuma. En el caso de Eduardo y Amadeo, sus respectivos partidos, les ordenaron que no se movieran del hotel, quedaron en avisarnos en el momento que se iniciara la conversación.

La reunión posee un único calificativo: surrealista, absolutamente onírica, en que el acto de soñar carece de espiritualidad. El médico que unos días antes ordenó que se me lanzara dinamita, se presentó a bordo de la camioneta pickup en la que murió mi mujer. El impacto de ver la camioneta fue terrible, cuadrada a la esquina del hotel, cuando regresaba del consultorio del doctor que atendió a Ros. Al chofer le dije: “Esta camioneta la he visto en el medio del río”. Solo respondió: “Las cosas materiales se arreglan, nada se puede hacer cuando se pierde la vida”. Lo mire a los ojos y le dije: “Por eso es que en este mundo, la vida no vale nada”.

La conversación se encontraba en pleno proceso, no se permitió el ingreso de mis amigos. En compensación, para ellos la camioneta, su planchado y reparación valía la más plena observación. Me presenté, saludé sin darle la mano a nadie, jalé una silla y casi me encontraba en una segunda fila. El médico porque así lo conocí siempre, habló de mí, como si me conociera en exceso, dijo: “A este muchacho le dicen Espartano, porque su compañerita ganó un concurso en televisión hablando de los griegos, nada más ni nada menos”. Cada vez que hizo comentario sobre mí, era para que me picara, a veces deslizaba adjetivos hirientes para mí. Preferí no escucharlos en su debate, repasaba el incidente de Lúcuma mentalmente. De pronto escuché que todo estaba zanjado y el médico decidió que conversáramos en una mesita para dos personas, al costado de la mesa en la que estuvimos, quedando vigilados por la gente del partido de Eduardo. No aceptó que el partido de Eduardo me representara.

Frente a frente con Julio César Mezzich, todavía era el médico que habíamos conocido, no estábamos muy lejos de cuando cobró renombre mundial por haber tomado Ayacucho, cuya única consecuencia para esta narración es que de inmediato resultó asesinado Russell Wensjoe. Un hecho inentendible, su gente no lo pudo matar en 1980, finalmente, en 1982, algunos efectivos del orden que después de combatirlo sin éxito, lo hicieron.

La conversación con el médico fue muy larga y tuvo tres escenarios. El siempre mantuvo el estilo de ser una tercera persona que analizaba la situación, su presencia señalaba su explicación de lo sucedido. Todo estaba zanjado con Eduardo y con Amadeo. Conmigo no había nada, pero que sería un error olvidar lo pasado y no otorgarle una solución definitiva, por lo que sentenció que para ellos simplemente no existía, que si alguien me decía que venía en nombre de ellos, se trataba de una emboscada. Y: “Al idólatra llévatelo lejos, en el extranjero estará bien”, dijo. Preguntó por lo que estaba haciendo, hizo comentarios sobre mi inteligencia.

Necesariamente explicó lo que estuvo preparado en Lúcuma. El pueblo, es decir la población, poseía el derecho de juzgarnos, esto no sucedió porque se produjo la expulsión. “Nos han perseguido con disparos y dinamita, la población estaba aterrorizada en sus casas, nada lo justifica, además no hemos hecho nada, me la he pasado cantando en Qoyllority, que la vida no vale nada”, le dije.

En su opinión no había que llegar a la tragedia griega para ocasionar risa, cayendo en la comedia. Creía erradamente que la casa del idólatra se convirtió en un antro del vicio, con música alienante de espantosas guitarras eléctricas, que inducían a los extranjeros a drogarse para hacerles creer que veían a Wiracocha, para después sacar santos en procesión, y que nosotros llevábamos una vida de príncipes teniendo al pueblo de servicio doméstico. El idólatra, para él, se convirtió también en gamonal y sus amigos en acólitos que ofendieron gravemente la dignidad del pueblo. Eso merecía ser escarmentado para dar ejemplo. La población no acordó nada, eso era cierto, porque no llegó a reunirse para el juicio.

El hecho central era tergiversar todo, pero con facilidad reconocí que la única fuente de información que utilizaba era lo que alguna vez podríamos haberle contado con Inés, de ninguna manera en Lúcuma se vivió como príncipes, montar bicicleta al lado del río, hacer picnic en medio de la maleza, subir a las ruinas, nada tenía que ver con una vida principesca.

El nos acusó de izquierdistas disfrazados. Estaba equivocado, Inés lo dejó todo, menos a mí, otra cosa es que a él no le gustara su trabajo. Eduardo y Ros podrían haber tenido una vida tranquila, socialmente aceptable para sus familias. Al que llamaba agente soviético era un muchacho de origen humilde que estaba forjando su propia vida. Y él sabía perfectamente que nunca me puse calificativos, solo creía ser un espíritu libre que trataba de no ser ajeno a los problemas del país y la vida me presentaba oportunidades para propugnar la justicia social, no era marxista, creo en Dios y que Cristo está sentado en el centro del universo desarrollando la creación de todo lo existente. El escuchaba bastante interesado.

Sobre la casa del flaco Ros, el segundo piso con cinco habitaciones cobraba más barato que el hotel en el que estábamos, no siempre tenía huéspedes la posada. Sin que nadie les dijera nada, soy testigo que un millonario, un actor de Hollywood y dos ciclistas dijeron haber sido atacados, según ellos, por un monstruo, que Ros e Inés creyeran que era Wiracocha, problema de ellos. Los gringos que iban a Lúcuma, antes y después se hospedaron en el Hotel de Turistas, no hicieron nada de lo que no esté pasando, en este momento en este mismo hotel, la diferencia es que allá podían tocar rock con el flaco Ros, porque no hay nada que hacer en la noche. Si la casa era un antro, este hotel es también un antro. Su única posición fue: “Esto, este hotel, también tiene que acabarse, todo a su tiempo”.

En verdad era innecesario persistir en una conversación con un ser humano que no quería ser un ser humano. Dije: “Todo está zanjado para que seguir hablando contigo, no creo en tu revolución. Acá quedó todo zanjado”. Por primera vez intentó reírse. “No, tú te la pasas diciendo que era tu médico, que no sabías nada de lo que hacía, nosotros lo sabemos todo, lo escuchamos todo, no te sorprendas que sepa lo que has dicho, hay que probárselo a los electoreros (gente del partido de Eduardo) y a los agentes soviéticos (gente del partido de Amadeo)”. Entonces él se puso de pie, dejó la mesita y les dijo, a los que estaban sentados al costado de nosotros: “Lo voy a llevar, para examinarlo, perdió el conocimiento dos veces camino a Sicuani, un problema que tiene con la altura, vamos a verlo para que quede bien, para que no presente inconveniente su regreso a Lima, mañana a primera hora”.

En la peluquería contigua al ambiente en el que estuvimos me hizo sentar en uno de los dos sillones del barbero. El peluquero con enorme entusiasmo sacaba y sacaba filo a la navaja. “Doctor, en qué puedo servirlo”, dijo. El médico le pidió alcohol, mercurio cromo, algodón, gaza y otro montón de cosas, se apartaron para que se las entregara. Uno de los dirigentes del partido de Eduardo aprovechó para sentarse en el otro sillón, para decirme que había escuchado la conversación, y que estaba muy preocupado porque no sabía qué podía hacer. No comprendía que alguien pudiera tener un concepto de revolución que implicara someter a juicio popular a muchachos de izquierda, para dinamitarlos. Dijo que iba a estar atento, entrando y saliendo, aprovechando que había un baño.

El médico se acercó con todos los productos que le entregó el peluquero, quien se marchó. Al dirigente del partido de Eduardo le pidió que se retirara porque estábamos en reunión privada. Me dijo que me desvistiera, que me quedara en calzoncillos y medias, me senté en un banco. Comenzó a examinarme. Entró el otro dirigente del partido de Eduardo, más conocido que el otro. Además un par de veces lo vi en el departamento de Inés. Dijo: “Esto no es serio, es intolerable”. Cambiaron palabras pero como señalé mi conformidad, antes de marcharse le dijo algo así: “No sé qué está pasando contigo, todavía estás a tiempo de rectificarte, voy a estar entrando y saliendo”·.

Ya había terminado de examinarme, entraba y salía gente del baño, el médico lanzaba frases sueltas: “No valió la pena perder el tiempo contigo. Los metafísicos creen que el médico que los atiende es su amigo”. Finalmente dijo: “Enséñame la herida de tu antebrazo derecho, no la sigas escondiendo, vamos a ver qué tan grande es”. Realmente no tenía vergüenza en reconocer que sabía que los robarropas me hicieron un pequeño corte”.

Me llevó al baño para lavarla, me apretó con fuerza, me dolía, me obligó a tomar unas pastillas. Afuera, dicen que Eduardo y el flaco Ros estaban convencidos que me iba a degollar. Amadeo se metió a la peluquería, no había nadie, salió gritando. Un dirigente del partido de Eduardo entró al baño, regresó con el otro, quien preguntó: “¿Qué está pasando acá?”. Con tranquilidad explicó que me había encontrado una herida en proceso de infección, la acababa de lavar con agua y estaba empezando a curarla. Ellos ya no se movieron del baño, en la puerta estaban mis amigos.

Con voz baja para que solamente el médico escuchara y no generara ningún tipo de altercado, necesitaba apurar el tiempo, le dije: “Así que me mandaste a los robarropa, pensaba que era una broma del flaco Ros”. “No, yo no uso lumpenería, ese es un grave error de un infiltrado que ya pagó sus culpas”, dijo como si no tuviera importancia. “Ya acabamos, ya conseguiste pues que todos me vieran en calzoncillos, así querías dejarme en Lúcuma, ya tu mismo lo hicIste”. Me fui corriendo para vestirme, mis amigos preguntaban, les decía que después les contaba, estábamos todos fregados. Cerramos todas las puertas, no podía devolver las pastillas por más esfuerzo que hice, me tenían que ayudar a vomitar. Con tanto turista en Lúcuma, Ros aprendió primeros auxilios. Hizo que Eduardo me abrazara apretándome el estómago con toda su fuerza, el flaco Ros me metió su mano en mi garganta. En un segundo boté un montón de cosas y las cuatro cápsulas. Eduardo después se quejó en la recepción que un borracho ensució la peluquería.

Con ellos encontramos las cuatro pastillas, estaba bien, porque las otras seis no las tomé, las boté por el caño. “Tenía dos pistolas, me hizo tocarlas”, les dije, asegurándoles que no podía correr, estaba muerto de miedo. Para no llamar la atención, ellos salieron primero, reclamando que me demoraba demasiado en vestirme.

La gente estaba amontonada en la puerta, no lo dejaban irse, repetían una y otra vez que todo estaba zanjado. Me abrí paso para despedirme del médico. “Ganaste, estarás contento, ganaste”, le dije palmeándole los dos brazos con mis dos manos. Dijo: “No he nacido para perder”. No tardó en irse en una camioneta celeste que alguna vez, un tiempo antes, vi en el medio del río. Nunca más a ese médico se le vio en público, parece que la tierra se lo tragó. Con ese único sentido escribí en 1995 un artículo para el diario El Mundo.

Monseñor Luciano Metzinger, en los días siguientes del asesinato de Russell Wensjoe, me exigió, en verdad no tenía razón de hacerlo, que voluntariamente aceptara ser examinado por monseñor Ricardo Du­rand Flórez, una conversación que consistió en un repaso de mi vida, profundizando en lo que consideró pertinente. El objetivo único, según se me dijo, era que ante la situación que se presentaba en el país, en el supuesto que me pasara algo, ellos no necesitarían pedir permiso a mi familia para intervenir directamente. La realidad es que el comandante Wens­joe no aceptó el pedido de monseñor Durand para mediar en el caso de su hijo, afirmando que la Iglesia no tenía nada que hacer en este caso específico.

La conversación con monseñor Durand fue larga, durísima, sin tregua, incidía en aspectos que para mí carecían de importancia, además no configuraban pecado, falta, ni ofensa. Se mostró implacable, en el momento en que le conté con detalles que vi al médico alguna vez degollar carneros, señalándolo como un hombre extremadamente fuerte. Creyó que le guardaba admiración, no era verdad, por suerte se convenció.

La examinación tuvo momentos tranquilos, del mejor ánimo posible y hasta risueños. A monseñor le encantó cuando le conté que en la explanada de Qoyllority, a la entrada, la gente hizo un cambio en la canción mexicana, esa de “La vida no vale nada”, en vez de “el cerro del Cubilete” lo suplantaron con algo propio y quedó así: “El Cristo de tu montaña, el cerro del Señor de Qoyllority, consuelo de los que sufren, adoración de la gente”.

Monseñor quedó muy contento, y me invitó con fecha fijada para ir a Ancón, al campamento de verano de la Cruz Blanca, que llevara fotógrafo, para que quedaran fotos en el archivo de El Observador. Fuimos con Eduardo, Amadeo y Willy Retto.

En lugar de darme la mano, señalando así el final de la examinación, decidió monseñor en el último segundo que rezáramos el Padre Nuestro, porque no pude hacerlo en el Hospital Regional de Ayacucho, frente a la pared en la que balearon al flaco Ros. Allí no se acabó todo. Me dijo que me ponga de rodillas, me hizo la imposición de manos y rezó en latín. Nunca se me otorgó una explicación, ni tampoco la pedí, porque creo que el ritual alejó de mi camino a Uchuraccay.

El viaje a Cusco de 1980 se nos devino en traumático. Eduardo adujo problemas para dormir. Amadeo aseguraba tener pesadillas. Ros lo borró de su vida, me explicó que lo había perdido todo, su único camino era comenzar de nuevo, no quería que le tuvieran pena. Entre los problemas que me trajo fue un enfrentamiento con mi abuelo materno, quien me consideraba un muchacho problemático, era una obligación para él estar pendiente de mis cosas, propiciaba conversaciones para que le contara lo qué me pasaba. No pensábamos nada igual.

La época imponía una relación vertical con los abuelos, imposible replicarle. Quiso que le contara el final de Lúcuma, no dejó que prosiguiera, me gritó: “Me vas a matar a tu madre, tus problemas son porque no sabes escoger con quién andas”. Le contesté que a mis amigos no los cambiaba por nada del mundo. Escándalo familiar. Por suerte esa misma relación vertical hizo que siguiéramos conversando, escuchándonos mutuamente, sin problemas, al final del año falleció. En su último día de vida, nada presagió su final, que fue súbito, muy sonriente, me extendió una orden, que hiciera lo que hiciera usara siempre su apellido, es decir, que no lo omitiera jamás. Enorme lección de vida. No volví a tener problemas, salvo la tragedia que envolvió a mis amigos que casi me liquidó emocionalmente.



En Lima

Amado sea el niño, que cae y aún llora
y el hombre que ha caído y ya no llora.

-César Vallejo

El retorno del Cusco del 80 se nos complicó, el flaco Ros no regresó con nosotros, nada lo convencía a establecerse definitivamente en Lima. Con Eduardo decidimos tocar la puerta de la casa del comandante Wensjoe, quien nos recibió con aprecio. Le recordé que en 1975, Ros descubrió una casa en Lúcuma, en ruinas y abandonada, que ocupó por propia iniciativa e inició una serie de mejoras. Vino a Lima, me contó, lo convencí de que hablara con los dueños, que hiciera un contrato de alquiler, que redacté finalmente. No tardé en acompañarlo a que le pidiera a su papá el respectivo aval, quien a su vez quiso que también figurara como avalista al lado suyo y además logró que dos vecinos ilustres del Cusco también figuraran en la misma condición.

El flaco Ros venía a Lima, cumplía sus presentaciones musicales, a veces lo acompañábamos de regreso. A principios del año 80 me contó que las dos personas que le cuidaban la casa metieron a otra gente, apoderándose de todo, él no había querido tener problemas, creyó que podía arreglarlo, hasta que de pronto le exigieron que les cediera el uso de la casa por escrito, él les enseñó el contrato de arrendamiento. Le hicieron una segunda propuesta, que lo traspasara. Se negó porque estaba la firma del aval de su padre, de ninguna manera jugaba con su prestigio, ellos estaban haciendo problemas en toda la zona, la posada era usada como escondite. Viajamos juntos para ver que pasaba. Mandaba una mujer mala.

En el Cusco, no conseguíamos la forma de realizar una visita rápida a la posada, por esas casualidades convencí a un pequeño grupo de turistas que nos acompañaran a Lúcuma. Ros rápidamente organizó un visita, con guía y movilidad, no aseguró hospedaje. La casa estaba igualita, con todas sus cosas, limpia, todo seguía como si nada estuviera pasando, pero en verdad cuando estábamos abajo se sentía mucha gente arriba. En el segundo piso, en el cuarto de Ros, se escuchaba movimiento de personas abajo. Percibía que nos miraban, observaban, no lograba ver a nadie, estaba convertido en un lugar de fantasmas de carne y hueso. Cerré la puerta con llave para que pudiera abrir un pequeño lugar secreto donde guardaba su papelería, dinero, pero solo pudo sacar una caja donde tenía su pequeña colección de monedas de oro y de plata. Tocaron la puerta, gritaron para que salga y se fue con ellos al fondo del segundo piso, vi que pasó a la última habitación. Decidí salir lo más rápido posible. No me quedaba allí, me olvidé de mi casaca y despedirme de la mujer mala.

Me parecía vivir aquel cuento de Cortázar en que la casa va siendo tomada hasta que los ocupantes originales ya no tenían un lugar para ellos. Ros me alcanzó en la plaza, vi que dos hombres con poncho cerraron la puerta. Me contó que ellos lo acusaron de haber devenido en gamonal por mi influencia. No tenían permiso para permitirme sacar mis cosas, ellos avisarían, si eso era posible. Me preguntaba qué llevaba en la cajita, le respondía que cosas de Inés. Nos unimos a los turistas, en la tarde de regreso al Cusco, solo para él, le enseñé el contenido. Repitió varias veces que lo querían volver loco, no robaban nada, todo lo dejaban en su sitio y él creyendo que lo robarían, se la pasaba escondiendo lo de valor, al final ya no sabía dónde estaba nada. Se puso contento, ya tenía plata para el bautizo de su ahijado, hizo una fiesta preciosa en Paucartambo, allí lo vi tocar su charango a la Virgen del Carmen. Hizo una pausa para exclamar “¡Eres igualita a mi mamá!”. La gente lo aplaudió.

El comandante Wensjoe escuchaba atentamente, no intervenía, no mostraba sorpresa, especialmente cuando Eduardo le narró nuestro final en Lúcuma, sin ningún tipo de tremendismo, lo que resulta más fuerte escuchar. Le dijo que una persona que no conocíamos se nos presentó en el Hotel de Turistas, en condición de mediador de ellos para pedirnos que regresáramos a Lima porque esta gente ya estaba nerviosa con nosotros, especialmente con Russell. El señor Wensjoe no hizo comentarios, llamó al Cusco, habló con su hijo, nos pasó el teléfono, en el término de la distancia lo trajo a Lima.

Poco antes de retirarnos, le pregunté al señor Wensjoe si ya sabía lo que nos pasó, no lo veía sorprendido. “Ya sabemos que volvieron las guerrillas. Ustedes no son los primeros que se tropiezan con ellos. Será difícil derrotarlos, tienen la experiencia de la vez pasada, demorará, costará, pero estamos preparados. El problema es que La Convención es tierra fértil a la que de-sembocan todos los caminos, eso les permite moverse. No les interesa la casa de mi hijo. Solo han querido dejarles su marca para distraer, no tienen otro objetivo que confundir a la policía. No pueden ustedes salir de Lima ha sido un terrible error conversar con ese mediador, esperemos que no sea importante”, sentenció.

Radicado definitivamente en Lima, el flaco Ros llevó una vida tranquila, cercana a la bohemia. No le interesaba la política, menos el movimiento social. Eduardo le reclamaba, quería que ingresara a su partido, decía que tenían un importante trabajo en música andina. Ros lo miraba, no le prestaba atención, le estaba gustando la música criolla, nos llevó a jaranas en Barrios Altos, Rímac y Dueñas, aquí algunos se quedaron tres días, con Pedro nos salimos en la primera mañana. Era normal que nos convirtiéramos en el blanco de todas las ironías, nos daban con palo, pero mostraban aprecio, se preocupaban porque estuviéramos cómodos. La pasamos bien. Eso se acabó con la muerte de Ros.

Cada día, Russell Wensjoe mejoraba en sus presentaciones musicales, llegó a tener tres coreografías muy elegantes, vistosas. Recuerdo que en una se inspiró en el cuadro La Pascana del pintor Francisco Laso, era impactante verlo. Estaba presentándose mucho, ganaba casi nada, en realidad hacía su mes viajando a provincias a fiestas patronales, aseguraba que no salía de la costa, en verdad no sé cómo lo convencieron para que finalmente volviera a la sierra.

En esta época me dijo que cambió su matrícula de la UNI a una nueva universidad privada que estaba a seis cuadras de mi casa, a la que venía a almorzar cuando se le ocurría. Lo acompañé varias veces, pero no sé en qué tiempo podía estudiar porque sus actuaciones eran de noche y de madrugada, quería progresar en la vida. Persistió en su pasión por las efigies religiosas, me llevó a conocer una imagen de la Virgen María, que te toca con sus dedos la cabeza. En el Rímac se unió a un culto de Cristo y lo he visto con el hábito del Señor de los Milagros para su amanecida en Las Nazarenas, no sé si ha sobrevivido la foto que le hizo Amadeo, quien le decía Tin Tan y él lo llamaba “mi carnal Marcelo”, porque así fueron de entretenidos.



El hospital y la cárcel

"Jesucristo Super Estrella" es apresado.


Detrás del innumerable
muerto que jamás se aleja.

- Miguel Hernández

La agonía de Russell Wensjoe duró poco más de treinta días, inocente encarcelado que es torturado, que tiene por orden judicial que restablecerse en un nosocomio, limpio y bueno, con un personal que le tomó aprecio, pero en su situación de incertidumbre, terrible. Políticamente nadie lo reivindicó, ni nadie ofreció algún tipo de servicio legal de defensa. Su padre contrató abogado, lo representó desde el primer momento.

Eduardo de la Pi­niella y Pedro Sánchez, asumieron su amistad con él, colaboraron en todo para que se pudiera lograr su libertad. En cambio con Amador García, nos quedamos inmovilizados, la detención nos dejó en shock, pero nos resultaba imperdonable que terminara en Ayacucho después del final de Lúcuma. Estábamos molestos, observábamos, acompañábamos, carecíamos de iniciativa.

De pronto, así no más, lo internaron en el hospital. No comprendíamos nada, solo se nos dijo que no era una estratagema legal. No era necesario que nos dijeran que las cosas se complicaban cada segundo. Lo cierto es que no existía cargo, nada estaba en su contra, no lo querían soltar. Un amigo de Pedro, conocedor de estos casos nos explicó que se presentan dos posibilidades cuando se está frente a una situación de tortura, que es: o le tiraron dedo, no se podría descartar a los senderistas, o se fue de boca cuando lo torturaron. Señalaba que las dos posibilidades eran válidas en el caso Wensjoe. Su conclusión fue que una vez libre no podía seguir viviendo en el país, su única ruta posible de vida era marcharse al extranjero.

Eduardo trabajó toda la temática de refugiados chilenos que escaparon de la dictadura del general Pinochet, cruzando la frontera con lo puesto, para salvar la vida. Russell Wensjoe como muchos otros jóvenes limeños, colaboró con la Comisión Episcopal para Refugiados Chilenos, que presidió monseñor Ricardo Durand Flórez. Rápidamente, Eduardo de la Piniella estableció todos los contactos posibles, íbamos y veníamos, de aquí para allá. No se podía usar teléfono. Alemania se presentó en el horizonte. El comandante Wensjoe se opuso a que su hijo tuviera el calificativo de perseguido o refugiado, porque no poseía vínculos con el terrorismo, al que se tenía que derrotar lo antes posible. Eduardo, a través de monseñor Durand logró que una familia chilena, refugiada en Alemania, aceptara tener a Ros en su casa, por tiempo indeterminado, incluso donaban el pasaje.

El caso Wensjoe me obligó a conocer al periodista ayacuchano Luis Morales, nefasto personaje, quien con ayuda de varias personas organizó U­chu­­rac­cay en Lima y persistió en su tarea en Hua­manga, éstos lo pusieron de traductor de los campesinos de la comunidad de Uchuraccay cuando fueron a recoger los cadáveres de los periodistas asesinados. No son los comuneros los que hablan, es Morales el que opina. Un libreto que tuvo tiempo suficiente para aprender.

Ayacucho, enero de 1983. De espaldas, Eduardo de la Pinella (mártir de Uchuraccay), el corresponsal del Diario de Marka Luis Morales, y José Luis Mendívil (mártir de Uchuraccay). Foto: Willy Retto (mártir de Uchuraccay).

Morales fue el corresponsal en esa época de El Diario de Marka, además filtraba información en todas las redacciones. Eduardo, periodista de ese periódico, lo convirtió en su nexo con Russell Wensjoe. Eso no me gustó, no lo conocíamos a este Morales. Un exceso de confianza para un desconocido. Ni Pedro ni Amadeo estaban de acuerdo conmigo, persistíamos en un entram­pamiento bizantino hasta que una tarde Eduardo me puso en su redacción, al teléfono con Morales. Escuché a Morales sin hacer comentarios, según él, el joven Wensjoe quería que vaya a Huamanga. Eso no era verdad.

La conversación tuvo como resultado que Amador García, nuestro querido amigo Amadeo, decidió viajar, no aceptó opinión en contra. Pedro Sánchez lo acompañó. Eduardo quiso sumarse, su partido se lo prohibió. Amadeo era un magnífico narrador, su emotivo encuentro con Russell Wensjoe nos emocionó, vaya soledad en la que dejó al amigo, sobre la tortura, no quise escucharlo, ya era demasiado conocer sus detalles. El chato Amadeo era bravo, había ayudado muchísimo a Russell a relacionarse con las figuras del espectáculo de la época, aprovechando que les tomaba fotos, anotaba y lograba publicar datos de sus vidas que querían que se difundieran o de sus próximas presentaciones, no solamente en Oiga. El caso Wensjoe le trajo problemas con esta gente. El flaco Ros le juró que no tenía nada que ver con los innombrables, como llamábamos a los senderistas después del final de Lúcuma. Amadeo le creyó.

Pedro y Eduardo me presentaron en Ayacucho a Luis Morales. El escenario fue el terreno en proceso de construcción en el que fue baleado Russell Wensjoe. El momento resultó ser el preciso instante en que bajaba del desmonte y después de haber explicado por donde fue arrojado su cuerpo a la calle. El me trató con curiosidad, no le gustó que un chiquillo limeño con pinta de pituco, viniera a Ayacucho a lucirse, refregando en la cara lo que todos ya sabían. Eso se lo dijo a Pedro y Amadeo, porque ellos se quedaron en Hua­manga, no regresaron en el avión que trajo a Lima los restos de Ros.

En el intercambio de palabras que tuve con Morales, no fue ofensivo. En cambio se mostró autosuficiente, para acabar de una vez le dije: “Esa verdad que usted dice poseer, publíquela en su periódico, no la veo publicada”. Nunca lo hizo. Este Morales no se me presentó nunca como un ser confiable, pero, es cierto, que Eduardo y Amadeo confiaron plenamente en él. En cambio, Pedro me escuchaba y prometió no salir de Ayacucho sin Morales.

El señor Wens­joe sobrevivió seis meses a su hijo, prácticamente logró desentrañar el asesinato, señaló presuntos culpables, probó que Russell Wensjoe no tenía vínculos con el terrorismo. Su actitud, firme y digna, obligó al entonces ministro del Interior, general Gagliardi a señalar en el Parlamento su responsabilidad política por el asesinato de un inocente. Lamentablemente, después que falleció el comandante Wensjoe, todo volvió a fojas cero. Y ya cada quien cree lo que quiere creer.

Amador García logró convencer a Russell Wensjoe a que me llamara por teléfono a mi casa, desde el hospital donde estuvo internado. Las conversaciones eran breves, de mutuas recomendaciones de tipo personal, siempre le decía que estaba todo bien, que no había problema si había hablado de más o de menos. En verdad, si te cuelgan de los pies, desnudo y te comienzan a atormentar, hasta el más pintado deja sin trabajo al narrador de cuentos. Por supuesto que le dije que sabía que nada tenía que ver con los innombrables.

El flaco Ros en estas últimas conversaciones siempre lanzaba el mismo mensaje de que no creyera en nadie, que no fuera para allá, que solo podía ir si su viejo me llevaba. “No confíes en nadie o te pasa lo mismo que a mí”, me decía.

Un breve momento de alegría, fue la libertad judicial de Russell Wensjoe. A veces pareciera que Dios da un respiro antes de la tragedia. Pasamos un momento por la casa del papá de Ros, saludo, felicitación, le dijimos que ya estaba todo bien, nos despedimos y de allí enrumbamos al Superba, donde gente del periódico de Eduardo y de Pedro quedó en reunirse para celebrar el triunfo.

Russell Wensjoe, en los últimos meses de su vida andaba bastante metido en el Diario de Marka, colaboraba sin sueldo, estaba dando vueltas por la página cultural. El ambiente en el Superba era festivo, de celebración, varios de los presentes asistieron a sus presentaciones musicales y él los llevó a jaranas criollas. Volvía a Lima el bohemio. Alrededor de la mesa estaba mucha gente parada. El periodista Paco Landa puso dos fuentes grandes de lomo saltado. Paco sabía portarse con la gente. Siempre recordaba a mi amigo bohemio.

Súbito, sin previo aviso, en el Superba llegó el informe de que Sendero Luminoso estaba atacando Ayacucho. Todos volvieron a su periódico, los seguí. La gente vivía la noticia. Era un baldazo de agua fría, de todos los días del año los innombrables tenían que escoger esta noche. En verdad se sabía poco de lo que estaba sucediendo en Huamanga, todas las redacciones de Lima estaban entrelazadas. Hasta que después de un café tras otro, Eduardo quiso salir a caminar. Nadie transitaba en Salaverry en esa noche oscura, nada agradable. Eduardo me dijo que la suerte estaba totalmente echada, en una lista de ocho terroristas muertos que quisieron fugar, figura oficialmente el nombre de Russell Wensjoe. ¿Dios, qué pasó? Un milón de veces, un millón, ¿Dios, qué pasó?

Esa noche era para cantar la estrofa LI de Proverbios y Cantares del poeta Antonio Machado: “Luz del alma, luz divina / faro, antorcha, estrella, sol... / Un hombre a tientas camina; / lleva a la espalda un farol”. Desde este punto de partida en el que estábamos, el señor Wensjoe, como si portara la lámpara de Diógenes, logró, antes de morir, reivindicar el nombre y el honor de su hijo.



La iglesia








La buena nueva del cristianismo
es la restauración del hombre a su dignidad.
-Gregorio de Nisa

En San Juan de Vianey, la iglesia que está en Javier Prado, se realizó la Misa de cuerpo presente de Russell Wensjoe. El ritual es el mismo de las ceremonias religiosas para los estratos medios y altos de la capital, pero además en estricto privado. La tragedia, incomprensible y repudiable, estaba presente, nada la acentuó. Nadie recordó que en la sierra se ubica la montaña del Cristo del flaco Ros, nada señalaba al quenista del Señor de Qoyllority y al cha­ranguista de la Virgen de Paucartambo, nadie cantó: “La vida no vale nada”, ni recordó que para ir al Cristo de la montaña de Ros hay que pasar por Tinta, Piqui­llacta, Anda­huaylillas y hay que visitar el Templo de Wiracocha, el dios primigenio y ancestro del mundo andino. Ros no nos llevó a la Procesión de los Santos, quedamos en ir en su nombre pero no fue posible, Uchu­raccay se atravesó en el camino.

En la Misa de Ros se leyó el Salmo 53: “Oh, Dios, sálvame por tu nombre, sal por mí con tu poder. Oh, Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras. Porque unos insolentes se alzan contra mí, y hombres violentos me persiguen a muerte, sin tener presente a Dios. Pero Dios es mi auxilio. El señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre que es bueno”.

Eduardo llegó en el inicio de la Misa, se acomodó al lado mío, le dije que mirara para atrás. Bien sentados en las últimas bancas, varios efectivos policiales, tanto de civil como uniformados. Eduardo me dijo que lo siguiera, se acercó al papá de Ros y le contó quienes estaban presentes. El señor Wensjoe me preguntó si era verdad, le respondí afirmativamente. No lo pensó, salió de la banca y llegó hasta ponerse frente al altar, conversó con el sacerdote quien suspendió la Misa. Ambos conducidos por Eduardo y seguidos por la gente, llegamos hasta el par de efectivos reticentes a marcharse, los otros se fueron. Estos malcriados aseguraron que estaban trabajando. El papá de Ros los botó, con voz fuerte, de energía, de mando, sin exaltarse, con absoluta dignidad de héroe vivo de guerra.

El sacerdote cerró la puerta de la iglesia y dijo: “Estamos celebrando la cena del Señor para una víctima inocente, no están invitados quienes la perturban”.

Diez meses y veinte días después, de la tragedia de Russell Wensjoe fueron asesinados en Uchuraccay, a seis horas de la capital de Ayacucho, Eduardo de la Piniella, Amador García y Pedro Sánchez, con ellos Jorge Sedano, Jorge Luis Mendívil y Willy Retto. Así fue como el Perú, no cesaba de ensangrentarse con sangre inocente.

Los de Uchuraccay cantaron en vida al poeta Antonio Machado, a través de Joan Manuel Serrat, como todos en aquella época. Nos corresponde recordarlos así: “Caminante son tus huellas / el camino, y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar. / Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante, no hay camino, / sino estelas en la mar.




Cusco 1991



Muchos que pueden soportar la lluvia
no quieren el viento.
-William Shakespeare


Sumándose al terrorismo, la epidemia del cólera terminó ahuyentando al turismo y el Cusco fue seriamente afectado, los mozos de los restaurantes, antes llenos permanecían parados en la puerta buscando comensales, y Foptur invitó a la prensa extranjera acreditada en Lima a un precioso viaje para visitar tierra cusqueña, me tocó sitio por la Agence France Presse. Me quedé hasta la Procesión de los Santos.

Miércoles, víspera del Corpus, se dice que se inicia con la tradicional carrera de las imágenes de San Sebastián y de San Gerónimo para definir quién llega primero al Cusco. En 1991 los llevaron en camión, la imagen de San Sebastián, es enorme, un verdadero montículo, seguramente debe pesar una barbaridad, incluso los cargadores a la hora de alzarlo, requieren de gritos de ayuda, correr varios kilómetros no parece factible, dar la vuelta a la Plaza de Armas ya era bastante o suficiente. Las escaleras del atrio de la catedral, un tormento para ellos.

Estos dos santos se encuentran con las imágenes de San Cristóbal, San Antonio, Santiago, San Blas, San Pedro, pero es San José patrono de la parroquia de Belén, quien posee la mayor jerarquía, visible porque las imágenes de la Virgen María y de Santa Ana, que representan a su esposa y suegra, cumplen el papel andino de que la mujer camina detrás del hombre, pero ingresan primero a casa que es la catedral y San José que llega primero, debe esperar y entrar último, no es cortesía europea, las mujeres atienden a los hombres en el mundo andino, por eso aquí solo en este momento van adelante, para recibirlo.

La salida a la calle de las cuatro imágenes de la Virgen María (Almudena, Belén, Purificación y Remedios) al igual que Santa Ana y Santa Bárbara, genera expectación, se les otorga el trato de señoras, todo es muy medido, excesiva cortesía hacia la feligresía, en cambio, la marcha de las otras efigies, es más ruda, el mayor peso requiere de fuerza, se pueden llevar al público de por medio, especialmente San Sebastián. San Pedro tiene fama de ser santo pobre por sus andas y vestimentas excesivamente sencillas.

El miércoles va con la procesión, la cofradía de Qoyllority, con sus estandartes rodeados de pabluchas que sobre sus espaldas cargan el hielo, protegidos por plástico. No son amigables, hacen sonar sus látigos y cobran para ser fotografiados. En el ritual de ellos, está entrar a la catedral y que los Santos vean la nieve perpetua congelada del Sinakara.

El descongelamiento global ha llevado a la prohibición de la extracción de hielo en la festividad del Qoyllority. ¿Estará llegando a su final? ¿Existirá algún designio en ello?

Las catorce imágenes de los Santos, que en el pasado fueron más, son recibidas en la catedral por la Virgen de la Inmaculada Concepción, que al día siguiente se une a la procesión. Todas las imágenes quedan expuestas al fervor popular, colocadas en fila horizontal al pie del altar.

La catedral queda alumbrada tan solo por las velas prendidas por los creyentes de todos los estratos sociales, tanto urbano como rural. No existe distinción de clases, todos van juntos, sin prejuicio ninguno.

Russell Wensjoe Mantilla.