lunes, 20 de julio de 2015

117. Pedro Beltrán Espantoso, Miriam Krupp de Beltrán y Pedro Beltrán Ballén, los dueños de La Prensa de Lima

 "A pesar de los muchos descalabros sufridos, la libertad ha ganado sus batallas". Erich Fromm.

Don Pedro Beltrán Espantoso celebrando alguna batalla ganada con su su propia producción de pisco de la Hacienda Montalbán.


La Prensa fue un diario único e irrepetible, con el mayor tiraje, circulación, lectoría e influencia de su tiempo. Revolucionó el periodismo peruano a fines de los años cuarenta, convirtiendo el oficio de periodista en un medio digno para ganarse la vida y ejercerlo exclusivamente, con los lineamientos de la democracia, de la libertad de prensa, de conciencia y de expresión. Este periódico ha dejado una estela propia del que carece otro medio, cuyo tiempo terminó asaltado y confiscado por la dictadura izquierdista del general Juan Velasco, el 27 de julio de 1974.

En Nueva York ese mismo 27 de julio don Pedro señaló su protesta por la confiscación ante la prensa extranjera. La agencia France Presse publicó lo siguiente: "El ex Primer Ministro del Perú Pedro Beltrán, declaró aquí hoy que ‘la dictadura peruana ha asestado un dramático golpe a la comunidad’, con la expropiación de los diarios de ese país ‘le ha robado su potencialidad de saber, de discutir y de discrepar. Ha querido vendarle los ojos ¡amordazando la boca... y tapando los oídos!’".

El artífice de La Prensa fue don Pedro Beltrán Espantoso, tótem del liberalismo nacional, sus socios fueron don Miguel Fort Magot, don Ramón Aspíllaga Anderson, don Juan Pardo Althaus, y la familia Gildemaister a través de la Hacienda Casa Grande, representada por la señorita Angélica de Osma Gildemeister, hija del fundador de este periódico.

Los principales colaboradores de don Pedro en La Prensa fueron: su asesor, el Dr. Eudocio Ravines; su abogado y consejero el Dr. Pedro Rosselló Truel; su asistente, la periodista Elsa Arana Freire; su apoderado y tesorero, el Dr. Alfredo Allende; su editor y redactor, el ingeniero Federico La Rosa-Toro Cademartori; su periodista, el Dr. Arturo Salazar Larraín; su editorialista, el Dr. Juan Zegarra Russo; y su secretaria, Úrsula Neuebauer.


El periodismo nacional, encabezado por La Prensa y su vespertino Ultima Hora, vivió una época de oro y clásica, creando una verdadera estabilidad laboral en el gemio periodístico, promoviendo la rivalidad con el decano, El Comercio; y motivó el surgimiento de nuevas publicaciones, influenciando a las estaciones de radio y a los nacientes canales de televisión. Entonces había trabajo, para quien quisiera trabajar y el talentoso se hacía famoso.

Pedro Beltrán Espantoso y su esposa Miriam Kroop de Beltrán en la puerta de su casa, teniendo como telón de fondo la iglesia San Marcelo, en el centro de Lima, esquina Emancipación con Rufino Torrico.


La Prensa ideada por don Pedro Beltrán, tuvo siempre indistintamente como modelo al London Times y al New York Times, cuyas redacciones conocía y visitaba. En ese entusiasmo por conocer de la tecnología de los países líderes del mundo, en sus estadías en Londres gustaba frecuentar las oficinas de Macmillan Publishers, de propiedad de la familia del líder conservador Harold Macmillan, con quien llegó a tratar y tener amigos en común, hecho que le fue extraordinario, porque cuando don Pedro fue Primer Ministro, también lo era Harold Macmillan del Reino Unido.

A fines de los años cincuenta, La Prensa dejó de ser antiaprista, agilizando y modernizando sus informaciones, en especial sus noticias políticas, pero mantuvo su anticomunismo. En la década de los sesenta con la infuencia de la revolución cubana sobre la juventud y la intelectualidad peruana, La Prensa de Beltrán, profundizó su anticomunismo, cerrando las puertas a los artistas e intelectuales señalados de castristas y prosoviéticos.

En esos tiempos, los de las guerrillas del MIR, don Pedro Beltrán aclaró para siempre a su heredero, su sobrino Pedro Beltrán Ballén, quien había conocido y tenía amistad con el propietario del diario brasileño O Globo, de Río de Janeiro, Roberto Marinho, quien le presentó a los intelectuales comunistas que protegía y daba trabajo desde los años treinta.

Don Pedro Beltrán muy envejecido regresó a Lima prácticamente para morir en el Perú.
Foto tomada en el aeropuerto "Jorge Chávez" el 17 de enero de 1979. Un mes después falleció.


Don Pedro Beltrán exclamó con fuerza frente a lo narrado por su sobrino: "Todo comunista tiene por amo a la Unión Soviética", y no había nada más que hablar sobre el tema. Y es que al heredero le gustaba por sobre todo el arte, en especial la música, la pintura, el cine, y el teatro. Gastó mucho dinero, con una clara intención de ser un mecenas a lo largo de su vida, sin importarle la ideología del artista al que apoyaba, que en verdad tal vez fuera un enemigo declarado de su tío o de su familia, simplemente por lo que representaba La Prensa.

Casi todas estas personas que mayoritariamente decían que caminaban a la izquierda, no sabían en verdad quien era Pedro, consideraban que era muy rico, sabían que era pariente de Beltrán y le creían un bohemio más, sorprendía que le gustara estar casi en el anonimato con el que lo trataban. Era bueno para él, ser tan solamente un amigo más. Por amistad financió una película que fracasó, que hasta generó en su estreno un tumulto de protesta que fue la noticia del día, por lo mala que era, el público quiso destruir y hasta quemar uno de los cinemas que la exhibió.


En el teatro a veces le fue excelente, como con Jesus Christ Superstar, teatralizado en el parque El Olivar de San Isidro y en la que participó mi compañera Dalma Mikulicic García y mi amigo Russel Wensjoe Mantilla, pero con otras obras como Hair (Aquarius), le fue más o menos, siempre me dijo que perdió dinero. Ayudó a pintores y escultores, a más de uno lo mandó a estudiar a Nueva York, algunos eran malos y hasta requetemalos, pero anduvo convencido que eran verdaderos artistas y que estaba cumpliendo una de las tareas por las que había nacido, y que tenía que cumplir.
De pie: Arturo Salazar Larraín, Pedro Beltrán Ballén, director de La Prensa, y Pedro Tello. Sentados: el doctor Luis Miro Quesada de la Guerra, director de El Comercio, y Doris Gibson, fundadora de la revista Caretas. 17 de mayo de 1974, Federación de Periodistas del Perú.


Y es que Pedro poseyó en vida una personalidad excepcional, intensa, apasionada, generosa, llena de bondad, permitiendo a que todo se imprimiera con demasiada velocidad, como suele ocurrir con las personas que mueren de pronto, inesperadamente, sin previo anuncio. En él marcó su vida el periodismo, se formó en el diario La Prensa al lado de su tío, don Pedro Beltrán Espantoso, desde que estudiaba la secundaria en el Colegio Santa María, pero nadie recuerda al periodista Beltrán Ballén.

Será seguramente que en La Prensa y en Ultima Hora no lo querían. Eran tiempos en los que no se amaba a los dueños, si es que alguna vez los quisieron. En el matutino y su vespertino, no comprendieron jamás su estilo de vida, señalado de bohemio y relajado. Pedro generaba críticas y rechazo, entre los periodistas. Tenían presente su nombre y no les gustaba la realidad de que ya era el jefe en vida de su tío y lo llamaban por lo bajo: inútil, indolente y usaban lisuras que no respetaban su condición de ser humano.


Todos los murmullos llegaban a sus oídos, sobre todo cuando formaban una avalancha. Siempre existen los soplones. Consideraba que no era verdad lo que se hablaba, y dejaba pasar. No les otorgaba importancia, será porque todo lo que mandaba hacer se realizaba. Algunas veces prohibía por prohibir y cuando veía lo prohibido publicado por la competencia, clamaba al cielo, hacía sentir su voz. Generaba odio, pero no era de clase social, simplemente personal. Expresaba ante el reclamo: "Yo no dije que no lo publiquen, tenían la obligación de mejorarlo".

En el velatorio de Don Pedro Beltrán, en el extremo derecho, el autor de este trabajo. Fernando Barrantes. La familia no quiso recibir el pésame del gobierno revolucionario de las Fuerzas Armadas (segunda fase), que portó el entonces ministro de Economía Javier Silva Ruete. Al lado de Silva Ruete están los periodistas Arturo Salazar Larraín y Federico La Rosa-Toro Cademartorti. 17 de febrero de 1979.

Los periodistas de La Prensa lo llamaban Dom Perignon, por el famoso champagne que acompañaba la cena que traían a la dirección todas las noches del Hotel Bolívar, eran de dos a tres botellas, que él se llevaba a su casa. En esos tiempos la concesión del Bolívar le pertenecía a una de sus empresas y el diario tenía un canje publicitario con el Bolívar. Este apodo lo mortificaba, sentía que "borrachos de taberna" lo insultaban por ser el jefe. Pero quiso que quedara marcado que se "cagaba encima de todos ellos" y por eso le puso de nombre: Perignon a uno de sus hijos.

Una vez su tío, don Pedro, me preguntó qué era lo que escuchaba, le repregunté sobre lo que él escuchaba, e insistió: "¿Tú que sabes?" y así fuimos hablando y yo mismo me preguntaba, sobre lo que hablarían de mí, y daba vueltas en mi mente, porque la norma de ese periódico, impuesta por alguno de sus jefes, era hablar mal de todo el mundo, no le comenté que me decían niño, después me apodaron griego: PIensa: "¿Qué le habrían dicho?". Como se decía antes, el burro cree que va por delante y preferí narrarle tres hechos.

Exclamó: “¡Qué cosa!”, y me repreguntó sobre lo que decían de su sobrino. Me acerqué a su escritorio y le dije: "Nunca hablo mal de mis amigos". Estaba casi paralizado, no tenía más de 9 años. Sabía que nadie quiere a los soplones y que si le señalaba a quienes promovían los comentarios más horribles sobre sus prójimos, en especial sobre las mujeres, mis visitas a La Prensa podrían terminar para siempre. Pero ya no había vuelta atrás, le narré una conversación que había escuchado, cuando concluyó una reunión de redacción, de esas que se conocen como la "Escuelita de Beltrán, o Escuelita de La Prensa".

Finalmente, harto el tío de tanto comentario, porque es la verdad que los mismos que promovían las críticas en contra del sobrino de don Pedro, enumeraban otras situaciones de otros susodichos, de los que también hablaban y todos terminaban hablando por hablar, y siempre hablando mal de su prójimo, y antes que escuchar a una multitud, decidió despedir a dos de los periodistas más importantes del medio, primero a Alfonso Grados Bertorini y un tiempo después a Mario Miglio Manini, top de los top, de su periódico, y no pasó nada.

"Nadie es indispensable, solamente el dueño que pone su plata para pagar la planilla para que La Prensa salga todos los días a la calle", dijo siempre don Pedro Beltrán Espantoso, cuando sacaba a alguien de su reino creado en torno a La Prensa. Pero a quienes expulsaba nunca más les permitió a que se le volvieran a acercar. En su última visita a Lima, don Pedro estuvo internado en la Clínica Americana y como entreteniéndose hizo una lista de los que estaban prohibidos de entrar a su habitación, la encabezaban Grados y Miglio, entre otros.


Grados, quien era muy respetado por la redacción en pleno, no toleraba ser opacado por Elsa Arana frente a don Pedro, y detestaba a Beltrán Ballén de unos 20 años de edad, quien le exigía explicaciones y le daba órdenes. No renunció, fue despedido. En eso yo estaba viendo un programa político de televisión y recuerdo que lo felicitaron porque se iba a trabajar a Nueva York al BID. Pensé que los malos caen de pie. Miglio en cambio tenía celos terribles al Dr. Ravínes, odiaba a Elsa Arana pero más a Pedro, a quien señalaba de retrasado mental, perduró un tiempo más. Pensé que los más malos, terminan ganando.

El presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, en su despacho con don Pedro Beltrán, primer ministro del Perú, y el embajador del Perú en Estados Unidos, Fernando Berckemayer.


(Pasaron los años, me encontré con ellos por separado, Alfonso Grados fue ministro de Trabajo durante el segundo gobierno del Presidente Belaunde y embajador en Argentina en el primer gobierno del Presidente García, ni sabía quien era, ni se enteró. En cambio don Mario Miglio fue a Expreso, presidió su directorio. Cuando trabajé en la Agence France Presse, lo atendí en 1984, unos cuatro años después regresó, volví a atenderlo, me dijo que Pocho Delboy le había hablado muy bien de mi, estaba de acuerdo con él que de niño era muy inteligente, me ofreció trabajo en Expreso, le agradecí, pero que estaba bien donde estaba.)

Pero en verdad, el brazo derecho de don Pedro en su diario y en su vespertino, era el prodigioso doctor Alfredo Allende Kuillfver, el apoderado y secretario tesorero del directorio de La Prensa y de Última Hora, que se decía había sido traído al periódico por el ingeniero Federico la Rosa para que se cachueleara en diagramación, cuando era un joven estudiante universitario. De eso se hablaba despectivamente, Allende no era muy querido, me parece que le tenían algunos prójimos, demasiados celos, era el único que entraba a la dirección para hablar con el dueño, sin previo aviso.

El doctor Allende caminaba de frente como si nadie estuviera a su altura, elegantemente vestido y absolutamente comprometido con sus pensamientos. A momentos andaba tan abstraído que si alguien lo saludaba, es posible que no supiera quien era. Más de una vez escuché decir: ¿Quién eres? y como era el hombre más sencillo que pudiera existir, más de uno podría considerarlo un lunático, porque insistía que no sabía a quién tenía al frente y de pronto como si una luz iluminara su rostro, exclamaba: "Hola como te va, no te vi".

Su virtud era la de ser un estudioso del periodismo y en especial de La Prensa, todo lo sabía, hasta cada letra que se publicaba, por eso nada le era extraño y ello le permitió conocer todos los secretos para que gane plata el dueño sacando a La Prensa y a Ultima Hora a la calle, todos los días. Es de esta forma que las planillas se pagaban siempre a tiempo, el diario estaba lleno de publicidad, nadie se atrevía a hacerle juicio o demandarlo y si alguien lo hacía, preparaba sus alegatos con una pasión desmedida. Su jefe lo llamaba: "Perry Mason".


En cambio a Federico La Rosa, un hombre excesivamente bueno y noble, algo bastante raro en el periodismo, se le tenía miedo, no era accesible, ni mostraba buen carácter en público. Redactaba la nota más pequeña o el sabanón más importante que se necesitaba publicar. Alfredo y Federico, poseían el mayor aprecio por Pedro Beltrán Ballén, a quien llamaban Perico, le decían que lo conocían desde que estuvo en la barriga de su mamá, Pedro los quería entrañablemente, pero a veces se molestaba, ellos no le hacían caso, y le decían: "Ya Perico, cuando se te pase, me mandas llamar".


Pedro Beltrán Ballén

Cuando todo era paz entre Perico, Federico y Alfredo, los tres almorzaban en la "Buena Muerte" de Barrios Altos, y se comían un enorme pescado asado cubierto con col, acelga, cebolla, tomate, zanahoria, choclo, arvejitas, perejil y ajos, acompañado de una guarnición de papas sancochadas, camote sancochado, yuca sancochada, y arroz, además de salsa criolla y ají amarillo molido. Una maravilla. Mientras, el Dr. Allende ofrecía una cátedra sobre periodismo, que escuchábamos todos, boquiabiertos, nadie agregaba nada. No se si habríamos entendido, eso no era importante.

Previamente servían un ceviche de corvina y la conversación giraba sobre los hechos saltantes del día en la política nacional, señalados por Federico La Rosa - Toro Cademartori. Lo escuchaban con interés, le repreguntaban, todo sabía. El Dr. Allende decidía los trabajos que debían ser realizados en la redacción y quienes debían hacerlos. Al final Pedro les decía: "Ya saben que hacer y no me estén fastidiando". Les exigía que ellos tomaran sus decisiones, él estaba en otros pensamientos para crear nuevos negocios que el Dr. Allende los constituiría en empresas y ellos serían sus accionistas.


(Ya no existe el restaurante La Buena Muerte, que estaba en una esquina de Barrios Altos, frente a la Iglesia Buena Muerte, de los Camilos, y no hace mucho, quise volver, pero al pasado ya no se puede llegar, y terminé en un segundo piso, que no tenía nada que ver y claro que me llegaba el recuerdo de Federico, y quienes me escucharon les conté como me enseñó a cruzar la avenida Abancay, cuando yo tendría unos nueve o diez años y la cruzamos tantas veces, junto con Pedro. No es posible aceptar tantos años después de su muerte, que el falleciera allí, atropellado.)

Restaurante de La Buena Muerte, Barrios Altos.

El Club Nacional era el lugar elegido cuando Pedro se molestaba con todos, razones que él solamente conocía y para alcanzar la paz, él siempre los llamaba. Pedro hablaba todo lo que le daba la gana y les decía: "Ya saben lo que tienen que hacer". En cambio, cuando se tenía que tomar decisiones importantes, Federico lo llevaba a Pedro a caminar por el jirón de la Unión y ya el Dr. Allende los esperaba en el Haiti o en el Donofrio, no se hablaba nada de importante hasta que el sobrino del dueño, les expresaba sí o no sobre los pedidos realizados previamente.

(Tampoco existe ya el Haiti de la Plaza Pizarro y el D`Onofrio del Pasaje Olaya, como que Lima, no le interesa guardar sus buenas tradiciones.)


El Dr. Allende de inmediato por teléfono, por telegrama o por el hilo interno de una agencia de noticias norteamericana que era cliente de La Prensa, llamaba a su jefe don Pedro Beltrán, cuando estaba en Nueva York, donde residía. Y si estaba en Lima, despachaba con él en privado, para la aprobación final. Nadie vivía como vivió en cuerpo y alma al diario La Prensa, tan igual como el doctor Allende, lo era todo en su vida. Pedro se apoyó en ello y el diario nunca tuvo problemas trascendentes, pero la gente "r con r", no lo quería, ni a él, ni al doctor Allende.

Russell Wensjoe Mantilla fue un artista patrocinado por Pedro Beltrán Ballén., sea como actor, músico y finalmente como cantante. Asesinado el 2 de marzo de 1982 en el Hospital Regional de Ayacucho, inmediatamente a la toma terrorista de la ciudad de Huamanga. Beltrán Ballén muy conmovido después del entierro de su amigo ofreció una bolsa de 6 cifras en dólares para quien señalara los nombres de los autores del crimen. No se tardo mucho en saber quiénes eran los asesinos y se publicaron los nombres, encabezados por un general, oficiales y personal subalterno dela Guardia Republicana que trabajban en Huamanga, Ayacucho. Amigo como Pedro Beltrán Ballén es muy difícil encontrar en esta vida. El entonces ministro del Interior pidió perdón en el Congreso de la República y consideró a Wensjoe una víctima inocente.

Vueltas que da la vida, años después, cuando cubrió como un manto negro la ruina sobre La Prensa y Ultima Hora, todos miraron a Pedro, aparentemente desligado de la empresa, para que los salvara de la quiebra. No es posible precisar si en verdad aceptó o no aceptó poner el millón de dólares que prometió en el Sheraton, la noche del velorio de Federico la Rosa - Toro, situación que repitió Pedro con su mismo ofrecimiento al día siguiente, después del entierro, promesa que no se cumplió.

Así es la vida periodística y así fue la de mi amigo, a quien conocí de siempre, de cuando mi abuelos Miguel y Rosita, llevaban a toda la familia, a ver pasar a la Procesión del Señor de los Milagros, por el jirón de la Unión, en uno de los balcones de la sede La Prensa. Y antes que pasará la procesión como si yo fuera la pelota, jugaban pelota conmigo, los hijos de los accionistas del periódico. Una mañana, dos veces, me caí, porque Guillermo Thorndike, quien después fue uno de los importantes periodistas, no me pudo sostener. Nunca nadie volvió a jugar pelota conmigo en esta vida.

Mi amigo Pedro, el mejor que pueda tener alguien que sabe que tiene un amigo para siempre, hizo en vida todo lo que le gustaba, entre ello ver felices a quienes sentía que lo querían, en cambio en lo personal no se percató nunca que su huella podía quedar impresa con facilidad y ser dada a conocer a la opinión pública, pero nadie se atrevió a difundirlas y es cierto que primó en él su absoluto desinterés en la figuración social. Pero también es verdad que tenía quienes lo cuidaban, como fueron Alfredo y Federico.

Pedro tuvo de apodo de: "Perico" en su familia; en La Prensa y en Ultima Hora le decían "Pedrito"; sus amigos, simplemente lo llamábamos por su nombre: "Pedro"; en cambio en los dos periódicos, llamaban a su tío "don Pedro", quien tuvo de apodo "Pirulo". En su vida existían tres personas por sobre todo, su madre, su tío Pedro y su tía Miriam, de quien vivía pendiente generando los celos de su mamá, quien no los ocultaba. Después el centro de su vida fue su hogar con Carla, en el que nacieron sus tres hijos, a quienes adoró.

En 1979, don Pedro Beltrán Espantoso, a quien llamaba de cariño "tío", en su última estadía en Lima, que culminó en la Clínica Americana, aunque se trajo un avión-hospital, para llevarlo a Nueva York, me contó que se despertó en la madrugada, porque una de sus queridas que lo acompañaba en esos días, roncaba a mandíbula suelta, pero que su Pedrito, estaba sentado frente a él, y por eso tenía la plena seguridad de que nunca le hizo falta un hijo. Tenía a su sobrino a su lado y estaba muy agradecido a Dios. Además, dijo que salvó la fortuna familiar del velasquismo, y que la multiplicó.

El novelista y periodista, Jaime Bayly Letts en su libro "Los últimos días de La Prensa", que fue apoyado por tu tío Roberto Letts Colmenares y que es presentado como un libro testimonial, aunque todos los nombres están cambiados. En las licencias que otorga la ficción, se permite el autor en verdad todo tipo de licencias. El verdadero dueño de La Prensa, no se murió de pena porque le confiscaron su periódico, según expone el autor. En cambio la confiscación le permitió recorrer una serie de universidades, instituciones y fundaciones en Estados Unidos y Europa, recibiendo doctorados y homenajes por su lucha por la libertad de prensa, en tanto que a nombre de su esposa realizaba donaciones.


Tampoco es verdad lo señalado por el novelista Bayly que la esposa del dueño de La Prensa fuera loca, si es verdad que en vida fue ciudadana de los Estados Unidos, entonces es normal que se la llamara gringa, pero no en La Prensa, no se atrevió nadie. El matrimonio de don Pedro y de Miriam, no tuvo descendencia. Por lo tanto, no fue posible que desheredara a un hijo, porque no existió, como afirmó Bayly. Los escritores tienen el derecho de la libertad de creación, en tanto novela no depende de reflejar verdad, como es el caso la novela "Los últimos días de La Prensa".


PARTE I

Pedro Beltrán Ballén, fue uno de los exponentes más conocidos de su generación, por su apellido, su dinero, sus empresas y de la vida bohemia que desarrolló abiertamente. Perteneció a la élite que concluyó un tiempo histórico en el Perú, liquidada por el velasquismo, y que se había iniciado con la reconstrucción nacional del desastre que nos significó la guerra con Chile de 1879 - 1883, con la formación de una élite gobernante que no supo que hacer para educar y culturizar al país, y que careció de criterios claros para sentar la industrialización nacional.

En los años sesenta y setenta del siglo XX, a esta etapa se la llamó la "República Aristocrática", en los términos de una discutible interpretación de la historia de la antigua Grecia, en el sentido que solamente los dueños de la tierra tienen el poder, como una casta, que les permitía constituirse en una aristocracia. En ambas décadas no estuvo en discusión, era un dogma. Pero todavía, hay quienes siguen denominando a este tiempo, unos ochenta años, de nuestra historia, la República Aristocrática, que va del final de la guerra con Chile al velasquismo.

En el mismo tiempo, curiosamente Perico, fue una de las personalidades de su época, que terminó finalmente con el velasquismo. Él le puso dinero, empeño y pasión para acabar con el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas que encabezó el general Juan Velasco Alvarado del 3 de octubre de 1968 al 29 de agosto de 1975. Y lo logró, y a pesar de que el general Velasco acabó con el poder de los terratenientes para siempre, y también con su símbolo, como si nunca hubiera existido, la Sociedad Nacional Agraria (SNA), liderada por su tío Pedro desde los años 20.

Sin embargo, por esas contradicciones que siempre existen, Pedro Beltrán Ballén junto con su socio Roberto Letts Colmenares, fueron parte de la nueva clase económica que surgió del velasquismo, salvando Pedro la enorme fortuna familiar y, su socio y apoderado falleció hace unos pocos años, dejando una de las más enormes fortunas amasadas por un peruano por su esfuerzo y su trabajo. El general Juan Velasco, el 24 de junio de 1969, impuso por Decreto Ley la Reforma Agraria, que acabó con el poder económico y político de los dueños de las haciendas.

El objetivo era elevar el consumo e industrializar al Perú, en base a un calco, con nada de pensamiento, del modelo socialista de Yugoeslavia. Todos quienes hemos vivido el velasquismo, tenemos en la memoria el día a día de este fracaso político en el gobierno, cuyo único norte era seguir profundizando la revolución, sin ningún tipo de estudio técnico, con un exagerado voluntarismo que cantaban los cadetes de las Fuerzas Armadas, a la par del Himno Nacional: "Con Velasco el Perú..." y con frases de discursos del propio general que se repetían como verdad universal.

Propalaban las radios y las televisoras: "Pensamiento revolucionario, el general Velasco ha dicho....". En esa época el país vivió con un lema: "Campesino, el patrón no volverá a comer de tu pobreza". Se puso como límite de extensión de la propiedad agraria a 150 hectáreas, siempre y cuando el propietario probara que las trabajaba. El nuevo modelo de propiedad pasó por alto a las comunidades campesinas, que no le interesaron al velasquismo, no fueron obligadas a convertirse en cooperativas, ni a modernizarse, ni se tuvo criterio alguno para ellas.

Al Perú profundo, se le dejó en la miseria que siempre tuvo, como descendientes de los indios que fueron conquistados por los españoles. El velasquismo no les aportó nada. La reforma agraria se aplicaba en todo el país, sin ningún tipo de descanso y don Pedro Beltrán Espantoso, el ideólogo de cómo lograr la modernización del mundo agrario se convirtió en el único verdadero enemigo de la agricultura nacional. El planteaba "una revolución verde" que alcanzara los mayores márgenes de la productividad de la tierra y no cambiarle de dueño a la tierra, por cambiarle.

El marxismo peruano creyó que la reforma agraria, convertía a las comunidades campesinas en la fuerza humana de la revolución, es decir, la carne de cañón para iniciar la guerra de guerrillas que generara la revolución y se convirtiera en el soporte y apoyo de los focos guerrilleros o sus columnas. Idealizaron la forma de vida de las comunidades y mandaron a sus jóvenes militantes urbanos a la sierra para llenarse de las costumbres ancestrales del mundo andino, herederos de lo antiguo y así tenían que convertirse en los forjadores de lo nuevo.

Se requería por parte de los partidos marxistas, que vivieran los jóvenes militantes, lo más cerca posible al campesinado andino, que estaba enclaustrado en su propio mundo durante milenios, ya que en cualquier momento, ellos serían los guerrilleros y ese campesinado tenía que estar junto a ellos. La izquierda nunca comprendió y parece que nunca comprenderá al mundo andino, por la absoluta tendencia que posee a la autarquía y su vida que va de sol a sol, cultivando la tierra, sin descanso posible.

Las variantes o estrategia para desarrollar la revolución y de sus diferentes tácticas, dependía de cada pequeña capilla marxista. El 24 de junio de 1969, el día en que las tropas militares tomaron las grandes haciendas azucareras de la costa norte, para que el campesinado se constituyera en propietarios de la tierra formando cooperativas, Pedro Beltrán Ballén quedó al frente de La Prensa, por una decisión de su familia, ya que su tío Pedro decidió estar el mayor tiempo en Estados Unidos, en su enorme departamento en Nueva York.

Don Pedro no quería que el velasquismo lo apresara, estaba convencido que en el supuesto caso que ocurriera, sería solamente por odio a lo que él representaba: la libertad de expresión. Y por ello se hiciera escarnio de él, de su trayectoria, de su nombre y de su periódico. Tenía ya más de setenta años y estaba harto de que se hablara de él, a como se quisiera hablar. Se sentía insultado, sin que lo conocieran o por lo menos quisieran escucharlo. De todo ello, lo que más lo mortificaba era que fuera tratado como un hombre rico, insensible y despiadado.

El aseguraba que para descubrir el fracaso de la administración de la hacienda pública, bastaba hablar con las amas de casa. Ellas sabían que cuando iban al mercado y el dinero no les alcanzaba, ya se podía saber que el gobierno había fracasado. Y cuando se veía la protesta callejera y el tumulto popular, ya no había vuelta atrás en el fracaso. Recuerdo que lo puse en práctica, cuando hice reporterismo de noticias para la página Locales de El Observador en mayo de 1982. Alguna vez Elsa Arana me dijo que el Presidente Belaunde me prefería cubriendo sus actividades diarias, que en los mercados y entre huelguistas.

El velasquismo, tuvo un férreo control de precios, que lo financió hasta donde pudo, logrando una enorme popularidad de parte de la población, pero dejó al país en quiebra, por una enorme y descontrolada emisión de billetes, que don Pedro Beltrán bautizó, muchos años antes como "La Maquinita". La revolución velasquista, fracasó y generó un tiempo en nuestro país, que se puede verdaderamente llamar "la década perdida". Los años finales de los años setenta fueron anárquicos en los que se generó el terrorismo de Sendero Luminoso.


Los 24 de junio pasaron a llamarse a partir de 1969: "El Día del Campesino". Hoy es una conmemoración que ya no se recuerda y que ya no interesa a nadie. Durante el gobierno militar, el del general Velasco y de su sucesor el general Morales Bermúdez, se celebró como una fiesta cívico-patriótica con discursos, desfiles, movilizaciones de masas, y fiestas en todo el mundo agrario. De regreso de la celebración en una comunidad campesina de Andahuaylas, en 1978, falleció mi esposa Dalmacia "Inés" Miculicic García de Barrantes. La camioneta que la transportaba, cayó al río Apurímac.


La familia Beltrán

Una de las familias más poderosas y ricas en el Perú en los años cincuenta y sesenta, fueron los Beltrán quienes consolidaron su prestigio político y social, tenían como su jefe a don Pedro Beltrán Espantoso, hombre dogmático, pero tolerante, de corte conservador aunque muy curioso frente a todo lo nuevo, muy poco risueño que gustaba reír. Su estilo era el de un liberal y a la vez se mostró como un católico conservador. Se le veía pausado y calmado, respetuoso al hablar, sin embargo, gustaba hablar sin parar, conservando su tiempo mientras medía el nivel de su interlocutor.

De frente mostraba su inteligencia superior que contrastaba diametralmente cuando remarcaba detalles y hasta minucias de su vida política. En su tiempo don Pedro, fue el único peruano que se formó de economista en Londres que lo convertía en forma natural en un hombre excesivamente elitista. Sin embargo, creía en el ascenso social, otorgando su apoyo a quien consideraba que lo merecía, algunas veces lo integraba a su entorno. Y vaya que poseía un absoluto dominio de escena, con la virtud de saber escuchar y no aceptar contradicción a sus decisiones.

Don Pedro Beltrán era el director y principal accionista de La Prensa, y estaba señalado de ser el hombre que revolucionó el periodismo en el Perú a partir de 1948, convirtiendo el periodismo en un muy digno oficio para ganarse la vida en el Perú. Los editorialistas de La Prensa de Beltrán, alcanzaron reconocimiento nacional y se hicieron famosos. Los periodistas, que salían a buscar las noticias, que las redactaban y todo el páis que leía periodicos, los leía, se hicieron conocidos, famosos y hasta admirados en el gremio periodístico, pero no fueron más allá de las fronteras gremialistas.

Este periódico era el sinónimo de la persona de don Pedro, quien lo convirtió en el diario de mayor circulación nacional y con el mayor avisaje publicitario. El sabía que además era el tótem del liberalismo en nuestro país, y por eso le gustaba conocer todas las ideas que le fueron opuestas a su ideología y eso le llevó a saber y a conocer más del marxismo y del socialismo que sus mismos profetas peruanos. Propició el exitoso sistema de ahorro mutual y su actividad en la construcción de inmuebles, y curiosamente fundamentó la primera reforma agraria, absolutamente técnica.

Su principal receta económica para el Estado Peruano puede resumirse así: El costo de vida de la población sube en proporción o relación a la excesiva impresión inorgánica de billetes o sin respaldo de las reservas del Estado para afrontar la construcción de obras innecesarias o faraónicas para la propia gloria del gobernante y en subsidiar los alimentos y los combustibles, para contentar por un breve tiempo a la población, por eso se realizan innecesarios endeudamientos para respaldar la emisión monetaria. A eso llamó: El uso de "La Maquinita" para la impresión de billete.

Beltrán, el economista, consideraba que el gasto estatal no debe ser mayor a lo que tiene el propio Estado para gastar, que debe estar ceñido a su propia realidad de gasto o no tendrá otro camino que utilizar la "maquinita" y entonces se llega un momento en que la impresión inorgánica de papel moneda se vuelve incontrolable que genera el déficit público y la imposibilidad de pagar la deuda externa e interna, en el mismo tiempo que genera una situación de crisis económica que lleva a la quiebra fiscal del Estado, acompañada de una incontrolable alza continua de precios: "La Inflación".

Entonces, expresaba, una y otra vez para quienes lo quisieran escuchar, que no se debe gastar más de lo que tiene, que no se debe endeudar hasta ya no poder pagar y por nada emplear "La Maquinita". Y en casos de llegar a la quiebra hay que reducir los gastos es decir "ajustarse el cinturón", todo lo demás es secundario. Eso hizo don Pedro, cuando fue Ministro de Hacienda que al culminar sus funciones, dejó por única vez un año de superávit en el manejo de las finanzas, la estabilidad de los precios y del cambio del dólar en el Perú.

El Perú se había acostumbrado a la estabilidad lograda por Beltrán entre 1959 y 1961, duró poco y acabó con la devaluación de 1967, en el primer gobierno de Belaunde, que trajo una sensación de disgusto nacional en contra del gobierno, de su absoluta incapacidad para lograr el equilibrio fiscal y abrió las puertas para un golpe militar que trajera la quiebra de la democracia, pero nunca se creyó que los militares irían a la izquierda, en verdad formaron el único gobierno revolucionario que ha tenido el Perú.

Una vez le dije que esta idea que él convertía en frase de razonamiento deductivo, era muy larga, en la que usaba también al ama de casa, tenía que convertirla en una frase corta, para que fuera como uno, dos, por tanto tres y que veía el concepto, comparable (salvando las distancias) a lo que enseñaba el hermano Mark Ross, el marianista más humilde del colegio Santa María, en el que estudié, quien remarcaba en clase que: "Cristo es Dios, la santísima Virgen María es su Madre y por tanto la santísima Virgen María es la Madre de Dios, todo lo demás confunde".

Y él me dijo: "Fernandito, ese es un hombre santo, eres demasiado bueno en compararme con él, yo solamente quiero que el país salga en este atolladero en el que estamos y saldremos si el incapaz (general Juan Velasco), deja de seguir mostrándose como el peor incapaz que hemos tenido, que no lo es, y si aprende a utilizar bien el crédito, no gastando más de lo que se tiene, en obras improductivas y faraónicas y deja de seguir robando la propiedad ajena como un falso Robin Hood, así saldríamos del atolladero que está creando y que nos va a llevar a la peor crisis que hemos tenido jamás".

Don Pedro Beltrán en el verano de 1972, su penúltima visita a Lima, se mostró apocalíptico y tuvo razón. En su condición de liberal detestaba todo tipo de control y en su condición de católico conservador, gustaba rezar de rodillas frente al Sagrario. Su casa poseía una preciosa capilla colonial. Sus paredes entre verde y celeste, me llevaba a que me atrajera una enorme Virgen de la Concepción, de un metro y medio de altura. Tallada en madera, de rostro muy lindo y hasta expresivo, de manos que se podían mover y hasta se podían sacar y volverlas a poner.

Bueno, no lo sabía, hasta que me quedé con una de sus manitos, en mi propia mano, y solamente atiné a dejarla a un costado. Me quedé mudo y atontado, y me salí del recinto religioso, hasta que el mayordomo principal, un hombre bastante viejo, me encontró para preguntarme de la razón por la que había dejado la manito de la Virgen a un costado y me enseñó a ponerla. Su patrón, jugaba de niño con las manos de la Virgen de la Concepción y las dejaba por cualquier lado de la casa. Me dijo que no era bueno dejar a la Virgen sin sus manitas, no estaba bien eso.

La imagen era de unos 200 años antes de la declaración del dogma de la Inmaculada. La serpiente que tenía en su base era de dientes puntiagudos, de marfil. A Perico, le gustaban dos cuadros atribuidos a Zurbarán, pero eran bastante oscuros. En cambio un Cristo en su cruz y sin autor, era atrayente para observarlo. El sagrario de oro, muy sencillo. El matrimonio de don Pedro, con la dama norteamericana, Miriam Kroops, era muy católico, ella mujer inteligente e instruida, elegante y vistosa, siempre se les vio unidos, él la miraba con cariño y a veces con admiración.

Hombre a la antigua, don Pedro tuvo queridas, mujeres fuera del matrimonio. Por lo menos a dos de ellas, no olvidó en sus dos últimas visitas a Lima. Su sobrino Pedro, quien realmente lo adoraba, las tuvo en la planilla de alguna de sus empresas, hasta que las jubiló. Lo acompañé en 1972 y en 1978, a visitarlas, cuando su tío visitó Lima, vi que les entregó en la mano, un sobre carta acompañado por un sobre manila, que estaba lleno de dinero. Cuando falleció el amante, a cada una le dejó un legado, que Perico les entregó en su oficina en el Hotel Sheraton.

A una de ellas, pude tratarla en la visita final de don Pedro a Lima, una mujer de ojos azules, blanca y de pelo teñido de amarillo patito, que tal vez alguna vez lo fue, era muy amanerada, detallosa en todo, gesticulaba y movía los labios extendidos y cerrados de extremo a extremo. Ella esperaba en la puerta de su edificio, acababa de llamarla: "mi Pedrito de mi vida, de mi corazón y todo de mi amor" dijo, para anunciar que estaba feliz, la había invitado a almorzar al Sheraton, que no conocía, nunca lo había pisado, ese hotel donde antes estuvo una cárcel. De pronto sentenció: "Traerá sufrimientos y enfermedades". Ave de mal agüero, dijo el sobrino de Beltrán.

Don Pedro la aguardaba en la puerta, con los ojos que se le iluminaron cuando la vio. Ella se quedó todo el tiempo que estuvo hospedado en el Sheraton y lo acompañó cuando fue internado en la Clínica Americana, por un principio de infarto, que anunció que la muerte le era próxima. En eso, una mañana, Perico me pidió que llevara a esta dama al D´Onofrio de Dasso para que comiera lo que quisiera, antes de despacharla en el primer taxi a su casa. Ella comprendió que tenía que irse de inmediato, y es que había traído a la otra señora para que se quedara con su tío, en su reemplazo, pensó la dama. No la esposa estaba ya por llegar.

No parece haber sido un drama en la vida de don Pedro Beltrán, la falta de descendencia, desde que nacieron siempre tuvo cerca a sus tres sobrinos, Felipe Thorndike Beltrán, hijo de su hermana, la señora Augusta Beltrán de Thorndike, quien era bastante mayor que sus dos primos Felipe y Pedro Beltrán Ballén, hijos de don Felipe Beltrán Espantoso y de su esposa, la señora María Ballén Ayulo de Beltrán, quien desplegaba siempre mucha bondad y alegría, de ojos preciosos y amplia sonrisa, sus rápidas decisiones le permitían imponer su criterio en su familia, incluso sobre su cuñado.

Pedro era la estrella de la familia, tenía el carácter parecido al de su madre y con absoluta libertad hacía lo que quería. Convertía cualquier momento, de inmediato en una fiesta que desbordaba de alegría generalizada. Su tío Pedro, lo obligaba a conversar, a pensar, a reflexionar y se llenaba de orgullo de su inteligencia. Jamás le llamaba la atención, ni lo recriminaba, nunca lo puso en vereda y le permitió todo lo que llamaba bohemia o excentricidades, porque consideraba que cumplía en exceso sus obligaciones con la familia. En cambio con sus otros dos sobrinos era exigente.

Pedro hizo todo lo que le pidió su mamá, su tío Pedro y su tía Miriam, entonces no tenía crítica de ellos. Existió con su padre, una buena relación, a pesar que en la práctica lo regaló a su hermano Pedro. Sabía que su papá consideraba a Felipe, su hermano, demasiado tranquilo y que le quitó a patadas toda posible vocación sacerdotal, mientras que a él lo toleraba, ante la creencia que los tiempos cambiaron y la juventud ansiaba divertirse. Don Felipe Beltrán Espantoso ante el hecho que sus dos hijos le dieran nietos, le generaba una felicidad que le permitía agradecer todos los días a la vida.

Pedro Beltrán Espantoso

El símbolo de don Pedro Beltrán Espantoso fue una extraordinaria casona virreinal con balcón republicano de lado a lado, ubicada exactamente frente al atrio y a la pared lateral de la Iglesia San Marcelo, situada en la esquina de Emancipación con Rufino Torrico, que alguna vez perteneció a la madre de su abuela materna, la señora Estanislada Rubio de Velasco y Rivero de Bergmann, nacida en Buenos Aires, hija de un funcionario español y de una dama perteneciente a antiguas familias del Río de la Plata.

Su bisabuela, se casó en su tierra con el marino alemán, teniente de fragata, Federico Bergmann, quien llegó a Lima con la expedición libertadora del generalísimo don José de San Martín, y que después que participó en la Independencia del Perú, e integrarse al comercio de Lima, trajo a su esposa. La familia Bergmann, logró adquirir su propio solar o casa, que los convirtió en propietarios en Lima, ciudad que no podía expandirse porque estaba amurallada. Pertenecieron a la más alta sociedad limeña, por el origen español y colonial de la señora Rubio de Bergmann, antes de la era del guano.

Don Pedro Beltrán.

La fuente de la riqueza de esta familia fue el comercio que realizó a través de la Casa Bergmann y Templeman, importadora de mercadería europea, que llegó a tener sus propios barcos para traerla a Lima desde el sur, del puerto de Valparaíso, Chile, y cuyo recorrido marítimo también se enrumbaba al norte: Guayaquil, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Veracruz hasta California, transportando mercadería que no se vendía en Lima y logrando la realización de grandes negocios en la era de la fiebre del oro en California.

Don Pedro contaba que la empresa de su bisabuelo alemán y de sus tíos abuelos competían con las más importantes casas comerciales inglesas y francesas, pero decayó con la muerte de don Federico Bergmann. Sentenciaba don Pedro, que los derrumbes comerciales son inevitables, cuando la competencia surge en el propio seno familiar como le ocurrió a sus antepasados alemanes. Sucedió por desencuentros económicos entre los hermanos Bergmann Rubio, que se agravaron por el hecho de que dos de los funcionarios de la empresa, ingresaron por matrimonio a la familia.

Los dos cuñados, se independizaron de la Casa Bergmann, llevándose la fortuna de sus esposas, uno de ellos fue el francés Augusto Dreyfus Marx, quien se convirtió rápidamente en un mítico banquero, el más importante que haya surgido en el Perú, después de casarse con Sofía Bergmann y Rubio; y el otro fue su abuelo, el ecuatoriano Miceno Espantoso Oramas, quien desposó con Augusta Bergmann y Rubio, quienes después se separaron, el marido se fue a vivir a Guayaquil, mientras la esposa quedó en la casa de su madre.

Cuando murió Sofía Bergmann y Rubio de Dreyfus, sin descendencia en París, su madre hizo un rápido acuerdo con el viudo de su hija. Ella solamente quería Misas perpetuas, un mausoleo y un asilo, que perpetuara el nombre de la hija. Todo lo cumplió el banquero Dreyfus, pero el asilo, no funcionó nunca y es el actual Politécnico Pardo de la avenida Grau, en cambio, el mausoleo de Sofía Bergmann y Rubio de Dreyfus, es el de mayor monumentalidad del cementerio Presbítero Maestro de Lima.

Dr. Manuel Prado Ugarteche, presidente del Perú (1939-1945 y 1956-1962).
En su primer gobierno don Pedro Beltrán fue embajador del Perú en los Estados Unidos y en su segundo gobierno fue primer ministro y ministro de Hacienda (Economía). Su gestión dejó superhábit.

Dreyfus, enviudó en 1870, ya estaba señalado como uno de los hombres más ricos de Europa. Pero, su suegra presionada por sus hijos, rompió el acuerdo con su yerno, reclamándole judicialmente durante años, la mitad de su fortuna, sin ningún éxito, en condición de heredera de su hija Sofía. A diferencia de toda su parentela política, don Miceno Espantoso, convertido con el dinero de su esposa, en un consignatario guanero y muy próspero comerciante entre Lima y Guayaquil, su tierra, no se peleó con su concuñado Dreyfus.

Espantoso siguió participando en los negocios peruanos de Dreyfus, entre ellos, la construcción del Muelle y Dársena del Callao, que estuvo a cargo de la familia Bergmann Rubio, que por el juicio del reclamo de la herencia de la señora Sofía de Dreyfus, pasó a manos del banco francés Societe Generale. Los Bergmann fueron reemplazados por dos de los nuevos parientes políticos de Dreyfus, quien se casó con la señora Maria Luisa Gonzales Orbegozo, y así su nuevo concuñado, el señor Dubois, de nacionalidad norteamericana, y el francés Gustave Heudebert, casado con una prima de la nueva señora Dreyfus, pasaron a ser sus apoderados.

Una empresa clave que le permitió a don Miceno Espantoso consolidar su fortuna, fue la compañía de capitales ingleses, pero mayoritariamente de propiedad del banquero Dreyfus: la Peruvian Suggar Company, que explotaba la caña de azúcar en varias haciendas de la costa, dos de ellas figuraban a nombre de la segunda esposa del banquero Dreyfus, las haciendas Lurífico de Lambayeque y Montalbán de Cañete, en la que alguna vez vivió el general y prócer chileno, Bernardo O·Higgins.

Y cuyo último administrador fue el hijo político del señor Espantoso, don Pedro Beltrán Sendeja, de familia de agricultores de origen español, casado con la señora Augusta Espantoso Bergmann de Beltrán. Cuando la señora Maria Luisa Gonzales Orbegoso viuda de Dreyfus y sus hijos decidieron vender sus propiedades en el Perú, entre ellas el asilo Bergmann, don Pedro Beltrán Sendeja adquirió la hacienda Montalbán. En los años veinte, su hijo Pedro Beltrán Espantoso, vendió las acciones de la Peruvian Suggar Company e invirtió en Montalbán.

Don Pedro Beltrán con la señora Clorinda Málaga de Prado, esposa del presidente de la República.

Don Pedro, nació el 17 de mayo de 1897, él siempre dijo que en Cañete, en la hacienda Montalbán, y que fue por eso un hombre nacido en la chacra, criado en el campo, que venía a Lima, de visita a la casa de su adorada mamá Augustita, quien vivía en los altos de la casa, y ellos (sus padres), se instalaban en los bajos, él siempre de niño durmió en el dormitorio de su abuelita. Cuando lo matricularon a él y a su hermano Felipe en el Colegio de la Recoleta, su madre decidió instalarse en los bajos de la casa definitivamente y allí se quedó ella hasta que falleció, por lo que él, se acomodó en los altos.

En los años veinte después de estudiar letras en San Marcos realizó, el joven Pedro Beltrán, el tradicional viaje de paseo a Europa y a Nueva York, que acostumbran realizar, los hijos de las familias más ricas de Lima, pero que estuvo demorado por la Primera Guerra Mundial. El en este viaje en verdad estudió economía en Londres, hecho que ya residiendo nuevamente en la capital peruana, su aprendizaje londinense, marcó la diferencia entre él y todos los miembros de su generación, que lo convirtieron de inmediato, en el exponente de su clase social: los agricultores.


PARTE II

En Cañete, la hacienda Montalbán se convirtió en un predio agrícola mecanizado que cambió de cultivo: el algodón por la caña. Don Pedro no lo hizo un latifundio. Le impactó negativamente, de joven, la revolución mexicana y su lucha campesina. Prefirió arrendar tierras colindantes, vecinas o próximas, tanto en Cañete como en Lurín. También adquirió predios rurales. No era pues una hacienda pequeña. Y así se convirtió en el sello de la presencia de don Pedro, en la agricultura y Montalbán, un símbolo en los años veinte de la modernidad del siglo XX, como un modelo agrícola a seguir.

 ¿Qué diría don Pedro Beltrán tan orgulloso de su trabajo de agricultor, con los anuncios realizados en el transcurso del 2014 de que el algodón ya no es rentable para las tierras de Cañete. Y que ya se está reemplazando, aunque con lentitud al algodón con la quinua, y que es absolutamente un éxito, por la productividad y la rentabilidad, obtenida. Don Pedro hace casi cien años hizo lo mismo, cambio la caña de azúcar por el algodón. Y a él le fue más que bien, lo catapultó a ser el dirigente de los agricultores.

 Fue así que antes de los 30 años, Don Pedro, ya era el líder gremial de los agricultores o hacendados del país, por haber sido elegido presidente de la Sociedad Nacional Agraria (SNA), eso lo llevó a poner en marcha un partido político de propietarios de predios agrícolas, sin calar mayormente en la población. Lograr la popularidad de masas no fue su fuerte y desistió de presentar candidaturas políticas a lo largo de su vida. Su meta fue la Presidencia de la República y comprendió que de nada le valía haber sido un eterno candidato perdedor. No le gustaba perder.

En los años treinta, adquirió un importante paquete de acciones del diario La Prensa, ya que no fue jamás un orador de plazuela, ni un agitador de masas, había comprendido que requería de un medio para difundir sus ideas para calar en la población y para eso creó una empresa propietaria de esas acciones de La Prensa, fue recién en los años cincuenta del siglo XX, que logró el control absoluto del periódico, cuando en todo lo que publicaba estaba presente su pensamiento, convirtiéndose La Prensa en un sinónimo de su nombre y apellido.

Hacienda Montalván, Cañete.

Un hecho inesperado y trágico, el asesinato político el 7 de enero de 1947 del director de La Prensa, don Francisco Graña Garland, lo llevó a la conducción del diario, en un momento extremadamente difícil, en el que no tuvo miedo, fijando su línea editorial en liberal y enemiga de los controles de precios que existían. Se convirtió en un defensor de las libertades ciudadanas, cuando en las postrimerías de la dictadura del general Manuel A Odría, lo encarcelaron con un grupo de colaboradores por 26 días en la isla presidio, El Frontón. Su liberación lo hizo un político de la primera fila.

Entre el 20 de julio de 1959 y el 24 de noviembre 1961 fue Primer Ministro y Ministro de Hacienda y su labor es la mejor que se haya realizado en ambos cargos. Sin embargo, el auge de la revolución cubana, el desarrollo del marxismo y los estudios sociales de la época, señalaron a don Pedro como el representante del imperialismo yanki, de la derecha tradicional, y de la reacción autoritaria más conservadora que propugnaba la dictadura frente a la democracia burguesa, a pesar que el marxismo leninismo reserva esto último al fascismo, que no era el pensamiento de Beltrán.


 I

El Club Nacional es el símbolo señalado por los diferentes estudios de la realidad social de los años sesenta y setenta, como el lugar de reunión social de los aristócratas peruanos, que no fue tocado, ni perturbado por el velasquismo, aunque sus socios que eran hacendados perdieron para siempre sus predios agrícolas. No todos los agricultores fueron socios del Club Nacional, ni para ser socio había que ser hacendado. Quedó marcado que en los tiempos de la "República Aristocrática" que acabó el velasquismo, el centro social por excelencia de la aristocracia limeña fue el Club Nacional.

Club Nacional.

Dos o tres veces le hice este comentario a don Pedro Beltrán, su expresión fue siempre de presentar una especie de sonrisa antes de expresar  que: "Nada embrutece más que repetir tonterías". Para don Pedro, el  Club Nacional, poseía el atractivo sentimental que participaron en su fundación e integraron sus primeros directorios, e incluso lo presidieron sus tíos alemanes, hermanos de su abuela materna, Augusta Bergmann y Rubio de Velasco de Espantoso, con quien fue muy unido de niño, y hasta que pudo, como decía, le conservó su casa.

En cambio a su sobrino Pedro, le aburría todo lo que distanciaba y divorciaba a las clases sociales, según exclamaba en los discursos que lanzaba ante sus amigos y con pleno convencimiento. Creía que todo lo que separaba a los hombres era el peor veneno para la inversión y el desarrollo exitoso de cada sol que invertía. Era un liberal a quien no le importaba que sus amigos asumieran posiciones de izquierda, "es la moda, ya cambiarán con la edad", exclamaba. Aunque le encantaba, le gustaba y satisfacía a su vanidad, que lo vieran en todos los clubes de Lima.

Don Pedro gustaba recorrer los diferentes ambientes del Club Nacional y sentía que él pertenecía a ese lugar. Tal y cual estuviera realizando una tarea de guía turístico, le satisfacía recorrer acompañado de personas para puntualizar que sus tíos alemanes habían participado en la creación de todo este monumental lugar y sonreía cuando su sobrino, el heredero de su nombre y de su posición, le señalaba su convencimiento que no eran alemanes, sino judíos, y afirmaba que él sentía esa sangre en sus venas, la de los judíos. Realmente, Perico por eso odiaba a Hitler y lo expresaba.

El sobrino reía con ganas de reírse, mostrando desbordante felicidad, cuando señalaba que él se veía como un prestamista veneciano que contaba a cada momento todas sus monedas de oro y de plata y de cobre y de bronce y de lo que sea, siempre y cuando fueran monedas, que en verdad, le compraba el doctor Allende. Su tío le respondía que no importaba, si eran alemanes o judíos, y que si él en verdad sentía la sangre de los Bergmann corriendo por todo su cuerpo y fluyendo en su espíritu, eso le confirmaba que era igual a él, sin duda alguna, y "gracias a Dios".



Famosa Casa Beltrán.

Y en eso, en esas conversaciones de tío y sobrino, de reencuentro con los ancestros, llegaron los preparativos para la celebraciones por el primer 28 de Julio, que estaba por cumplir su Sesquicentenario de la Independencia, a cargo de una comisión organizadora, que llegó a realizar una publicación monumental de la recopilación de documentos y de publicaciones realizadas a través del tiempo, pero curiosamente don Pedro en esos días, incluyó en sus conversaciones a su "mamá Augustita", su abuela materna, por quien no perdió su adoración.

Hasta no hacía mucho, la periodista Elsa Arana habría sido su nexo con esta comisión, pero el velasquismo la había exiliado del país, entonces fue su sobrino Pedro quien tuvo que acercarse a los organizadores del Sesquicentenario, militares, intelectuales e historiadores, a nombre de su tío para ofrecerles las páginas de La Prensa. Don Pedro no tenía a su esposa en Lima, ella estaba delicada de salud y el tratamiento médico lo tenía en California, en donde pasaba una parte del año en su rancho.

En el ambiente intelectual del momento generó curiosidad el interés que mostraba don Pedro por el Sesquicentenario de la Independencia, ya que existió el rumor, propiciado por su propio sobrino, que tenía documentación de un prócer de la Independencia. Se creyó que era de la familia Beltrán. Una reunión en la dirección de La Prensa y un almuerzo en la monumental casa Beltrán, precedido por una visita turística por la mayoría de sus 34 recibos o salas de estar, no lograron centrarse en el tema central de preocupación del anfitrión.

Hasta que en un momento del banquete en la Casa Beltrán,  tomando  a todos por desprevenidos, don Pedro se levantó de la mesa para expresar unas palabras a sus convidados. El patio de azulejos lucía brillante, los geranios, los helechos, los pico de loro, las begonias, la buganvillas y las violetas en su macetas, estaban preciosos. En don Pedro era usual pronunciar discursos, pero de pronto se emocionó y con voz entrecortada les dijo que: El papá de su mamá Augustita, "fue un marino alemán y guardia de corps del Libertador San Martín desde antes de la Batalla de San Lorenzo".

Estaba sorprendiendo a todos, nadie esperaba, un anuncio de ese tipo, pero de inmediato le dijeron que con San Martín vinieron ingleses, franceses, italianos y alemanes. El trabajo de los miembros de la Comisión era identificarlos y situarlos históricamente. Le pidieron que no se preocupara, que ya lo encontrarían en la historia, si es que no estaba ya determinado sus nombres y apellidos. Y de inmediato, anunció que poseía la documentación respectiva, que pertenecía a su propia familia, dijo para formular de inmediato un brindis a la salud de sus huéspedes.

Le gustó que no fuera nada nuevo que uno o más alemanes participaron en la Independencia, no lo había soñado nunca que se considerara absolutamente válido el recuerdo oral que conservaba de su mamá Augustita y expresaba: “Mujer para inteligente”. Y ese día  pasó a respirar con felicidad, para de inmediato pensar que no debía aparecer como bisabuelo suyo, el teniente Bergmann, porque el velasquismo, a cargo de la conmemoración, se apresuraría de inmediato a tacharlo de la historia. Lo señaló sonriente, le respondieron que eso no era posible.

Ese día mientras sus invitados recorrían la casa Beltrán, les dijo don Pedro, que no tenía dudas que finalmente el general Velasco mandaría destruir su casa, con el pretexto de la ampliación de la avenida Emancipación. Sus invitados hacían gestos de que era imposible, exclamaban que se encontraría alguna solución y él les expresaba su convencimiento de que era algo absolutamente personal y en eso escuchó, que en verdad su residencia era ya un maravilloso museo y ofreció a los presentes convertirla en museo con todo lo que tenía en su interior.

En el Salón Dorado de Palacio de Gobierno el Presidente Manuel Prado con su Primer Ministro Pedro Beltrán.


Los invitados quedaron encantados, cada uno de ellos se convirtió en un promotor que quiso convertir a la casa Beltrán en un museo, con todas sus maravillosos muebles, objetos de plata, marfil y porcelanas, de pinturas virreinales, republicanas y modernas. Pero después que se fueron, en la soledad de su casa, don Pedro pensó en alto, para quienes lo escuchamos: "Si no destruye mi casa el gobierno revolucionario, no he sido nada en esta vida, pienso entonces que en lugar de crear mi propio mausoleo, mejor será que no quede nada piedra sobre piedra de mi casa".

Y por fin, lo logró: don Federico Bergmann, marino alemán, guardia de corps del Libertador San Martín, fue reconocido como Prócer de la Independencia del Perú. Alguna vez lo escuché decir, años después, mostrando sus ojos emocionados, que en el momento que su sobrino le confirmó que estaba inscrito su antepasado Bergmann, entre los marinos de Lord Cockrane, comprendió que cuando se rencontrara con su mamá Augustita, le iba a pedir perdón por no haber salvado su casa, pero que a cambio puso a su papá en la historia, un anhelo que ella guardó en su corazón.

La documentación personal del teniente Bergmann, unos muy pocos papeles, fue entregada en forma privada a la Comisión del Sesquicentanario de la Independencia, y los que pertenecían a la Casa Bergmann y Templeman, que también conservaba en su poder don Pedro, fue donada a la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), pero prefirió que lo realizara su hermano, don Felipe Beltrán Espantoso y su esposa, la señora María Delfina Ballén de Beltrán, ceremonia a la que prefirió no asistir, ante el temor que los velasquistas borraran a su bisabuelo alemán de la historia.

El acto realizado al medio día, en la casa de don Felipe y de su esposa, en la enorme biblioteca de su casa en Orrantia, San Isidro, se constituyó en todo un acontecimiento, estaba presente el entonces rector, el padre Felipe Mac Gregor SJ y los jesuitas que también fueron rectores el padre Rubén Vargas Ugarte SJ, famoso historiador; y monseñor Fidel Tubino; también asistió el monseñor Ricardo Durand Flórez SJ, quien era autoridad en la PUCP, entre otras personalidad, al igual que todos integrantes de la Comisión del Sesquicentenario.


II

La vida familiar en la famosa casa Beltrán, una de las joyas arquitectónicas de la capital del Perú, en tiempos de su mayor esplendor, los de don Pedro y de su esposa Miriam, se realizaba en el segundo piso, con quienes vivía su sobrino Pedro. Se ingresaba directamente por la primera puerta del jirón  Rufino Torrico. El inmueble perteneció al patrón arquitectónico de Lima de mediados del siglo XVIII, desarrollado a partir de los terremotos de 1687 y de 1746, que limitó la altura de la construcción de predios urbanos a dos pisos, paredes de adobe y techos de quincha.

El secreto del tratamiento de la quincha, radicaba en el uso de yemas de huevo, según don Pedro, para proteger la madera de cualquier tipo de incendio y el de la clara de huevo para que las polillas no se anidaran. Todo un secreto constructivo, que no era hacer una tortilla y aplicarla cruda, a como sea, sino que la yema y la clara se separaban y esa era la forma en que se aplicaban, separadas pero junto con otros elementos, a la construcción de los techos de las casas limeñas.

La fachada de la casa Beltrán y todo en ella siguió fielmente el patrón constructivo de Lima antigua. Estaba constituida por un enorme portón, ubicado en la Avenida Emancipación, para que ingresaran los carruajes, originalmente con un balcón a cada lado, centralmente como adorno arquitectónico. Ya a fines del siglo XIX, la señora Bergmann de Espantoso, mandó construir un nuevo balcón de lado a lado para reemplazar a los anteriores. El zaguán, separaba el portón del primer patio y permitía el acceso a los dos almacenes o tiendas, que tuvo la casa exactamente debajo de los balcones.

La norma fue que el primer y el segundo piso fueran independientes. Al segundo piso se accedía por escaleras de mármol ubicadas en el primer patio. El dueño de un solar, como se llamaba antes a las casas limeñas, era el titular de un mayorazgo y hasta su semi abolición en 1829, no existió el acceso a la propiedad en Lima. Es en esa época que don Federico Bergmann adquirió la propiedad que en el siglo XX fue un famoso inmueble, acompañado del debate público, que por razones políticas, no se aceptó convertirlo en museo y fue demolido, para ampliar Emancipación.

Este tipo de edificación permitía a quien era propietario, en los tiempos del mayorazgo, obtener renta del inmueble, arrendando las dos tiendas y el primero o segundo piso, según el que ocupara el dueño para vivir. Hasta mediados del siglo XX, el tener la ocupación de rentista, se constituía en una situación honorable y de prestigio social. La casa Beltrán, era el inmueble que más lucía en Lima, por su ubicación de esquina y la vistosidad de su fachada, la novedad que presentaba es que no tenía dos balcones, sino uno enorme de lado a lado, que impactaba.

Era pues una construcción colonial, continuamente restaurada, respetando su patrón constructivo  y con su enorme y precioso balcón republicano, absolutamente bello y hermoso, por lo sencillo, a pesar de su monumentalidad.  El predio de don Pedro Beltrán poseía una serie de maceteros de fierro colado y también de barro, cuyas plantas, helechos y geranios entre otras, alegraban los dos patios y que su esposa cuidaba. El segundo patio, de azulejos, tal vez era el más bello de Lima, en el que relucía sus preciosas flores.

LOS DUEÑOS DELPERU

En 1965, quien fue uno de los dirigentes de la izquierda peruana, el ingeniero Carlos Malpica, de militancia anterior en el Apra y en el "Apra Rebelde", del que derivó al marxismo, publicó un libro que marcó época: "Los dueños del Perú", señalando con sus nombres a los grandes y medianos propietarios en el país, es decir un detalle de empresas y de sus dueños o accionistas. Nunca se había expuesto ante la opinión pública a tantas personas en un momento signado por la guerrilla procubana del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Malpica con su libro, se catapultó en el candidato que aglutinó a la izquierda en las elecciones complementarias para la elección de un diputado de  Lima, en 1967, que venció, un abogado y famoso editorialista de La Prensa, Enrique Chirinos Soto, seguramente el periodista más brillante de su generación y quien representó a la oposición del primer gobierno del Presidente Fernando Belaunde, conformada por la coalición de dos antiguos enemigos: el Partido Aprista Peruano y de la Unión Nacional Odriísta, a cuya conformación apoyó públicamente Beltrán.

La votación de Malpica, puso a la izquierda en un magnífico tercer lugar y se esperaba para cualquier momento venidero, la segunda parte de "Los Dueños del Perú", ya con abundante literatura, porque el libro resultaba finalmente muy esquemático. Pero toda esta situación de una izquierda que se  va al monte para crear una guerrilla al estilo de la revolución cubana y abanderada de Fidel Castro, provenía del Apra Rebelde, no provenía del socialismo o del marxismo peruano.

Don Pedro, quien fue uno de los pocos, que consideró que derrotada la guerrilla en Latinoamérica, el siguiente camino del comunismo internacional financiado por Rusia o la Unión Soviética, se abriría camino en la región a través de sus capitales, financiando asaltos al poder o comprando gobiernos. Estaba convencido que un submarino ruso, se acercaba a las costas para establecer contacto. Algunos creían en este rumor, que generaba comentarios y debates, en cambio otros se reían de lo que llamaban un chiste de "la cueva de Baquíjano", como llamaba la izquierda a La Prensa.

Estaba convencido de que la Unión Soviética necesitaba poner sus capitales en América Latina como una avanzada para apoderarse de nuevos territorios y consideraba que el Perú, con tanto tonto útil, tenía el camino abierto para que ya estuviera intentando meter sus capitales para asaltar el poder, entonces quienes creían en la democracia, no tenían otro camino que unir a las fuerzas democráticas, y Beltrán ya llevaba muchos años convencido que en el lugar central frente al comunismo internacional estaba el APRA y su fundador Víctor Raul Haya de la Torre.

En cambio, su sobrino Pedro, quien lo escuchaba con plena atención, creía que darse a conocer era absolutamente peligroso y que no había que participar en política, ni caminar con los líderes del país, había que acostumbrarse a trabajar con el gobierno de turno, sea quien fuere. Su socio, Roberto Letts Colmenares, era de la misma opinión, y llegaron a tener un perfil bajo que no les interesaba figurar en las páginas sociales, y a veces escondieron sus nombres en los apellidos de testaferros. Centralizaron, sus inversiones mineras, en la famosa empresa Volcán.

Pero sucedía que algunos negocios, en un principio se hicieron públicos, mientras otros se guardaron en reserva. Ambos socios habían adquirido un buen lote de yeguas de carrera inglesas e irlandesas, algunas las hicieron correr en el Hipódromo de Monterrico, ganaron muchas carreras. Todo se hizo muy público, aunque no salía del mundo de la hípica, y los periódicos señalaban como  propietario a otra persona. Incluso se sabía que otras yeguas estaban en el haras para la reproducción, mientras potrancas y potrillos adquiridos al pie de la madre, terminaban la crianza.

En el Hipódromo se señalaba a Roberto Letts como el propietario. Con Pedro a veces íbamos a ver a las yeguas tanto en el haras como en el hipódromo, pero nunca se vinculó su nombre a la propiedad de los equinos. En lo sucesivo tuvieron más cuidado, solamente se le complicó a Pedro, el tema Ultima Hora, cuyas acciones estaban en poder del doctor Allende, cuando falleció. Eso resultó de las negociaciones de Pedro con el general Rudecindo Zavaleta a nombre de la primera fase del gobierno militar.

 La Prensa


Don Pedro Beltrán.


En el periódico, don Pedro Beltrán Espantoso, creó su propia imagen del hacedor de todo, podía ser el primero en llegar y el último en irse, no le tenía distancia a ningún trabajador, a todos los trataba con cortesía, pero en verdad era mucho mejor estar lo más lejos posible de él, casi estaba divinizado. El andaba por todo su periódico y resolvía personalmente cualquier tema, de imprevisto aparecía en la redacción o tocaba la puerta de cualquier oficina que estuviera cerrada, lo dejaban pasar y se escuchaba tan solamente: Don Pedro" como una letanía.

Convirtió a su secretaria en periodista, y lo fue como la mejor y más famosa de su tiempo, la gran Elsa Arana Freire, quien fue siempre su mejor colaboradora, desde los años cincuenta hasta que falleció él, en Nueva York el 16 de febrero de 1979, con ella fundó 7Dias del Perú y del Mundo, una revista dominical, que acompañaba al diario. A partir de Elsa y de su trabajo, La Prensa abrió sus puertas a las periodistas mujeres, quienes antes trabajaban en la página de sociales, entre ellas Violeta Correa Miller, quien después se casaría con el Presidente Fernando Belaunde Terry.

En La Prensa existió una línea divisoria entre los periodistas que nadie recuerda, aunque todos trabajaban para la redacción, para sacar el diario todos los días a la calle, se conformó un grupo de élite, que en verdad fue privilegiado, era llamado por el propio don Pedro: "Los editorialistas", no necesariamente escribían los editoriales del periódico, algunos de ellos de repente, no necesariamente tuvieron artículos propios en esa página y tampoco columna de opinión, el común denominador fue que el director conversaba con ellos en forma individual y también en grupo.

Los editorialistas era invitados a la dirección, entraban y se sentaban en lo que era un oficinón, con sus enormes sillones de cuero de uno y tres cuerpos, ellos eran los más cercanos a don Pedro, hablaban de la realidad nacional, pero en verdad la conversación giraba en torno de lo que quisiera  el dueño. El grupo estaba encabezado por Enrique Chirinos Soto y Arturo Salazar Larraín, que incluía a Juan Zegarra Russo,  Federico Prieto Celi, Patricio Rickets, Luis Rey de Castro, Alfonso "Pocho" Delboy, entre otros, incluso formó parte un sacerdote que después dejó los hábitos.
Los editorialistas tenían el factor común de ser comentaristas políticos de la televisión, todos brillaban por ser anticomunistas y con una clara y marcada tendencia a favor del capitalismo y en el tema internacional apoyaban la línea de los Estados Unidos. Un segundo factor era la vinculación sólida que tenía cada uno de ellos con la Sociedad Nacional Agraria; la Sociedad Nacional de Industrias; la Sociedad Nacional de Minería, la Sociedad Nacional de Pesquería y la cámara de Comercio de Lima, entre otras. La Prensa era el diario que las representaba.

                                                                                I
Pero sin duda el más brillante periodista de La Prensa y anterior a todos ellos, era don Eudocio Ravines Pérez, dueño de una vida de aventuras, quien después de haber sido un famoso comunista probado y leal agente soviético, en el Perú, Chile, Europa y por donde hubiera caminado, hasta que, don Pedro Beltrán Espantoso, lo convirtió en liberal y en su principal colaborador. Le cayó de inmediato, al Dr. Ravines, el anatema izquierdista de ser agente del imperialismo yanki y el calificativo de renegado, por su furibundo anticomunismo que propagaba a todos los vientos.

Ravines perteneció al Komintern (Internacional Comunista), el verdadero comunismo internacional, que tanto temía la derecha peruana desde la revolución de octubre y que La Prensa lo presentaba como un flagelo mundial. Don Eudocio trabajó directamente con el búlgaro Dimitrov, cuando presidió la Komintern, y vivió en la Unión Soviética. Pudo escapar de Stalin y de Moscú, para salvar la vida de las purgas stalinianas. La narrativa de su fuga de Unión Soviética (Rusia), poseía más dramatismo que el marcado por Julio Verne, en su novela Miguel Strogoff.

El Dr. Ravines, me conocía de siempre, no se acordaba nunca quien era, siempre me tenía que presentar. Pienso que ese era su estilo, para imponer su personalidad. Varias veces fue a almorzar a la casa de mis abuelos Miguel y Rosita, con otros periodistas de La Prensa y cuando se lo recordaba, quedaba encantado mandándoles saludos. Mi único interés, fue siempre que me contara como era Stalin, quería que me dijera si fue alto, bajo, gordo o flaco y como era su voz, y acaso si sus bigotes eran verdaderos y si siempre andaba vestido de militar. Siempre tenía listas esas preguntas.

Este señor en Lima, era el único que vió y habló con el monstruo de Stalin. Todas las informaciones que me llegaban de Stalin era que no existió hombre más malo que él, no se cansaba nunca de mandar matar gente, hasta hizo ejecutar a sus propios amigos. No recuerdo nada de lo que me decía el doctor Ravines. Cuando rememoro las conversaciones en la casa Beltrán o en la dirección de La Prensa, pienso que no lo conoció. El en verdad fue un hombre orgulloso de haber sido el Judas del comunismo peruano. En esa época, la hija de Stalin se refugió en occidente y era su tema.

En verdad, que era un hombre muy sencillo, y al mismo tiempo excesivamente inteligente. En los años ochenta pude conocer y entrevistar a los más importantes dirigentes de la izquierda peruana, ninguno daba la talla política e intelectual de don Eudocio Ravines. Los izquierdistas cada vez que pudieron le pegaron, lo escupieron y todos lo odiaban a muerte. En los años sesenta Ravines, tenía un programa de TV en el que Elsa Arana y el doctor Allende participaban en la producción, y también eran comentaristas o panelistas como se dice ahora.
Cuando la dictadura militar señaló a Ravines y a Elsa como sus enemigos. La periodista conoció el exilio, no le quitaron la nacionalidad, porque fue boliviana. En cambio al Dr. Ravínes, el velasquismo le puso en la frente la marca del traidor a la patria, por toda la agresividad con la que se expresaba. Se fue a México deportado con más de setenta años de edad. Nunca se le restituyó la nacionalidad peruana. Falleció en 1979, un año antes del retorno de la democracia, el rumor que corrió en Lima es que fue asesinado, estaba especializado en la política mexicana.

Ravines, es sin duda el principal colaborador político de Beltrán, en todo lo que realizó después de 1945, año en el que se contactaron. Don Pedro estaba de embajador peruano en los Estados Unidos. Existe la versión, casi difundida como dogma en los años sesenta,  que los hizo amigos la Cía, en la condición de agente de Ravines y que Beltrán era presuntamente el representante del capital norteamericano en el Perú, por eso no tenían otro camino que el de caminar. La versión de don Pedro, fue que se conocieron a instancias de Ravines y que al principio le tuvo mucha desconfianza.

Don Eudocio, antes de ser comunista fue aprista, y eso lo llevaba de inmediato a señalar que era un doble traidor. Nadie tal vez era tan agresivo en el país y que al mismo tiempo estaba a la defensiva. Pienso que la agresión fue su mejor defensa. Beltrán lo convirtió al liberalismo y le dio trabajo en La Prensa en 1946. Se convirtió en quien entró a defender los interes de Beltrán, antes que don Francisco Graña Garland fuera nombrado director de la Prensa. Ravines fue quien armó la campaña en contra de la la Ley de Imprenta, que se atribuye como la causa del asesinato de Graña.

Ravines abrió el camino para que Beltrán se convirtiera en el director de La Prensa, había ya impreso la reafirmación de una línea antiaprista que el asesinato de Graña convirtió en emblemática, y que él fundamentaría cuando su jefe Pedro Beltrán Espantoso, asumió el control del periódico.
En este escenario, el diario La Prensa, aceptó el golpe militar del general Manuel A Odría, en su condición de un gobierno provisional que restableció el orden público y que nombró a don Pedro en el Banco Central de Reserva. Acabó con los controles de precios.

Once años después Beltrán y La Prensa giraron 180 grados y dejaron para siempre la línea dura antiaprista, pasándose de la noche a la mañana al proaprismo. El giro era propio de lo que estaba aconteciendo en la vida de su propietario, y es que ya no era posible desligar su persona de La Prensa. Don Pedro se había convencido que solamente el APRA con su líder Víctor Raul Haya de la Torre, salvaría a la democracia peruana del comunismo internacional y aceptó ser Primer Ministro de un gobierno elegido por el voto aprista a cambio de la legalización de su vida partidaria.

II


Foto 1956. Los periodistas de La Prensa rodean a su director don Pedro Beltrán en el descanso de la escalera congregándose en torno al busto de don Francisco Graña Garland (director mártir del periódico) para evitar la detención de Beltrán. No lo lograron. Todos fueron llevados a Seguridad del Estado, algunos fueron puestos en libertad y otros como Beltrán llevados a la isla presidio El Frontón. La flecha señala a don Pedro y a su lado derecho está don Miguel Fort Magot, subdirector de La Prensa.
Don Pedro Beltrán ingresa triunfante a La Prensa inmediatamente después de su liberación carcelaria en El Frontón por la dictadura del general Manuel A. Odría. En la foto don Pedro exhibe un ejemplar de La Prensa, detrás suyo don Miguel Fort con su hijo Raul Fort Barcelli.
El 29 de julio de 1980 el presidente Belaunde devolvió los diarios confiscados por la dictadura velasquista a sus legítimos propietarios. El nuevo director de La Prensa, Arturo Salazar Larraín en una ceremonia presidió simbólicamente el acto de devolución. A su derecha se encuentra don Miguel Fort Magot, antiguo accionista del periódico quien en el acto representó a la familia Beltrán, especialmente a la señora Miriam..


Don Pedro había comprado un importante paquete de acciones de La Prensa en los años treinta, para ello creó una empresa que figuró como la única dueña de esas acciones, con la finalidad de que apoyara su paso por la política nacional levantando las banderas de la modernización o mecanización de la agricultura nacional. En 1948, realizó una alianza periodística y empresarial con su amigo don Miguel Fort Magot, padrastro de mi papá, para lograr sin dificultad alguna la mayoría en la Junta de Accionistas de La Prensa.

De esta forma, don Pedro se convirtió en el director de La Prensa, en tanto que don Miguel Fort conservó el cargo de subdirector. En esa época, intervenían otras dos personas en la marcha del diario, don Luciano Cisneros, quien estaba a cargo de la producción y la impresión del diario y don José Aramburú Raygada, hijo de fue un famoso periodista de principios de siglo, cuya publicación más importante fue la revista Mundial, en la que él trabajó, fue además cuñado de don Francisco Graña y de don Juan Pardo Althaus, accionista del diario y uno de los principales hacendados del país.

Don Pepe Aramburú era un señor inteligente, muy simpático y alegre, que al mismo tiempo conocía con amplitud todo lo concerniente al manejo de una publicación, grande o pequeña. Lo recuerdo como una persona muy agradable, buena y bastante conversador, le decía tío de cariño. Su trabajo en La Prensa tuvo el respaldo de sus cuñados y su estatus no fue para nada el de un empleado, sino el de uno de los dueños, además poseía un paquete pequeño de acciones, que le permitió participar en la Junta de Accionistas.

Uno de los accionistas de La Prensa, don Ramón Aspíllaga Anderson, banquero y hacendado, era uno de los hombres más poderosos del país, participaba directamente en el desarrollo diario del periódico, todas las mañanas, cuando estaba en Lima, iba a la dirección para conversar con don Pedro, culminada su charla con su amigo y socio, se dirigía caminando a su oficina en la sede del Banco Popular. Para él señalarlo de "mi amigo Beltrán" cuando refería a don Pedro, le era suficiente, expresar que era más o menos amigo que otros amigos, consistía en una niñería.

Don Ramón era muy serio, para él la amistad era simplemente la amistad y duraba toda la vida, si no era así, nunca existió la amistad entre dos personas, cuando lo escuchaba hablar así, comprendía que señalaba una crítica para alguien. Era un hacendado que se consideraba centralmente un hombre de campo, pero poseía una cultura y una erudición enorme de la que no hacía gala, prefiriendo guardarla para si mismo, le encantaba escuchar, decía que así se aprendía más. Aprendí así a llamar en esa época a mi amigo Eduardo de la Piniella: "Mi amigo Piniella"

El señor Aspíllaga, expresaba que tenía en Lima, su mañana hecha, salvo alguna excepción, no la cambiaba jamás, lo primero que hacía era la revista o lectura de diarios. El ejemplar de La Prensa lo leía detenidamente, subrayaba con azul cuando algo le gustaba, y tachaba con una "x" en rojo si algo le resultaba deplorable. Poseía el principio que la competencia jamás le ganaba a La Prensa, porque la línea periodística marcaba la diferencia. El Comercio, el único decano que ha tenido la prensa nacional, hacía hincapié en temas que no eran los de La Prensa. Así decía.

Cuando don Pedro Beltrán se hizo cargo de La Prensa, después del asesinato del señor Graña Garland, el 7 de enero de 1947, tuvo a estas personas, como sus principales colaboradores: don Miguel Fort, don Ramón Aspíllaga, don José Aramburú, don Luciano Cisneros, ellos lo acompañaron en el desarrollo del principio del diarismo de este periódico que cambió para siempre al periodismo nacional. Y, solamente hasta la confiscación velasquista, en los años setenta el doctor Ravines, fue la eminencia gris del periódico, a quien se le daba el crédito de ser el mentor del vespertino Ultima Hora.

En 1948, La Prensa planteaba el orden público y no se hizo problemas con el golpe del general Manuel A. Odría que derrocó al Presidente José Luis Bustamante. Tanto el Apra como la izquierda señalaron a Beltrán de haber sido el mentor de este golpe, él siempre lo negó en público y en privado. Odría lo nombró  presidente del Banco Central de Reserva y un tiempo después presentó su renuncia, cuando el dictador preparó todo para perpetuarse en el poder y lo hizo. La Prensa pasó a la oposición y en eso en 1955, se le detuvo y se le encarceló en la isla presidio de El Frontón.

Es a partir de esta época en que me di cuenta de la existencia de don Pedro Beltrán, por su amistad con don Miguel Fort. Era usual que fuera a almorzar o a cenar con su esposa a la casa de mis abuelos, generándome novelería la presencia de Beltrán. Era normal que mi tío Augusto Fort, mi hermana Rochi y yo, le dijéramos "tío" de cariño. En mi caso, Beltrán no me hacía caso alguno, inmediatamente después del saludo, a su llegada a la casa. En cambio era cariñoso con Augusto, que me llevaba siete años, y con Rochi, quien era  chiquita, y que lo encantaba.

Lo curioso es que un caricaturista de La Prensa, el señor M. Piedra, nos hizo caricaturas a todos los miembros de la familia, solamente queda una mía, de enero de 1956, cuando tenía tres años y medio. Todas las demás de perdieron. En esta época la periodista Elsa Arana, publicó algunas de mis caricaturas como viñetas en el periódico y siempre me será increíble, que don Pedro Beltrán, lo recordara, en la última visita que hizo a Lima, en 1978, en un almuerzo que tuvo con el más selecto grupo de periodistas que trabajaron con él, en la terraza del Sheraton.

En las elecciones de 1956, La Prensa y su rival El Comercio, igualmente antiaprista, apoyaron la campaña presidencial del abogado del Banco de Crédito, don Hernando de Lavalle García. Ambos periódicos compartían el hecho que en el pasado, su director había sido asesinado y señalaban al Apra, como culpable. En ese proceso electoral surgió el político, arquitecto Fernando Belaunde Terry, como el representante de una fuerza nueva que aglutinó a la juventud de los diferentes estratos de la clase media. Belaunde fundó el partido Acción Popular.

Los dos diarios no apoyaron la candidatura del expresidente Manuel Prado y Ugarteche, cuya familia estaba señalada de ser la más rica del Perú, en esa época era propietaria del diario La Crónica. El velasquismo de fines de los sesenta y principios de los setenta, llamó: "Imperio Prado" a la fortuna de esta familia y acabó para siempre con su poder económico al decretar la expropiación del Banco Popular, que estaba en quiebra, cuando sus dueños se encontraban en tratos de venta con un banco norteamericano. La deuda del Banco Popular fue asumida por el Estado.

El Dr. Manuel Prado, el más hábil de los políticos peruanos de su época, le prometió al Apra que si era elegido Presidente, los legalizaba en la plenitud de sus derechos ciudadanos y en su lista al Senado y a la Cámara de Diputados, consignó candidatos que eran amigos del aprismo. Elegido Prado, La Prensa, en su posición antiaprista, pasó a criticar al  nuevo gobierno, en especial su política económica, que generaba la carestía de vida y las huelgas, hasta que el sagaz gobernante le propuso a Beltrán, que se convierta en su Primer Ministro y Ministro de Hacienda. Y aceptó.

Conforme pasa el tiempo existe una mayor concordancia en señalar a don Pedro Beltrán, como el político que mejor desempeñó los dos cargos que ejerció en el mismo tiempo, al haber superado la difícil situación económica que vivía el Perú, aplicando principios liberales que le permitieron ordenar las finanzas peruanas, marcando el rumbo a seguir. La alianza política entre Prado y el APRA, la heredó Beltrán, que lo llevó a que todos sus amigos que sostenían posturas antiapristas, rompieran con él, entre ellos don Miguel Fort Magot y don Pepe Aramburú, quienes se apartaron de La Prensa. 


III

El resultado central del hecho de que don Pedro Beltrán se integrara a un gobierno proaprista, fue que El Comercio y La Prensa se volvieron por los catorce años siguientes, enemigos ireconciliables, superando con amplitud antiguas rivalidades y desencuentros. En ese mismo tiempo, Belaunde significaba la renovación generacional y con su partido Acción Popular tomó las antiguas banderas de la nacionalización de los yacimientos petroleros de La Brea y Pariñas, de muy antiguo litigio, y que explotaba la Internacional Petroleum Company (IPC).

La petrolera se había legalizado en el Perú como propietaria de la Brea y Pariñas en los años veinte, durante la dictadura del exgobernante, Augusto B. Leguía. Este era el tema nacionalista clásico que através de la corrupción estatal, el capital extranjero saqueaba la riqueza nacional, y el tema de la Brea y Pariñas, en los años sesenta estaba consignado en los textos escolares, en el medio de una gran discusión nacional. La recuperación de la Brea y Pariñas para el Estado Peruano, estaba presentada en la más bella ilución de la peruanidad, convertida en un gran sentimiento nacional y popular.

El Dr. Luis Miró Quesada de la Guerra, director de El Comercio apoyó la revisión del tema de la IPC y La Prensa se opuso. El resultado fue que el periódico de Beltrán obtuvo los anuncios publicitarios de las más grandes empresas del país por su defensa absoluta del capital privado. Y los editorialistas de este diario pasaron a trabajar también en programas de radio y de televisión y en las revistas financiadas por la IPC. El noticiero del canal 4 se llamaba Noticiero Conchán Chevron. La Prensa de Beltrán estuvo al lado de la IPC. 

El general Juan Velasco, el 9 de octubre de 1968, seis días después que derrocó al Presidente Belaunde, dividió al Perú entre peruanos y enemigos del Perú. La Fuerza Armada, siguiendo sus órdenes tomó la Brea y Pariñas y la dictadura expulsó a la IPC del país. Ese día se convirtió en el Día de la Dignidad Nacional y legitimó ante el pueblo al Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, ese primer 9 de octubre se conmemoró con el izamiento del Pabellón Nacional en todas las plazas públicas y en todas las dependencias públicas, en instituciones, universidades y colegios.

El Comercio y su director quedaron reconocidos por haber estado al frente de la peruanidad que para la dictadura de Velasco fue la nacionalización de la Brea y Pariñas y la expulsión de la IPC, por lo que se llamó el día de la Dignidad Nacional y que solamente se conmemoró hasta el 9 de octubre de 1979. El retorno de la democracia, lo olvidó para siempre. En el 2014, la Brea y Pariñas sigue haciendo noticia y persiste en ser escándalo de corrupción, ahora entre el gobierno de Ollanta Humala y una empresa noruega, sin importancia mundial.

En defensa de don Pedro Beltrán y de La Prensa, es importante señalar que la propia dictadura del general Velasco, con el gobierno de los Estados Unidos, llegaron a un acuerdo económico, de pago a las empresas norteamericanas expropiadas por el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas que se llamó Convenio Green - Mercado, del 24 de julio de 1972, por el que el Perú pagó 76 millones de dólares, a través de un préstamo de la banca norteamericana, a los dueños de las empresas que habían sido intervenidas por las tropas peruanas, entre ellas la IPC.

Nunca el gobierno del general Velasco nacionalizó empresas norteamericanas, simplemente las hizo tomar por las tropas del ejército y pagó después al contado, endeudando excesivamente al Perú, con un préstamo bancario, gestionado por el propio gobierno de los Estados Unidos en Nueva York. Este tema sería el gran caballito de batalla del semanario Opinión Libre de propiedad de Pedro Beltrán Ballén, integrado por periodistas de La Prensa y Ultima Hora, que perdieron su trabajo por la confiscación velasquista de la prensa peruana en julio de 1974.

El Convenio Green - Mercado, fue preparado en la cancillería peruana e inicialmente suscrito por el canciller, general Miguel Angel de la Flor, pero el gobierno norteamericano prefirió que firmara el entonces Primer Ministro, Edgardo Mercado Jarrín, quien era miembro de la Junta Militar de Gobierno y era el comandante general del ejército. El señor James Green, fue el plenipotenciario nombrado por Estados Unidos, para encabezar las negociaciones y terminó con su apellido, dándole nombre, a este convenio.

A partir de este convenio de 1972 hasta la paz de Itamarati, lograda en 1995, que finalizó con el último conflicto armado con Ecuador, va a estar presente, como intermediario de los intereses norteamericanos, un famoso funcionario de la Secretaría de Estado de los Estados Unidos, Luigi Einaudi, nieto del segundo presidente de Italia y que culminó su carrera política como secretario general interino de la OEA. Tuve oportunidad de tratarlo en los años setenta y ochenta, a través del famoso diplomático peruano Alvaro de Soto, quien llevo a Einaudi a cenar a la casa de Doris Gibson.


IV

En los años sesenta, el tema dominante era la IPC que tenía bandera canadiense, al haber estado su sede en Toronto. Aunque se escuchaba en todo Lima que era de propiedad de la familia norteamericana Rockefeller, la más rica del mundo, quienes por eso, según un extendido rumor en los años sesenta, se consideraban los dueños del Perú. La IPC era subsidiaria de la Standard Oil de Nueva Jersey (ESSO: Eastern Seaboard Standard Oil), conocida también como EXXON, y que desde 1984 se llama Chevron, sin perder los derechos sobre todos sus nombres.

La International Petroleum Company fue propietaria de la gran revista peruana Fanal, de distribución gratuita o por suscripción, en la que trabajaban los editorialistas de La Prensa. Fanal le encantaba a don Pedro y a su esposa Miriam, por sus artículos y sus artísticas portadas en una búsqueda de interpretar y plasmar estampas de la peruanidad presentada en el arte moderno peruano. Miriam fue una importante coleccionista de pintura peruana. En parte existió una gran influencia de ella en la publicacion.

Muchas veces Miriam intervenía directamente en la edición de Fanal, prestaba sus cuadros para que los fotografiaran. Era usual que se le consultaran por teléfono, las portadas, y también nombres de pintores, de literatos, historiadores, intelectuales y periodistas, entre otros. Fanal fue en verdad un faro cultural importante en las décadas del cincuenta y sesenta, que publicó trabajos de intelectuales de la talla de Jorge Basadre, María Wiese y Honorio Delgado, entre otros. Además difundió pinturas de Macedonio de la Torre y de Juan Manuel Ugarte Eléspuru.

En este contexto político, la izquierda peruana que careció de mayor significación hasta el golpe militar del general Juan Velasco, vivía inspirada en la revolución cubana, en los discursos de Fidel Castro que se escuchaba por radio de onda corta y en la propaganda cubana que promovía el anuncio de la revolución en toda América Latina. En sus preparativos para desencadenar la guerra popular, señaló a don Pedro Beltrán de ser el representante del imperialismo yanki y a La Prensa de ser su portavoz. Entonces todo lo planteado por Beltrán era lo más antidemocrático que podía existir.

Es cierto, Beltrán y La Prensa con su vespertino defendían las inversiones del capital extranjero, principalmente del norteamericano. La izquierda nunca anunció, ni aceptó señalar, que en el supuesto de llegar al poder con quienes reemplazaría al capital norteamericano, y era evidente que haría lo mismo que hizo Cuba, entregarse al capital soviético o ruso. Todo eso para don Pedro Beltrán era una tontería, la industria soviética no estaba a la par que la occidental y que por eso según don Pedro, Cuba jamás se industrializaría. Tampco le convenía eso a los soviéticos.

La Prensa a veces caía en la respuesta inmediata y desplegaba fervorosamente un anticomunismo, elaborado sin ningún tipo de inteligencia que terminó dominando a sus periodistas más hábiles quienes sin mucho discernimiento escribían todo a favor de quienes estaban a la derecha, perdiendo todo tipo de crítica y de reflexión sobre la realidad nacional. Ellos son los que quedaron al frente del matutino y del vespertino, por decisión de los dueños, herederos de don Pedro, cuando fueron devueltos en 1980 y solamente caminaron hasta el colapso, que los cerró para siempre.

Es muy diferente que el dueño, no permita críticas a sus amigos y a sus parientes, y varios fueron despedidos de La Prensa, por publicar opiniones que disgustaban a don Pedro. La amistad y el cumplimiento de la palabra empeñada eran sus normas, que bien podría figurar en un escudo de armas que se dibujara sobre su vida, que se inició en las postrimerías del siglo XIX, el 17 de febrero de 1897, a quien le gustaba expresar que nació en Montalbán y se crió en la chacra, un decir suyo, porque estudió en el Colegio de la Recoleta y vivió de niño en la casa de su abuela materna.

La Prensa enfrentó periodísticamente las elecciones presidenciales de 1962, levantando las banderas del anticomunismo, apoyó al Apra y a su fundador Víctor Raul Haya de la Torre, pero también le tuvo simpatía por la candidatura del general Manuel A. Odría. El periódico no fue distante al exdictador, aunque a veces como que se recordaba la enemistad política de Beltrán, con quien enarbolaba el lema de "Hechos y No Palabras", por la gran obra de infraestructura estatal que realizó en los ocho años de su dictadura, que todavía sesenta años después, en el 2015, perdura.

La campaña electoral reflejó que tanto Haya de la Torre y Odría tenían una posición anticomunista y que no les gustaba las banderas reformistas de Belaunde, teñidas de nacionalismo y de estatismo, que el propio Belaunde llamó populismo. El cuarto candidato, el Dr. Héctor Cornejo Chávez, el líder de la Democracia Cristiana en el Perú, había interpretado brillantemente hacia la izquierda la Doctrina Social de la Iglesia Católica, que lo tuvo para siempre como un pensador anterior a la Teología de la Liberación, quien finalmente suscribió el velasquismo, sin dejar a su partido.

Cornejo llamó a Belaunde: "Chofer interprovincial", porque recorrió el Perú "pueblo por pueblo"; La Prensa denominó a la Democracia Cristiana el partido de "Los cuatro gatos"; el general Odría a Belaunde lo trataba de:"Comunista”, y  persistió en vincular a Haya de la Torre, como quien representaba "la antipatria que promovía el odio de los peruanos”. No mostraba cambio alguno el viejo dictador, quien acusó a los apristas de tirarle piedras, una de ellas le impacto en el rostro. Los apristas imprimieron en volantes, una rata, para señalar la corrupción durante la dictadura.

 Belaunde capitalizó su diferencia generacional con Haya, él era la renovación generacional con su lema "Adelante"  que se nutría del Perú profundo, y con su frase el “Pueblo lo hizo” lanzando la cooperación popular que provenía de su interpretación del imperio de los Incas, resaltando su colaboración y amistad con el sabio Julio C. Tello. Para Belaunde, Haya representaba el pasado que se nutría en la intelectualidad europea. Haya un político con más de cuarenta años de trayectoria que congregaba en torno a su persona a las más importantes movilizaciones de masas realizadas en el país.

David Odría entrevistando a don Pedro Beltrán.

Los críticos de Haya de la Torre, expresaban que el mundo había cambiado y que la televisión no lo ayudaba a encandilar a los votantes a diferencia de Belaunde, a quien Haya lo trataba de incapaz e irresponsable, sin mayor conocimiento de la realidad nacional y lanzando propuestas de gobierno que eran irrealizables. Don Pedro Beltrán opinaba lo mismo. Haya era un mito viviente que la televisión lo llevó a todos los hogares, hasta las familias que lo tenían de enemigo, lo vieron.  Con las persecuciones, las prisiones y los exilios que vivió, lo hicieron en el favorito para ganar y ganó.

El país siguió voto a voto el resultado de cada mesa electoras a través de la televisión, convirtiéndose en la elección más politizada que se recordara, en que los cuatro candidatos principales, persistían en seguirse comportando como si fueran entre cada uno de ellos con los otros, el agua y el aceite, y al mismo tiempo catapultó al conocimiento de la opinión pública a una veintena de periodistas, la mayoría eran de La Prensa. Para vencer se requería superar el tercio de votos emitidos. El Dr. Cornejo Chávez quedó rezagado, en tanto que Haya y Belaunde, se distanciaron del general Odría.

Y cuando ya era público que un sector del Ejército exigía la anulación de las elecciones y la convocatoria a un nuevo proceso electoral, se dieron a conocer los resultados. El jefe del Apra le ganó por unos trece mil votos al arquitecto Belaunde, quien se fue a Arequipa para levantar barricadas y anunciar el fraude. Un rumor de golpe de Estado invadió al país. Haya no pasó la valla electoral y el nuevo Congreso de la República tenía que elegir Presidente de la República y sucedió lo increíble. Con los votos del APRA estaba prevista la elección presidencial del general Odría.

A diez días de finalizar su mandato, un golpe militar derrocó al Presidente Manuel Prado, los golpistas lo apresaron en la noche del 18 de julio de 1962, en el Palacio de Gobierno y de inmediato lo mandaron al exilio. Los militares dejaron en claro que mandaban en el país. El nuevo presidente general Ricardo Pérez Godoy, quien está absolutamente olvidado, anuló las elecciones y gobernó en medio de un continuo conflicto social en auge, propiciado por la izquierda, que nada tenía que hacer en el proceso electoral y por tanto tonto útil que se cruzaba por el camino.

La detenciones de los agitadores no remediaban nada, en tanto se preparaban las guerrillas del MIR. El nuevo dictador, consideraba que la situación política era tan difícil, que le permitía ser el nuevo salvador de la patria y parece ser (no está probado), que quería perdurar en el poder un tiempo mayor y hasta indefinido que iniciaría postergando las elecciones, ya convocadas. Y cuando ya no faltaba casi nada para los comicios, su segundo al mando del país, el general Nicolás Lindley, lo destituyó de Presidente de la Junta Militar de Gobierno y se proclamó: Presidente.

El general Lindley, dictador por cuatro meses, salvaguardó el proceso electoral, con su golpe del 2 de marzo de 1963.  Belaunde ganó finalmente las elecciones y se convirtió en Presidente, había conformado una alianza electoral con Cornejo. Una victoria que no tenía ya razón para sorprender, con el absoluto apoyo del antiaprismo y de los militares. La consecuencia fue que Haya, quien quedó segundo, y el general Odría quien resultó tercero, se aliaron y sus bancadas en el Senado y en Diputados, conformaron una coalición política, que los llevó a tener la absoluta mayoría.

Es famosa la fotografía de Carlos "Chino" Domínguez, del almuerzo que don Pedro, ofreció en el patio de azulejos de su casa, al fundador del Apra, Víctor Raul Haya de la Torre y al exdictador Manuel A.Odría, quien fue acompañado por don Julio de la Piedra y don Víctor Freundt Rosell. En la fotografía figuran dos de los principales colaboradores de Beltrán, don Eudocio Ravines y don Pedro Roselló Truel. La foto señalada siempre de escándalo político, tan solamente señaló que La Prensa y su dueño pasaban a ser parte de la oposición al gobierno de Belaunde.

Durante años de años, la izquierda peruana ha enrostrado al aprismo esta fotografía, como si fuera una vergüenza, Haya de la Torre almorzando con sus dos mayores enemigos, el general Odría y don Pedro Beltrán Espantoso, quienes además estaban acompañados por sus dos lugartenientes. para la izquierda peruana no existe nada peor que el Dr. Eudocio Ravines, quien alguna vez fue jefe de ellos y los traicionó. En verdad que la foto es histórica porque demuestra que los peruanos pueden tener una capacidad de perdón y tratar de vivir sin odios y pacíficamente.

A todos no les parece lo mismo, son quienes privilegian el odio y la incapacidad para perdonar. Pero la verdad es que quienes salieron en la famosa foto que tanto comentario persiste en generar desde 1963, cometieron el error de no tratar de lograr un encuentro con el Presidente Belaunde y se fueron todos ellos por el camino de una oposición excesivamente dura, que después de ser liquidada la guerrilla del MIR, le abrió el camino al general Juan Velasco, a su golpe y a crear dictadura de izquierda que se llamó: "El Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas".

El Presidente Belaunde, se caracterizó como un gobernante que no cumplía sus promesas. La Prensa se lo recordaba siempre. Belaunde tuvo momentos de extrema popularidad, como su encuentro con los presidentes de la OEA en Punta del Este, en el que pronunció un discurso que gustó al país en general, convirtiendo su regreso a Lima en triunfal y un 15 de abril de 1967, el gobernante dijo: "Qué me aplaudes pueblo peruano, si tú mismo has hablado por mis labios.

Qué me aplaudes si fui a Punta del Este porque tú me mandaste. Y qué laureles me alcanzas, si tú te los ganaste. Poco después ocurrió la crisis fiscal y la devaluación de la moneda y la popularidad del Presidente Belaunde se esfumó, y se preocupó por acabar con la crisis económica, que lo logró con una reforma que realizó su último Ministro de Hacienda, Manuel Ulloa, mientras que dejó pendiente el tema de la Reforma Agraria, que quedó pendiente en Congreso. En cambio pudo con Ulloa lograr un acuerdo con la IPC y se firmó el Acta de Talara, el 13 de agosto de 1968, que fue muy bien recibida por la opinión pública, la oposición y también La Prensa mostró conformidad.

La ceremonia de la suscripción del acta de Talara, estaba llamado a ser uno de los mayores acontecimientos de la historia peruana, por lo menos de la década, con la presencia del Presidente de la República, presidente del Senado, Carlos Manuel Cox y el presidente de la Cámara de Diputados, Andrés Townsend, y así el Perú recuperaba el dominio de La Brea y Pariñas, pero la IPC conservaba el petróleo a través venta de petróleo que le haría en lo sucesivo la Empresa Petrolera Fiscal.

Cuando nadie lo esperaba, en la noche del 20 de setiembre de 1968, el entonces presidente de la Empresa Petrolera Fiscal, Carlos Loret de Mola, anunció que había desaparecido la página once del borrador del contrato, en la que se fijaba el precio del petroleó. Enorme escándalo que preparó el golpe del general Juan Velasco. Lo curioso es que a Belaunde no se le trató, ni se le acusó de ladrón o corrupto, solamente de incapaz y de demente, algo que le gustó mucho al dictador Velasco.

Rompen con Belaunde, la alianza con la Democracia Cristiana, su partido Acción Popular se dividió, desprendiéndose su izquierda, acaudillada por el ingeniero Edgardo Seone Corrales, quien era el Primer Vicepresidente de la República y se sumó al velasquismo. La Prensa apoyó en sus últimos días en el poder al Presidente Belaunde. No le dio tregua a la Democracia Cristiana y estuvo en contra de los disidentes del partido Acción Popular, encabezados por el Vicepresidente Seoane.

En la madrugada del 3 de octubre de 1968, un grupo de militares a órdenes del general Velasco, tomó Palacio de Gobierno, apresó al Presidente Belaunde y lo deportó a Buenos Aires. Golpe tradicional pero no fue a la derecha, seis días después nacionalizó La Brea y Pariñas, el señor Carlos Loret de Mola fue señalado de patriota, al igual que el ex Vicepresidente Seoane, mientras que el dictador por cuatro meses en 1963, general Nicolás Lindley, se sumó al velasquismo para seguir siendo embajador en España y se convirtió en la prueba viviente de los fundamentos del velasquismo.

El general Lindley, dejó usar su nombre durante todo el velasquismo, para que se señalara que las Fuerzas Armadas, en 1963 le otorgaron la última oportunidad a los civiles para que resolvieran los problemas nacionales y el Presidente Belaunde fracasó y por eso se legitimaba el velasquismo en el poder con sus nacionalizaciones y su reforma agraria. Don Pedro Beltrán afirmó que eso era mentira, que él había hablado dos veces con el general Lindley en 1963 y que su objetivo era dejar el poder, porque se venían las guerrillas y se necesitaba un Perú unido para que el ejército las combatiera.


MIRIAM Y MI PADRINO

 Apartir de 1960 traté a don Pedro Pedro Beltrán Espantoso, a veces esporádicamente, por momentos con continuidad diaria, porque alguna vez le dijo a mi abuelos Miguel y Rosita que le gustaría ser mi padrino de Confirmación, un par de días después que me accidentara y antes de la ruptura por razones políticas con don Miguel Fort Magot, cuando aceptó ser Primer Ministro del Presidente Prado. Gustó mucho la idea de establecer un compadrazgo con Beltrán. En el momento de la propuesta y de la aceptación, era el único niño de la familia.

 Don Pedro alguna vez estuvo preso en El Frontón, su esposa Miriam no solamente compartió sus angustias y preocupaciones con mi abuela Rosita, sino que ella, a Miriam y a su concuñada Maricucha, las llevó a La Parada a comprar todas las cosas que podía necesitar junto con su grupo de colaboradores presos en la isla presidio, desde comida a colchones, toallas y frazadas hasta pasta de dientes, jabones y papel higiénico. Y también participaba en la preparación de la comida diaria que se enviaba a la rada del Callao para ser embarcada en lancha.

Miriam y don Pedro.
Una legión cocinaba en la casa de la señora Maricucha Ballén de Beltrán. Miriam por su propia seguridad se mudó con su concuñada. La puedo visualizar, sentada en la biblioteca, quieta, llorosa y con pañuelo en la mano, era muy cariñosa conmigo, me sentaba entre ella y su sobrino Perico, quien aseguró siempre que en esa época me detestaba, señalándome de odioso que lo perseguía hasta que escuchaba mi discurso que preparaba. Me quedaba con ellos poco tiempo, porque Zabaleta, el chofer de la casa, se iba una vez que bajaba todas las cosas que había traído.

Mis abuelos Miguel y Rosita, fueron en verdad los amigos de los momentos más difíciles de la familia Beltrán. Don Miguel asumió la dirección de La Prensa, clausurada y perseguida en los días que Beltrán estuvo preso en El Frontón. La Prensa en pleno, en un solemne acto, le entregó una placa de oro a don Miguel Fort que tenía grabada una reseña de estos hechos en los que le señalaba su agradecimiento, por su actuación en defensa de la libertad de prensa. Y fue así que con el único pretexto de la política, una amistad de toda la vida se acabó en un segundo.

Pero sucedió que la señora Miriam y su cuñada Maricucha, no aceptaron acabar la amistad con mi abuela y con el pretexto que ella en esa época presidía el Hogar del Ingeniero y era directiva del Hogar de la Madre, la convocaron para que colaborara en las obras sociales del gobierno. Y unos años después las dos señoras y el propio diario La Prensa, fueron fundamentales para que mi abuela Rosita fundara la Caja de Cooperación Cristiana, una fundación que pagaba los estudios superiores de hijos de señoras que se habían quedado solas al frente de su hogar.

 Esta participación en las obras sociales del gobierno, hizo que el Primer Ministro Beltrán se encontrara con mi abuela un par de veces y tenía una única pregunta: el estado de la salud de su ahijado. Sucedió que me había caído sobre el chasís de un ómnibus del Expreso Noroeste, el que estaba saltando, jugando mundo, algo que siempre había hecho. Este acababa de ser importado de Estados Unidos y mientras le fabricaban la carrocería en el taller, mi papá lo tenía estacionado en un costado del jardín de la casa de su mamá, en la que vivíamos.

No morí en esta caída sobre dos postes de acero, separados y unidos en forma horizontal por otros seis, que formaban tres X, pero si quedé bastante delicado por la pérdida de sangre por la boca y la nariz. Cuando ya había dejado la cama de convalesciente, la señora Miriam con su cuñada Maricucha y sus hijos Pedro y Felipe, después de visitarme, me invitaron a pasar un fin de semana a Cañete, a la Hacienda Montalbán. Y como me acompañaba mi amigo Oscar "Chino" Malpartida, también fue convidado.

Don Pedro y Miriam.

Años después Oscar Malpartida y Pedro Beltrán Ballén fueron amigos a partir del verano del 67, tiempo en el que se realizó un campeonato nocturno de fulbito en el Colegio Santa María, a los que asistieron ex alumnos y a partir de entonces La Prensa publicó los triunfos deportivos del Chino, convirtiéndolo en la leyenda de la tabla hawaiana. Desde que Oscar salió del colegio al final de ese año, se convirtió en uno de los principales testaferros de Pedro y participó en los directorios de sus empresas. Ambos fallecieron con poco tiempo de diferencia.

En este tema del padrino impuesto, me generó a mis siete años, un rechazo absoluto, ya que ese señor, para mi hosco y antipático, que tenía de apodo Pirulo, nombre que le había puesto a mi perro, vaya a ser mi padrino y sin consultar con nadie, le pedí a mi tío Miguel que lo sea y aceptó. Entonces se generó un momento de tranquilidad en la casa porque ya no había interés en el compadrazgo con Beltrán, y se pensaba que era probable que se desistiera al final. Mi abuela Rosita, estuvo conforme con mi decisión de escoger a uno de sus hijos.

Don Pedro no iba a estar en la fecha señalada en Lima, y Miriam en una invitación que le hizo a mi abuela Rosita, le dijo que su esposo consideraba que era mi padrino, con o sin ceremonia y ya dependía de Miguel Fort, si se me permitiría verlo en el futuro. La Misa de Primera Comunión y de Confirmación en la capilla del Colegio Inmaculado Corazón, oficiada por el cardenal Juan Landázuri, mi abuelo Miguel me acompañó al altar en representación de su hijo. El inolvidable desayuno servido en el colegio, después de un ayuno de doce horas, calmó el hambre.

Unos minutos antes del almuerzo, que fue como un banquete que ofreció mi abuela Rosita, el chofer de Miriam, así la llamaba a la señora Beltrán, dejó en la casa para mí, una cadena y una medalla de oro del Sagrado Corazón de Jesús. En la tarde, con una enorme caja de chocolates y un reloj de oro de regalo, llegaron Pedro y Felipe Beltrán Ballén, tenían el encargo de su tío de saludarme y de felicitarme. Unas semanas después, Miriam pasó a recogerme acompañada de su sobrino Pedro y con ellos entré por primera vez a la casa Beltrán.

Y quien siempre se me había mostrado antipático, me recibió en el primer patio de su casa, él mismo abrió la puerta del carro y me ayudó a bajar, no me dijo choca esos cinco lavaplatos, como a veces se decía, pero me extendió la mano y yo si le dije "Choca esos cinco lavaplatos" le gustó mucho, lo festejó, le dio mucha risa y demoró en darme un fuerte y excesivo apretón de manos, diiendome: "Bienvenido". Me sorprendió que me estuviera esperando, nunca me había pasado eso y era el famoso Beltrán, que salía en televisión hablando del Perú.

Estaba impactado. Eso de que era mi padrino, era de a verdad, no era un cuento, ni una mentira, iba en serio. Pedro a quien ya consideraba como mi mejor amigo, nos acompañó al escritorio de su tío y les narré como había sido el día más feliz de mi vida. En verdad espero que lo haya sido, pero era una frase impuesta en la memoria por las monjas del colegio. Se rieron cuando les dije que no había sentido nada con la Comunión y con la Confirmación, eso me confundía enormemente. Sentí mucho apoyo de parte de ellos. De pronto, Beltrán, se había convertido en mi tío Pedro.

Cuando nos sentamos en el comedor y yo a su derecha, al frente estaba Miriam, en verdad era como un abuelito. Un poquito antes que sirvieran el almuerzo, me dijo que él se consideraba mi padrino de Confirmación, un hecho trascendente por el que el Espíritu Santo, convertía el cuerpo en su propio templo. Don Pedro, muy serio, afirmó con voz firme, que le hubiera gustado estar presente en la ceremonia, pero que tampoco fue invitado, ni representado, porque había estado en el extranjero. Para él únicamente valía haber dado su palabra de que sería mi padrino.

Recordó que mis abuelos Miguel y Rosita, lo habían ayudado en un momento en que no sabía qué pasaría con su vida, cuando lo detuvieron y lo mandaron a El Frontón. En la vida, lo escuché decir varias veces, que había que ser siempre agradecido, sobre todo con quien te ayuda cuando nadie te quiere ayudar, pero también que es muy importante el hecho de cumplir la palabra empeñada. El siempre cumplía su palabra, como todo hombre de bien lo hace y esta era la primera enseñanza de un padrino para con su ahijado.

Esta explicación no era la razón central por la que me había invitado a almorzar y a conversar a su casa, sino que teníamos que tener una primera reunión entre quienes éramos padrino y ahijado, tal y como me hubiera acompañado a ser Confirmado. En este momento él estaba en el gobierno y carecía de tiempo para todo, pero tenía que saber y comprender, que siempre por más ocupado que estuviera, tendría un momento para conversar conmigo. Me dijo que estaba muy contento de que hubiera aceptado que él fuera mi padrino.

 En la mesa observaba a don Pedro Beltrán con enorme curiosidad, como puede mirar un niño de casi ochos años de edad, a una de las mayores personalidades del país, que ya antes lo había conocido y que nunca sintió que lo mirara con simpatía, de inmediato, sin ninguna duda me hice pradista y por sobre todo beltranista. El afirmaba una cosa y me animaba a que opine y a que hablara, sería como un lorito que les generaba la mayor curiosidad y alegría, en una casa en la que no había niños, que les hablaba en inglés. Una norma obligatoria en esa casa.

 A Miriam no le gustaba la pronunciación limeña del castellano, que le parecía un canto expresado a toda velocidad, generalmente se perdía en la conversación, y le mortificaba señalar que no estaba entendiendo nada y lo único que atinaba a hacer era levantarse e irse lo antes posible. Miriam no era una mujer muy sociable, gustaba de pequeños grupos de amistades y en ese momento en su papel de la señora esposa del Primer Ministro de un gobernante a quien gustaba el boato, la fanfarria y la elegancia, daba signos de estar cansada hasta el agotamiento.

Ella descendía de holandeses que inmigraron a Estados Unidos, mujer de expresión dulce que acompañaba con su voz bonita y su forma era la de ser muy tranquila. Todo en ella la convertía en una mujer de maneras muy suaves, absolutamente elegante y distinguida, pero de trato distante con los demás, sonreía ampliamente sin abrir la boca, a veces mostraba sus pequeños dientes, que en realidad eran muy chiquitos, yo la fastidiaba que no podía comer carne entera, seguramente la licuaba y ella se reía a carcajadas.

Miriam me decía que no era una tragedia no tener hijos. Algunas personas le hacían comentarios desatinados y ella les decía que no era así. Conmigo fue muy conversadora y siempre todo le parecía lindo. Su sonrisa se veía preciosa y reluciente en su rostro. Cariñosa, buena, encantadora, no tengo otro recuerdo de Miriam. Poseía una forma particular de observación, cuando estaba situada frente a un óleo, lo observaba con detenimiento, sin hacer gesto alguno y si era una exposición venta, se sabía que con un simple movimiento de la mano anunciaba su compra.

Ella misma le decía a sus secretarias y a su servicio doméstico, que era una mujer un poco delicada de los nervios y que no se le debía llevar la contraria, preferible era que renunciaran y que se vayan. No aceptaba el no como respuesta. En Lima era muy solitaria, le encantaba la ciudad pero no conocía gente, ni le interesaba conocer más gente, más allá de los que ya conocía. La agotaba ser presentada como la señora Beltrán y ser vista como una curiosidad, Miriam se explicaba así misma, que como le decían "la gringa", la veían como un bicho raro.

Solamente se mostraba unida con su concuñada Maricucha, quien vivía atacada de celos, por el dominio que Miriam tenía sobre su hijo Perico y guardaba las formas con su cuñada Augusta Beltrán de Thorndike, a quien le hubiera gustado que su hermano Pedro, al que adoraba, se hubiera casado con una peruana que le diera hijos y nietos, pero finalmente, la escuché decir que no era su vida, aunque llevaba esa pena de la que a veces necesitaba hablar, aunque reconocía que Miriam sabía acompañar a su hermano.

Miriam realizaba su propia obra social que vinculaba a La Prensa y a la Embajada de los Estados Unidos, era ayudada por dos secretarias, quienes dividían su trabajo en tres parte, el día de la madre, el 4 de julio, fiesta nacional de los Estados Unidos y la Navidad. No quiso formar parte de la obra que encabezó la señora Rosalía Lavalle de Morales Macedo, con su fundación El Hogar de la Madre, la más famosa e importante que se realizaba en el país y a la que pertenecía su concuñada Maricucha, quien era pariente de la señora Rosalía.

La señora Beltrán decía con añoranza y emoción que solamente era feliz en Estados Unidos, en cualquier parte que estuviera en su país, siempre y cuando estuviera acompañada de su marido. Y le gustaba decirme que apenas llegaba a Lima, estaba acostumbrada desde el primer día que conoció el Perú a preparar su regreso. No mostraba mayor interés por La Prensa y Ultima Hora, pertenecía al directorio de la empresa y lo presidió. El Estatuto de la Libertad de Prensa de Velasco, la obligó a renunciar, porque conservaba su nacionalidad norteamericana.

Le encantaba leer, la página “La Prensa a sus Órdenes”, que estaba centrada en la ayuda a la colectividad, y ponía el grito en el cielo si es que se convertía en una tendencia publicar mujeres en ropa de baño, que llevaban periodistas al periódico y las fotografiaban en la redacción. Leía con interés la página sociales, pero en verdad no conocía mucho a la sociedad limeña, gustaba leer sobre matrimonios, despedidas de solteras, fiestas, y aniversarios, en general. Ya después su cuñada y concuñada, le ampliarían la información sobre la vida de las familias que le llamaban la atención.
Su mundo en Lima, giraba en torno a la Embajada de los Estados Unidos, participaba en todas sus actividades y de allí siempre conseguía nuevas y brillantes jugadoras de bridge, así decía. De esta forma el mundo social de Miriam crecía pero igualmente se estrechaba ya que no se extendía más allá de las actividades del Instituto Cultural Peruano Norteamericano, cuyos dos locales del Centro de Lima y el de Miraflores visitaba a diario, asistía a todas las exposiciones de pintura de artistas jóvenes, que ella patrocinaba y fue mecenas al comprarles algunas de sus pinturas.

Era usual que asistiera a los diferentes estrenos de obras de teatro, de música, de ballet y de bailes folcklóricos que se realizaban en el auditórium del Instituto en Lima. Igualmente Miriam tenía una actividad importante en el Instituto Lingüístico de Verano, cuya sede visitaba con frecuencia y le tomó mucho aprecio a la persona que lo administraba y se preocupaba que lo entrevistaran en el periódico e incluso le pedía a Elsa Arana o al doctor Ravines que vieran la forma que fuera entrevistado por la televisión.
En La Prensa y en Ultima Hora, Miriam estaba señalada de ser una señora muy religiosa, que lindaba en el fanatismo, de exigir el cuidado de las formas para preservar la moral, pero no era más o menos católica de lo que eran las señoras de los años cincuenta y sesenta. El motivo es que las polillas se metían en La Prensa, no los insectos, sino las mujeres jòvenes que por dinero se fotografiaban con el pretexto de dudosos concursos de belleza pretendían exhibirse en el matutino y su vespertino.
Alguna vez estalló el escándalo en la casa Beltrán, cuando se publicó una foto de don Pedro con una niña poco agraciada en ropa de baño y reina de algún concurso de belleza de visita al diario. "Polillas" exclamaba sin ningún tipo de cansancio Miriam y le gritaba a su marido: "A las polillas se las acaba así". Realizaba un aplauso o la forma en atrapar a las polillas con las manos extendidas y luego se limpiaba las manos con una servilleta de papel e iba a lavarse las manos al baño".

Se realizaron a partir de La Prensa varios concursos de belleza con ropa de los Andes, que lindaba mucho con promover la ropa folklórica, pero algo así con falditas muy cortas, que al momento de sentarse se les veía el calzón y los chicos de antes, los de La Prensa, miraban extasiados. Todos miraban, incluyéndome y vaya comentarios que se generaban. Ya no existen esos suspiros. Nadie ya diría nada, un calzón con sus blondas, pareciera que ya no llama la atención. En esos años no existían los desfiles de lencería.

No tardé muchos minutos en contarle a Miriam. Me tomó poco, solamente ir a su casa, a tres cuadras. Regresé al periódico con ella. La señora Beltrán fue de inmediato a conversar con la secretaria de su marido, para que le hiciera un resumen de lo acontecido. Las señoritas habían estado en la dirección y les tomaron unas fotos y don Pedro había recorrido las instalaciones con ellas. Su sobrino Pedro salió a calmarla, peor aún, ella entró a la dirección y todos salieron despavoridos y cuando vio a su flemático esposo le dijo "You're son of a gun" y se sentó derrumbada en uno de los sofás.
Seguramente la escucharon, convirtiéndose para muchos en intolerante. A veces a los esposos también les gustan las escenas de celos, pero parecía que le habían puesto una veintena de jovencitas para que don Pedro por lo menos deleitara la vista, "con carne nueva, joven y sabrosa, pero de ninguna manera virgen", escuchaba decir entre los muchachos de La Prensa y Ultima Hora. Pedro me reclamó que para que había traído a su tía Miriam, me limité a decirle que ella había querido venir. Ese día cenamos en el Bolívar. Don Pedro y Miriam estaban reconciliados.

Me convertí, sin que nadie lo tuviera presente, en un niño que corría en la casa Beltrán por todos sus lados y era una mansión en la que no vivían niños, pero no me extrañaría que guardaba recuerdos de otros tiempos y tal vez por eso, me generaba una sensación, de mirar y tocar todo. Muchas veces creía que alguien me había tocado la mano, como si me quisiera llevar a un sitio, y corría muerto de miedo sin rumbo, siempre terminaba observando algo nuevo, como si me lo estuvieran enseñando y explicando. En esa casa nunca tuve dudas de que te miraban, pero no había nadie.

Nada en la casa Beltrán me parecía atemorizante, pero si era verdad que sentía que no estaba solo, años después me preguntó la esposa de Pedro, si había visto alguna manifestación de espíritus o de fantasmas, le dije que en verdad, que por suerte, que no. Pero bastó que dijera eso, para que hubiera problemas con la luz y otras cosas. Pedro era muy capaz de fastidiarnos, pero él estaba en el periódico, porque ella lo llamó y fuimos a su encuentro, porque no estaba contenta con las sensaciones que tenía y tampoco para nada le gustaba entrar a La Prensa, un edificio tan viejo.

Miriam, quien alguna vez se fue definitivamente a Estados Unidos y nunca más volví a ver, me queda como el recuerdo de una linda señora que fue mi amiga, le enseñé a jugar "Ocho Loco", que le encantó, como lo jugábamos en inglés, ella hizo algunas variantes. Se convertía en sumamente entretenido en jugar con ella, nos reíamos sin cansancio, cuando teníamos que hacer las venias, exclamando "good morning my lord o good morning my lady" y cuando salía el "Ocho Loco", le daban verdaderos ataques de risa cuando exclamaba "Crazy Eight".

En verdad que Miriam sabía silbar muy bonito, algo que se convertía en una atracción del juego. Alguna vez en la hacienda de Cañete, Miriam le enseñó a jugar su "Crazy Eight", a su esposo, a sus cuñados Augusta, Felipe y a su concuñada Maricucha. Muy agradable el juego, todo de mucha risa, ya era un juego que ella había inventado, pero cuando Miriam silbó, causó enorme y grata sorpresa en la familia de su marido, no era usual que una señora silbara delante de la gente, en cambio don Pedro Beltrán contempló a su mujer, sonriente y hasta extasiado, realmente la amaba.

La señora Maricucha, mamá de los Beltrán Ballén, visitaba semanalmente la hacienda en Cañete. Miriam a veces la acompañaba, y me llevaba, pasaba a recogerme para que vaya con ella. Miriam era muy buena conmigo. También íbamos al cine, eran los tiempos en que las más lujosas salas cinematográficas de Lima, estaban ubicadas en el centro de la ciudad, ahora están casi todas cerradas y abandonadas a su suerte. Miriam aprendió conmigo a salir a caminar por las calles de Lima. Ya no necesitaba salir a la calle con su carro manejado por su chofer.

Le encantaba ir a la mezzanine del cine Metro de la Plaza San Martín y también a la del cine Tacna, que estaba a dos cuadras de su casa. A veces del cinema íbamos a tomar lonche en el Cream Rica de Colmena. Una vez nos encontramos con la periodista Elsa Arana, ese día conocí a la mítica Doris Gibson, fundadora de Caretas, que la estaba acompañando con otras personas. Pero Miriam era distante, apenas si aceptó el saludo de las personas que acompañaban a Elsa, con excepción de Doris, todas trabajaban para La Prensa. Llamó por teléfono para que la recogiera su chofer.

El personal doméstico de la casa Beltrán me hablaba de los niños que venían a veces de visita, nietos de la hermana de don Pedro, quien era una señora distante en su trato pero cariñosa. Nunca coincidía con estos niños, que estaban señalados como los herederos de la casa. No los conocía, ni me interesaba conocerlos. Un día que estaba de visita, llegaron imprevistamente con sus padres después de almuerzo. Habíamos regresado de Cañete, con Pedro y con Felipe, estaba muy cansado y esperaba que me recogiera el chofer de la casa.

Nos presentaron con todas las formalidades, parecían haber salido de un escaparate de alguna tienda de Nueva York, tal y cual los presentaban a los muñecos cartón piedra de las películas de Hollywood y que eran vistos desde la calle. La mamá y los hijos eran elegantísimos en extremo, las amas antipatiquísimas y el papá absolutamente sencillo. Vinieron a recogerme y me fui a mi casa. Los vi varias veces, fuimos amigos, ellos vivían en la casa de su abuela como yo y decían que conocían Disneylandia y eso en verdad era un plus, para iniciar la amistad.

En ese año de 1960, de tan gratos e inolvidables recuerdos, me permitieron estar en el almuerzo en el que se anunció que mi amigo Pedro, oficialmente se incorporaba a La Prensa, ese día conocí a mi maestro en periodismo, el ingeniero Federico de la Rosa, quien sería un amigo sin par e igualmente a quien fue mi primer maestro de práctica de Derecho, el doctor Alfredo Allende. Pedro en su tocadiscos, repetía y repetía un disco de Los Morochucos, que en verdad era un fondo musical ideal para el segundo patio de la casa, el de azulejos.

Pedro estudió dos años en Canadá mercadotecnia y es curioso que se incorporara oficialmente a los dos periódicos de su familia, para de inmediato viajar por todo Estados Unidos y Europa, visitando diarios. Pero era visible que él ya mandaba, por lo menos lo comprobé en 1963 en La Prensa, cuando mi clase del colegio en el que estudiaba visitó el periódico. Guiaba la visita el periodista Mario Miglio. Me encontré con el gran periodista, ingeniero La Rosa, entonces me separé un poco del grupo, para contarle de mi presencia en el periódico.

Entonces vi en el descanso de la escalera a mi amigo, que andaba viajando por el mundo y a quien no veía hacía un tiempo, que estaba hablando con un grupo de mis condiscípulos de clase, y cuando me uní al grupo que estaba con Miglio, dije que lo conocía y no faltó quien fue a preguntarle a Pedro, si era verdad que me conocía y me negó. En eso, quedé frente a él, no hice gesto alguno y de pronto me levantó para tirarme para arriba y ponerme en el suelo. "Acá hemos jugado con Fernandito como si él fuera pelota", dijo. Sentí que toqué el cielo con las manos.

De inmediato, Pedro dijo que él se encargaba de los alumnos de su colegio y que seguramente, tanto Miglio como el periodista que lo acompañaba, tenían que trabajar, además ellos no sabían nada de su colegio, de repente no sabían nada de nada por estar perdiendo el tiempo con niños. Los dos miraban nomás, pero expresaban lisura y media sobre el sobrino del dueño, lo señalaban de incapaz. En lo sucesivo solamente les escuché insultos para Pedro de parte de ambos y me parece que todo el matutino y su vespertino, decían lo mismo. Seguramente querían que los escuchara.

En La Prensa las habladurías que se generaban sobre Pedro Beltrán Ballén, significaban para mí, tan igual que tocar las puertas del infierno, incluso escuchaba palabras que no sabían qué significaban, y tenía que estar buscando a alguien que me pudiera explicarme el significado. De pronto me enteré que me llamaban: "El niño", recuerdo que una noche, después de una reunión de alumnos y de ex alumnos del Colegio Santa María, no sé cómo terminé en la casa de una periodista del periódico, no recuerdo quién era.

De pronto, cuando me vio la periodista, exclamó: "Me han traído al niño, no puede ser", se acercó a verme y repetía que si era el niño que corría por La Prensa y reclamaba molesta, que era lo que hacía en su casa, por lo menos que me quedara quieto. En eso me puse a discutir con ella que no era ningún niño, que ya tenía doce años y que estaba en quinto de primaria, le pedí que me llevara a su trabajo que eran "comisiones periodísticas", le ofrecí mi amistad, aceptó y no tardó en llevarme a un par de sus comisiones, con el fotógrafo Carlos "Chino" Domínguez.

Un día me encontré con en el descanso de la escalera del periódico con el ingeniero La Rosa, casi como sacándole pica y también como un reproche le dije que una periodista me llevaba a su trabajo y me respondió que él no trabajaba de niñera. Entonces se puso Federico muy serio y reclamó: "No le estén diciendo el griego, que algún día va a escribir sobre todos nosotros". Así me enteré que ya no me decían niño, me habían bautizado como "el griego", con toda la mala intención del mundo. Pero acepté, me encantaba la mitología griega, no hice problemas, era todo lo contrario a una lisura.


En esos días el Colegio Santa María, cumplió sus bodas de plata, con una semana de celebraciones. Con un amigo de su promoción fueron los ex alumnos que quedaron a cargo de mi clase. Se convirtió en una experiencia única, por las charlas y la simpatía de ambos que generaron entre nosotros. Permitieron comprar lo que queríamos del quiosco, ellos pagaban. Pedro quiso imitar a una película francesa, en la que mostraba a los niños realizando una guerra de pasteles, no salió igual, pero ver a los dulces, en especial las bombas regadas por el suelo, fue una desgracia.


MIS INICIOS

En verdad, periodismo, es para mí don Pedro Beltrán, mi "tío", de cariño y su periódico La Prensa. Y también su esposa Miriam y su sobrino Pedro, de quien persistiré siempre en decir que: "Mejor amigo no es posible tener". Y lo es también el ingeniero Federico de la Rosa Cedermatori, quien al verme en su redacción el 26 de julio de 1965, después de haber participado por primera vez en el desfile escolar del Campo de Marte, exclamó: "Me han traído al niño. ¿Por qué la señora Fort no me manda a su nieto con una niñera".

En eso días me sentaba al lado de la periodista Regina Seoane, la única que me hablaba. Federico se la pasaba refunfuñando si me veía y me mandaba a quedarme quieto, me exigía que leyera los periódicos y que pusiera en un papel los titulares que me gustaban y después me mandaba al archivo. Si veía a Regina, quien siempre es linda y buena, me acercaba donde ella quien me iba presentando con los demás, hasta que apareció la estrella del periódico: la gran Elsa Arana Freire, absolutamente imponente me conocía de siempre, y me sentó en su silla, frente a su máquina.

Elsa me apabullaba, le tome distancia, me miraba, levantaba la mano diciéndome hola y recién me acercaba a hablarle y me dejaba opinar hasta que de pronto llamó a Tom y Jerry, cuando le dije que lo leía todos los domingo con alguna vergüenza le estreché la mano a don Alfonso "Pocho" Delboy, mientras Elsa sonriente le reiteraba: "Lector de lujo". Realmente no podía creer el gran periodista, que un jovencito que cursaba el primero de media lo leyera, y partir de ese momento se convirtió en una persona siempre generoso en sus conceptos para conmigo.

Con Pocho Delboy nos reencontramos varias veces, finalmente en la oficina de Lima de la Agence France Presse, cuando trabajé de redactor. El usaba la conexión del cable para transmitir sus artículos a la revista Visión Internacional de México, de la que fue corresponsal y decidió que yo digitara su trabajo en la computadora, es decir los tipeara y los transmitiera, en lugar del teletipista. Lo último que hizo en esta vida fue una entrevista al exPresidente Fernando Belaunde sobre la Guerra de las Malvinas.

Era un sábado en la tarde, Lo vi muy bien, pero muy apurado en todo, algo agitado, como si le faltara tiempo. Falleció súbitamente en el escritorio de su casa en Miraflores, al día siguiente. Enseñaba don "Pocho" Delboy que no bastaba ser el mejor, era una obligación ser puntual en la entrega, porque la edición cierra, tu trabajo se quedó sin publicar y los lectores no se enteraron de la existencia de tu trabajo. Recuerdo que ese sábado, me insistía mucho en eso, mientras tipeaba su largo artículo y me repetía que nunca me agremiara, era una pérdida de tiempo.

En mis primeros días en La Prensa, cumplí 13 años de edad y Elsa, quien era informal en todo, se vestía muy elegante, cuando tenía un compromiso especial, combinaba zapatos, cartera y guantes. Y así mi amiga se presentó a La Prensa para invitarme a tomar un desayuno de antes del mediodía al Cream Rica de La Colmena. Ya estábamos sentados, cuando entró, quien ya era mi amiga a través de Elsa, Doris Gibson, imponente a la luz de la mañana, con su nieto Marco. Ella se sentó con nosotros, no podía creerlo. Se encantó cuando le dije que leía Caretas.

Esta mi primera temporada en La Prensa, vacaciones de medio año de julio, quedé a cargo de Elsa Arana por decisión de Miriam y de mi abuela Rosita. Y así fue hasta que Elsa fue exiliada. Y todo esto sucedió porque unas semanas antes fui a recoger a mi abuela a la casa Beltrán. Me recibieron dos mayordomos que me conocían, la reunión de señoras no había terminado, y me acomodaron en una salita. No tardé en irme a curiosear por los pasillos y me encontré con Pedro Beltrán Ballén. Creo que ni me vio, pasó de largo, y me pareció que dijo que lo esperara.

Abrió una puerta y entró. Estaba yo aburridísimo, entré al escritorio de la casa. Imponente como siempre el enorme escritorio, era lo primero que se veía, allí sentado don Pedro, escribía una nota con pluma fuente. Colocadas frente a él había unas sillas muy cómodas.  En una de ellas estaba sentado su sobrino revisando Expreso, cumplía una orden. El dueño de la casa, me vio, pero solamente atiné a salir disparado. Perico salió para hacerme entrar,  y dijo: "Saluda a tu tío Pedro". Lo saludé de lejos e hice el intento de acercarme para ver si me daba la mano.

Se puso de pie, para observarme y lentamente me acerqué, me dio muy fuerte la mano, pero enfrenté el reto, me hizo sentar. Preguntó sobre los luises y le respondí: "monedas o reyes", a su sobrino le dijo: "Tengo que probarlo en La Prensa. Y así se cumplió a destiempo, el sueño de mi vida. Se estableció, a petición de mi abuela Rosita, que en el caso que escribiera algo que valiera la pena se publicaría y saldría firmado, pero con seudónimo. Cuando llegó el momento, Federico de la Rosa, me puso un seudónimo para que nunca olvidara que me publicaron cuando estaba en el colegio.

Mi tío Pedro en los siguientes meses me hizo leer la vida de todos los Luises, reyes de Francia y sobre la moneda luises y el ministro de finanzas Jackes Necker cuya política económica propició la Revolución Francesa. Y cuando acabamos el tema le dije que si las cosas seguían así, la revolución se convertiría en inevitable en el Perú y solamente dijo: "Eso me temo". No quería para nada al entonces Presidente Fernando Belaunde, convencido de que nos llevaría al desastre social.


A La Prensa, solamente iba en verano y en fiestas patrias, cuando el ingeniero La Rosa me convocaba. Pero también de pronto regresaba a mi casa del colegio, y se me metía en la cabeza de irme lo antes posible a La Prensa, en la esquina de mi casa tomaba el colectivo Tacna - Trípoli, mi única forma para llegar al centro, allí ya pensaba si antes visitaba la casa de Miriam o la de Doris Gibson. Para que no me escapara, mi mamá que daba clases particulares a niños, me sentaba con sus alumnos, para que los ayudara a hacer sus tareas y también les repasaba sus lecciones.

Siempre pienso que si mi mamá no hubiera tenido buenas ideas para mantenerme en la casa, con algo que hacer en las tardes, para que no me escapara, el terremoto del 17 de octubre de 1966, que fue unos quince minutos antes de la cinco de la tarde, no sé en qué lugar me hubiera agarrado, ni que cosa me habría pasado, tenía catorce años cuando sucedió. El centro de Lima jamás es un buen sitio para que te agarre un sismo, que en esa oportunidad, rompió muchos ventanales de los edificios y se desprendieron muchas cornisas.

En este periódico lo mejor que podía pasar es que me mandaran a las filmaciones de las películas de esa época. Mi único interés era estar lo más cerca posible de la mujer más linda que podía existir: Patricia Aspíllaga, la estrella peruana. Nos conocíamos de siempre, me señalaba como su amiguito con el que jugaba Matatirutirulá. Pedro la adoraba, salían juntos, todos creían que estaban enamorados, pero no les llegó el amor. Un día Patricia fue a La Prensa con su tío, don Ramón Aspíllaga, de allí se iban a almorzar a la casa del tío Pedro.

El periódico era un revuelo de campanas, Federico de la Rosa, quería una foto de Patricia y exclamaba para que todos lo escucharan, en su condición de único gallo que allí cantaba, que para qué le servía ver a tantos periodistas, si ni uno le podía traerle a Patricia. Le dije: "Señor, si usted quiere, la traigo, es mi amiga". No escuchaba más que risas, no eran de maldad o de burla, sino de aprobación. El ingeniero La Rosa me mandó exclamando: "Vamos Fernandito, tu puedes" y le señaló a Carlos "Chino" Domínguez que me acompañara.

Cuando estaba por entrar a la dirección, el Chino me dijo: "Tú sabes que el redactor nunca deja a su fotógrafo". Le di la mano y le dije: "Nosotros somos amigos". Entramos juntos a la oficina. Y el Chino, de frente le tomó fotos a Patricia, quien estaba acompañada de dos amigas. En mi ronda de saludo dije que le había prometido al ingeniero La Rosa, llevar a Patricia al segundo piso para que le hicieran un reportaje. "Una promesa es una deuda, que no veo razón para que la incumplas", dijo el director, con la aprobación de don Ramón Aspíllaga Anderson.

Mujer para bella, linda y sencilla, repetía el ingeniero La Rosa, feliz y sonriente. Patricia encantó a todos y se tomó fotos con todos, después vino Perico con un hermano de la estrella, y ya nos fuimos al almuerzo. En la tarde de regreso al periódico caminando en el centro, no recuerdo día más bonito, de la mano con Patricia. Y el ingeniero de la Rosa, al día siguiente bajó conmigo a comunicarle a don Pedro Beltrán que era cierto que Fernandito, tenía condiciones como ya habían previsto y le presentó el plan de comisiones para los quince días siguientes.

Llegó el momento de la boda social del año, Perico se casó con Carla. Y Patricia me dijo que no es posible casarte con tu mejor amigo. Años de años después, cuando yo trabajaba en El Observador, Patricia, siempre preciosa, a pesar del accidente aéreo del que sobrevivió, me aceptó que la fotografiaran en su silla de ruedas en su devoción a la Santísima Virgen María, agradeciéndole que estuviera viva. Este fue el momento más emotivo que me tocó vivir en periodismo. Un recuerdo que siempre me emociona. No pude redactar la entrevista, se me caían las lágrimas.

Mi primera época en La Prensa se acabó rápido y sin aviso, por un desagradable incidente de maltrato verbal que me tocó vivir en una casa en la que se presentaba a la prensa de los artistas que trabajaron en una película nacional, rebotando en un escándalo en el personal del diario. A partir de entonces no se me permitió a que volviera a salir a la calle, acompañando periodistas. Y este tiempo tuvo como mi mayor y mejor experiencia la semana en la que salimos en las mañanas a los colegios de los jesuitas Fe y Alegría, llevados por quien sería el cardenal Augusto Vargas Alzamora.

En lo sucesivo hasta la confiscación cuando iba a La Prensa mi radio de acción quedó limitado a la dirección. Mi tarea era leer y presentar un comentario de los editoriales que se publicaban y aprender sobre todo la técnica de la redacción periodística. Mi destino era integrarme en el momento oportuno al grupo de editorialistas del periódico. La verdad es que no sabía cuándo llegaría ese día porque ya me estaban publicando. Solamente subía al segundo piso para hablar con el ingeniero Federico La Rosa, quien revisaba lo que escribía, realizaba las correcciones y publicaba.

De paso siempre me sentaba a conversar con Elsa, y si no había nadie conocido, seguía dando vueltas, bajaba y subía por el ascensor, caminaba por todos los pasillos y deambulaba por todos los ambientes, buscando con quien conversar, me iba hasta donde llamaban el techo. Siempre aparecía gente que me conocía de cuando me decían "niño" y decían que ya no me estrellaba en contra de las paredes. Nunca me estrellé en contra de nada, solamente hacía lo que hacíamos en el colegio, corríamos y corríamos en los pasadizos y nos deslizábamos como si estuviéramos patinando.

En la mezanine de la escalera, corría y corría de pared a pared, la tocaba con los dedos y me tiraba al suelo como si estuviera jugando a las estatuas, me daba vuelta, y a veces me caía pero hacía formas estilísticas y me quedaba quieto como si fuera una estatua. Y siempre había alguien que lo recordaba, ya estaba más grande. Pero el apodo de griego no me gustaba, para nada, después me pusieron espartano y así quedó para un grupo de mis amigos de cuando fueron a este diario cuando Beltrán Ballén fue su director.

El bronce del ascensor de La Prensa, se me asoma a veces como lo más reluciente en los recuerdos y puedo visualizar al ascensorista y a su ayudante puliéndolo con un trapo después de haberle echado brazo. Si te detenías en su arte de sacarle brillo, lograbas que te brillara a los ojos la intensidad de ese dorado que algunas películas de Hollywood logran captar. Y el ascensorista era mi pata, me decía que su hermano había sido chofer del Expreso Noroeste, y su familia quería mucho a mi papá, porque después de la quiebra, le consiguió un buen trabajo.

Mi amigo, el ascensorista me contaba todos los chismes y los rumores, de las maldades que sin descanso se hacían los prójimos unos contra otros, se convirtió en mi primer informante, para él según su experiencia de vida y de sus propias creencias andinas, existía un "amarrado" que significaba que se había amarrado a la persona que era dueña de todo para que nunca pudiera perder el control sobre todo, a cambio de que acabara La Prensa cuando esta persona muriera. El presentía que todo estaba ya todo por terminar.

Y llegó la revolución como presagiaba don Pedro, con el velasquismo o "el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas". Y oficialmente en el Perú no existía hombre más malo que don Pedro Beltrán Espantoso, a quien se le acusaba de estar en el servicio del imperialismo yanqui y para devaluarlo más ante la opinión pública, se presentaba a don Luis Miro Quesada de la Guerra, director de El Comercio, como el verdadero patriota. Y él tío Pedro exclamaba que: "la gente cree lo que quiere creer, no se puede hacer nada".

No le satisfacía para nada el hecho que las ventas de La Prensa superaran a El Comercio, porque: "el periódico se vendía solito, era demasiado bueno", señalaba el propietario, sacando pecho con orgullo genuino. Y decidió dejar a sus herederos al frente a todo (su hermano Felipe, y sus sobrinos  Pedro y Felipe), decidiendo por el auto exilio en los Estados Unidos. Perico se hizo cargo de la dirección de La Prensa, su padre también se fue a Nueva York y a su hermano Felipe, el periódico lo aburría hasta el cansancio.

Prodigioso doctor Allende

Don Pedro, decidió antes de irse de Lima, que le escribiera todo lo que habíamos conversado, estaba por acabar el colegio y tenía que prepararme para entrar a la universidad. No era posible. "Nada es imposible", sentenció para agregar que todo madura a su tiempo, quedando con Federico La Rosa, Alfredo Allende y con sus sobrinos, que me ayudarían a pensar de lo que es el Perú, hasta que pudiera presentarlo por escrito. En tanto Pedro asumió la dirección interina, convirtiéndome en una especie de asistente suyo, junto con Oscar "Chino" Malpartida, además de dos amigos más.

 En esa especie de locura que era preparar una monografía de la situación del país, cuando tenía que acabar a como sea el quinto de media, con el trauma desplegado en mis hombros que cargaban la repetición del cuarto de media, inicié mi colaboración con el doctor Alfredo Allende Kuillvfer, un ser increíble, quien se abstraía en sus pensamientos durante horas, solamente para resolver situaciones reales y hasta imaginativas de La Prensa. Por primera vez ingresé a su oficina a fines de 1970, no había nadie, su secretaria me hizo pasar.

La Prensa no tenía oficina más visitada que la del "Doctor. NO", así se le llamaban, pero a nadie le importaba que su característica sea siempre un primer no, cuando escuchaba la petición de un trabajador para obtener un adelanto de quincena o un pequeño préstamo de la empresa. Sus negativas lo convertían en el ser más duro que una piedra. Para siempre me quedará la duda de que tantos le tocaban la puerta o lo abordaban en su caminar, para pedir un pago antes de tiempo, era porque ya antes lo había otorgado.

Los periodistas, inventaban tragedias espantosas, con la única finalidad de conmover su espíritu y ablandar a su corazón, igual de duro como una roca. El doctor Allende, apoderado de La Prensa y de Última Hora, abogado y contador, en un cuaderno apuntaba el nombre y el apellido del solicitante, la hora y la fecha en la que escuchó los horrores que envolvía a la persona que presentaba su solicitud verbal. Estaba convencido que este era un mundo de desgracias que atormentaban a los seres humanos y gracias a Dios, existía La Prensa, que nucleaba a tanto penitente, sentenciaba.

 En su cabeza no era posible aceptar que le mentían con impunidad, pero estaba convencido que quien necesita plata hoy, mañana también, al igual que la próxima semana, el mes siguiente y todos los años de la vida que le estaban destinados para vivir desde que nace cada persona y en verdad creía que Dios los había puesto en su camino, para conocer de sus penas y tormentos para que después de escucharlos, les otorgaba la confianza que en el momento correspondiente les pagaba sus salarios con una puntualidad convertida en un culto religioso.

Alfredo poseía la cualidad de ser afectuoso y escuchaba a las personas como si fuera en verdad un sacerdote en el confesionario. Una vez le dije que uno de mis amigos en el colegio, carecía de vergüenza en el momento de presentar una disculpa al cura que tenía frente, él era capaz de presentar la inmediata muerte de cualquier miembro de su familia. Sorprendentemente le creían. El apoderado me explicó que no tenía que creerle nada a nadie, porque la empresa vivía al límite y la plata para pagar las planillas era sagrada. No existía plata para nada más.

 En verdad que me confundía, Alfredo. No me decía que el poderoso diario La Prensa era pobre, sino que no tenía plata para nada que no fuera fundamental y eso era otra forma de decir que se era pobre. Claro que le comprendía a que llevaba a la práctica, su posición de no gastar por gastar, porque si no tenía plata para pagar la planilla se consumiría cada quince en la angustia y él sabía perfectamente que para nada era un ave fénix que podría después de muerto volver a la vida a partir de sus propias cenizas.

Entonces me dijo que su muerte tendría tres actos sucesivos, tan igual como una obra de teatro, que valga la pena espectar. En el momento de morirse, tendría que gestarse de inmediato y automáticamente una combustión interna que en una milésima de segundo incinere el cuerpo, que a su vez permita su nuevo nacimiento, pero ya no sería como el de un bebe que sale del cuerpo de su madre, sino en el mismo hombre que era él, con todos sus conocimientos, surgido de sus propias cenizas, ya no podría nacer desnudo, sino vestido.

Dudé que Alfredo pudiera ayudarme en el desarrollo de mi monografía, de pronto cambió de tema, pasando a hablar de los Luises, reyes de Francia, breve resumen de la historia galante de esos monarcas, señalando a las amantes y sentenció que Luis XVI, careció de una querida conocida, puntualizando como una curiosidad, que fue el único a quien mandaron a la guillotina, me pareció que don Pedro también lo había hecho estudiar a todos los Luises, pero que su apoderado, decidió leer lo que le dio la gana y era la única razón por la que él no escribiría la monografía.

Pasó un año, don Pedro, quien estuvo en el verano y otoño en Lima, regresó imprevistamente, llamado con urgencia por el doctor Allende, el Estatuto de la Libertad de Prensa del Gobierno Revolucionario exigía que viviera medio año en el país o era destituido de su cargo de director de La Prensa. Ya no era posible que cumpliera este decreto del velasquismo, ni quedándose hasta fin de año, sintió que Lima estaba muy fría, que le descomponía el cuerpo y se regresó a Estados Unidos, instruyendo a su apoderado que encontrara todos los argumentos legales para defenderlo.

Ordenó don Pedro, en razón de que cursaba el segundo semestre del primer año de Letras, pasara a trabajar con Alfredo, en verdad que me costó presentarme en su oficina nuevamente, tenía que ir internado. Y así "el griego", como me decían, se puso corbata, dos tardes de la semana, porque tenía que ir al Tribunal de Minería, y también preguntar en el Ministerio de Agricultura por expedientes de inicio del proceso de reforma agraria para fundos agrícolas. Causó revuelo, dejé de ser un niño, mis amigas del diario estaban felices, pero los enemigos pasaron a llamarme "espartano".

Y llegó el día del hallazgo, encontré el lugar en el que se estaba tramitando el proceso de adjudicación por la reforma agraria, los tres fundos que estaban a nombre de una empresa de accionistas, que eran testaferros de Pedro y de su socio Roberto Letts. En el diario, no estaba ni Allende, tampoco Pedro o su hermano Felipe y no tenía a quien decirle, que había triunfado. Federico La Rosa Toro me dijo que fuera a hablar con don Pedro, pensé que ya había viajado. Cuando entramos a la dirección, le dijo a don Pedro: "Tenemos abogado", su frase fue demasiado a destiempo.

 Don Pedro Beltrán Espantoso tenía el rostro iluminado, repetía una y otra vez: "Gracias a Dios. Dios, mi Señor, no me abandones a mi Pedrito, que es lo único que me diste en esta vida", y es que estaba convencido, que el general Juan Velasco, lo quería destruir a él y a su familia, y estos tres fundos, cuyos expedientes de adjudicación habían desaparecido, creía que estaban en manos del diario Expreso convertido en cooperativa y cuyos periodistas se auto denominaban los "mastines de Velasco y de la revolución", para proseguir con mayor intensidad las campañas en su contra.

 El director de La Prensa respiraba tranquilo, aunque se le veía emocionado, le dictó un memorándum a su secretaria para el doctor Allende, y le pidió que le mandara a oficiar un mes de Misas al Señor de la Justicia, cuya capilla está en la Iglesia de Santo Domingo, y que comprara además un milagro (corazón de plata), que él con su sobrino dejaron ese mismo día. Era visible que estaba feliz, mientras llegó el doctor Allende y me mandó con él para que volviera al Ministerio de Agricultura. Lo curioso es que los tres expedientes no estaban en reforma agraria, los encontré en una pequeña oficina.

 En la búsqueda, me había rasgado el pantalón en el fundillo y se había roto en las rodillas, me caí de un anaquel, podría haber matado a una secretaria si hubiera caído sobre ella. Mi caída fue igual a la de un gato, pero el pantalón de mi terno ya no servía para nada. la gente no se daba cuenta, si no lo contaba, nadie se daba cuenta. El Dr. Allende se presentó como apoderado del diario La Prensa y que tenía una queja que pasaría de inmediato a comprobarla. El jefe de la oficina, sabía quién era, lo había visto en televisión y se mostró honrado de conocerlo.

 El funcionario, se imaginó que no íbamos juntos, que estábamos por separado. Nunca vi a nadie más hábil en el trato con la antigua burocracia que Alfredo, únicamente se puso la investidura de La Prensa, pidió que le trajeran un expediente después de revisar el libro de ingresos, mientras me trajeron sin pedir lo que había encontrado una hora antes. Estábamos sentados en una misma mesa, no se hizo problemas y revisó con velocidad sorprendente los tres expedientes, nunca vio los expedientes que solicitó.
 Entonces me exigió que saliera a la calle y que hiciera subir al chofer de don Pedro con su portafolio y que me quedara en el carro, a la espera de cualquier novedad. En verdad que había descuajeringado a los tres expedientes y estaba mejor no volver allí. Después, ya en la noche, en Santo Domingo, me enteré por Pedro que el doctor Allende había sacado, de cada expediente, documentos que lo señalaba como propietario de los fundos, presentados por uno de los accionistas, temeroso en su momento, pero que después de recibir dinero de parte de Alfredo, vivía en Miami.

 Pedro me dijo que su tío exageraba en exceso y que la dictadura, todavía no se iba a meter con ellos, mientras el tío Pedro expresaba que era muy fácil hablar cuando ya la situación estaba arreglada. Esos papeles estaban quemados, para siempre y él mismo les prendió fuego, porque a su familia este dictador no le iba a hacer daño. Me sorprendió que tan abiertamente expresara que su sobrino Pedro, era quien constituía su familia. Esa noche con mi pantalón roto, cenamos en La Taberna del Hotel Country Club.
 En la cena, don Pedro le dijo al doctor Allende que me pusiera a partir del primero de agosto, cumpleaños de mi mamá, en la nómina, eso significó que mientras vivió don Pedro Beltrán, recibí una asignación mensual, en mi caso era pequeña, pero me permitió después tener departamento con Dalma y pagarle a su ama, para que trabajara con nosotros. En la nómina conmigo éramos quince personas y pagaba la empresa propietaria muy pequeña que de propiedad de la empresa propietaria de las acciones de La Prensa.

Alfredo había convencido, un buen tiempo atrás, a su jefe, don Pedro, así lo llamaba, para que compre todas las acciones existentes del periódico, pagando el mejor precio para que se desprendieran de las mismas, todos sus tenedores. Un par de veces lo vi negociar en su estudio la compra de acciones, él era persona muy conocida y eso impactaba en los vendedores, quienes se sentían más confiados. El fue panelista y productor del programa de televisión del Dr. Ravines ya deportado del país y convertido en apátrida.

 Por este programa, que tuvo el sello de don Pedro Beltrán, se hizo Alfredo muy conocido, aunque la gente, en verdad no sabía de donde lo conocía. A él no le pasó nada a diferencia de Elsa Arana, a quien no se le permitió volver al país, ella también fue panelista y productora. El doctor Allende nunca tuvo problemas de tipo político con el velasquismo y si los tuvo, se mordió la lengua, es decir guardó silencio. Él siempre era el componedor de todo, el que resolvía todos los problemas, era simplemente prodigioso, como lo llamaba Pedro.

 Alfredo sabía que quienes vendían acciones de La Prensa, estaban apurados por tener dinero en la mano, antes se averiguaba un poco de la vida del vendedor que a veces se presentaba con su señora. Primero los buscaba en el Libro de Oro y veía sus antecedentes familiares, llamaba por teléfono a su mamá y después a la señora Maricucha, mamá de los Beltrán Ballén. Entonces los atendía de acuerdo a lo que eran en la vida por sus distinguidas familias. Para él ya estaban muertos de hambre y requerían de mucha suerte para no detener la caída, ya en cuesta abajo en la rodada.

 Nadie estaba interesado en comprar acciones de La Prensa, solamente Beltrán. Las acciones en manos de terceros eran remanentes de otros tiempos: Alfredo al accionista y a la esposa y a los hijos, si estaban presentes, les ofrecía algo para tomar, lo que quisieran. En su estudio, en el que trabaja con dos sobrinos, poseía un gran bar y una mejor cafetería, atendida por una persona que era su mayordomo personal, casi un valet. Les hablaba de sus familias, les hacía sentir la importancia de conocerlos y de pronto ofrecía diez veces más del precio y allí se acababa todo.

 En su oficina, tenía una gran caja fuerte, a prueba de todo. Allí guardaba su colección de joyas, de estampillas y de monedas, que estaban señaladas entre las más importantes del país. También un pequeño cuarto secreto en las que guardaba sus barras de oro y su colección de platería. Era hombre rico y como era un ser decente, todo lo que tenía provenía de su trabajo y de la absoluta lealtad a don Pedro Beltrán Espantoso, pero en verdad se había enriquecido, me decía que él siempre confió en Pedrito y esa era la clave de su éxito. Aunque finalmente una mala inversión lo arruinó.

 Creía que Velasco estaba poniendo las cosas en su sitio y que si bien era cierto que estaba destruyendo el principio de la propiedad privada, algo se tenía que hacer para dar a todos los peruanos una oportunidad decente de vida, pero consideraba que el velasquismo no tenía otro camino que el fracaso. Él era quien le había enseñado a Perico, que cuantas más personas tuvieran dinero para gastar en el Perú, mejores empresas se podían crear, mejores negocios se podían realizar y una millonada de dinero se podía ganar, reduciéndose los riesgos que siempre acompañan a la inversión.

 En esta disyuntiva de Velasco, de si pero no, se encuadraba el beltranista doctor Alfredo Allende, amigo y socio del doctor Eudocio Ravínez, de quien se refería así: "Agente del imperialismo yanqui quien vivía en el México del PRI, vaya uno a creer las vueltas de la vida", y con el tiempo me fui dando cuenta que siempre llegaba a su oficina cargando el ejemplar diario de La Prensa y el de Última Hora, los ponía encima de su escritorio y esperaba a que su amigo, el ingeniero La Rosa llegara apurado para llevárselos, antes le hacía una breve explicación.

 A poca distancia se podía ver que tenía rayas que formaban perfectos cuadrados o rectángulos en lápiz rojo, en lápiz azul alguna enorme X, como tachando una nota periodística y con carboncillo negro una anotación de dos o tres palabras. Le preguntaba a Federico que era eso y se limitaba a decirme que Alfredo estaba loco y que simplemente quería volverlo loco a él. En eso llegó el día en que me atreví a tomar los diarios para descubrir el misterio, eché llave a la puerta para que no vaya a sorprenderme la secretaria y nunca dejará de admirarme el prodigioso doctor Allende.

 Poseía su propio sistema para presentar la crítica más descarnada y completa de la edición diaria del periódico y de su vespertino, entonces recién comprendí a don Pedro Beltrán revisando detenidamente los ejemplares marcados por Alfredo, a veces reunido con los editorialistas, o simplemente con sus tres sobrinos, o con el propio Alfredo, el genio del periódico. Nadie estaba a su altura, nunca trataba de superar al jefe, quien luego llamaba, en el caso que no estuviera presente a Federico La Rosa y ambos se ponían a trabajar, mientras todos salían apurados, menos yo y Perico.

 El ingeniero La Rosa se ponía en la máquina de escribir, la que era suya y de nadie más. Solamente cuando estaba en ella, tuteaba al poderoso Beltrán: "No estés fisgoneando lo que escribo, mejor te sientas tú y lo escribes. Ya sé lo que quieras que escriba. Espérame un par de minutos, así yo no puedo trabajar". Perico lo tomaba del brazo a su tío y ambos de pie se retiraban unos metros y se quedaban mirándolo, alguna vez entró Alfredo y exclamó: "Están viendo a nuestro Chopin, nuestro máximo artista, componiendo la obra de arte que mañana sin falta publicaremos".

 Federico escribía la nota más pequeña o el editorial más complejo, que se generaba en el cerebro de don Pedro, quien ya teniendo las carillas en sus manos, a veces exclamaba: "Vamos a dejarlo descansar". Podían ser unas horas y hasta unos días, el mismo tachaba y escribía encima, su secretaria lo pasaba en limpio, llamaba a su apoderado, quien daba su opinión y era el propio don Pedro quien subía a la redacción a entregar el artículo con su visto bueno, que le había redactado Federico, para su inmediata publicación.

 En verdad que mi tío Pedro tuvo maneras que nadie poseía en su época o ahora, seguramente por eso es que la gente que trabajó en La Prensa, guarda tan buen recuerdo de él. Sucedió que después que falleció mi abuela Rosita, me llamó para que vaya al periódico, y mandó pedir almuerzo al Bolívar, luego me dijo que me sentaraen la máquina de escribir de Federico y él me dictó la necrología de mi abuela que publicó La Prensa, y con la nota periodística exhibiéndola en la derecha, lo acompañamos con Pedro, Felipe y Alfredo, a subir a la redacción:"Mañana, arriba en sociales", ordenó.

La Monografía

El tema de la monografía lo resolví con facilidad con el ingeniero Federico La Rosa Toro, él me dijo que tenía que escribir sobre el Perú, pero que esperara hasta que entrara a la universidad, porque ya tendría en muy poco tiempo el material suficiente en el que podría basar mi trabajo. Todo se puede escribir siguiendo la técnica de la redacción periodística, nada es imposible, ya verás que no hay nada, que no existe nada y que de pronto sin que te des cuenta, te vas a encontrar escribe que te escribe, sin parar. Me decía mi amigo Federico.

 Tuve que leer tantos textos para Introducción a las Ciencias Sociales, en el primer ciclo de Letras, para simplemente aprobarlo con las justas, que me resulta increíble, que fueran la base de la monografía para don Pedro Beltrán. Ya lo tenía todo armado, cuando en el segundo ciclo de Letras, conocí un libro maravilloso, que me emociona recordarlo, ya que me ayudó muchísimo en la vida: El Otoño de la Edad Media del holandés Johan Huizinga, cuya idealización del final del medioevo trae consigo la luz de la aproximación del renacimiento. Una esperanza en el futuro.

 Pedro demoró en leer mi monografía y darle su conformidad, por eso no se realizaba la corrección final de Federico La Rosa, tanto él como el doctor Allende estaban muy contentos con mi trabajo. No estuvo lista para cuando don Pedro regresó a Nueva York. Ya en enero de 1972, se la llevó Alfredo para recibir las órdenes respectivas de lo que todos tendrían que hacer, en el caso de la aplicación del Estatuto de la Libertad de Prensa del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas.

"Sin libertad no hay periodismo profesional honesto; solo hay el periodismo mercenario", Pedro G. Beltrán Espantoso, editorial del 24 de julio de 1974, en las vísperas de la confiscación de La Prensa y de Ultima Hora.

(continuará)


EL FINAL

1.- Introducción.

2.- Destitución velasquista de don Pedro Beltrán de la dirección de La Prensa, 10 de febrero de 1972. 

3.- Alianza de las familias Beltrán y Miro Quesada, sellada por Doris Gibson en su casa, abril de 1974.

4.- Asalto, Toma y Confiscación velasquista de La Prensa, 27 de julio de 1974
.
5.- Don Pedro G. Beltrán como los elefantes regresó a su tierra a morir en el verano de 1979. 6.- Homenaje de cuerpo presente, de La Prensa en pleno, a su exdueño y exdirector, sin presencia de la dictadura, reafirmándose en "Cueva de Baquíjano", 17 de febrero de 1979, en el día de su cumpleaños.




1. Introducción.-

En la foto, el general Juan Velasco Alvarado, presidente del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (1968 - 1975), responde el saludo de personal de La Prensa y de Ultima Hora, a su paso por el diario el 29 de julio de 1974 de regreso a Palacio de Gobierno, después de presidir la parada militar por Fiestas Patrias, a las 48 horas de haber mandado asaltar y tomar a los cinco diarios limeños, para confiscarlos.

La Prensa inició así su angustioso y únicos trece meses velasquistas, dominada por la incompetencia de los interventores estatales que llevó al diario a la tergiversación de la noticia pasando por la mediocridad de sus temas, en que pasó a autodenominarse denominarse: "La Prensa Socialista".
El periódico quedó así dominado por gente extraña al periodismo, anteponiéndose a sus periodistas y trabajadores, que se quedaron en su alma mater, que se inició el 20 de julio de 1934, año de su reapertura, a partir de una primera inversión de dinero de don Pedro G. Beltrán.

Ellos, los confiscadores, llevados de la mano del general Velasco y protegidos por la policía de la dictadura, se apoderaron de la "Cueva de Baquíjano", como la izquierda llamaba con desprecio a la sede del mejor periódico que ha tenido el Perú, ya que era usual llamarlo "el diario de Baquíjano", por estar ubicado en la calle Baquíjano, cuadra siete del Jirón de la Unión en el N° 745.

Esos trece meses socialistas fueron destructivos, irreparables, dejaron a La Prensa en escombros. Los interventores intentaron convertirlo en un diario proletario, del que los empresarios, aquellos que ponen avisos de publicidad, tomaron distancia para siempre. En cambio El Comercio, con la confiscación pasó a ser dirigido por el Dr. Hector Cornejo Chávez, líder de la Democracia Cristiana, conservando su avisaje y prestigio.

El Comercio publicó la sociedad cristiana a partir de una brillante interpretación que realizó el Dr. Cornejo de la Doctrina Social de la Iglesia Católica. El Dr. Cornejo Chavez, es uno de los más importantes maestros de Derecho que ha tenido el Perú, y fue en vida absolutamente respetado por sus alumnos, entre quienes me encuentro. Cada quien toma sus propias decisiones de vida.

En La Prensa, la primera medida fue duplicar los salarios, para demostrar que Beltrán los "tenía en la miseria" a todos, por tanto "se robaba la plusvalía del trabajador" pero solamente se justificó los elevados sueldos de los miembros del comité directivo confiscador y de sus allegados, que de boca para afuera luchaban mano a mano, codo a codo y con el puño en alto a favor de las comunidades laborales, que de acuerdo a la ley vigente, eran las sociedades de trabajadores constituidas en cada empresa, que recibían un porcentaje de la utilidad anual en acciones, hasta llegar al 51% del total. A este sector social del país se adjudicó el periódico, el 27 de julio de 1975.

Ninguno de ellos se inmoló, ni conjuntamente o por separado, por lo menos protestó cuando desaparecieron para siempre las comunidades laborales, pero durante los trece meses velasquistas siguieron a pie juntilla el criterio del dictador que La Prensa de Beltrán, representaba a los propietarios del Perú, sean nacionales o extranjeros, pero principalmente al imperialismo norteamericano y que a partir del proceso de socialización de La Prensa pertenecía a los trabajadores. Tan solamente una mentira.

Don Pedro previamente a la confiscación corrigió por teléfono desde Nueva York, un editorial del diario redactado por Juan Zegarra Russo teniéndome como apuntador, en que se señalaba la estabilidad laboral de todos los trabajadores del diario y de su vespertino Ultima Hora, pero en el tema de los periodistas se convertía en un tema de conciencia.

La directiva de don Pedro, que transmitió inmediatamente esa noche por telefono a tres o cuatro personas representativas de los periodistas y trabajadores, transmitida boca a boca, consistió en que se quedaran todos, porque nadie más que ellos estaban capacitados para cuidar al diario.

El velasquismo, es cierto, consagró la estabilidad laboral en la legislación peruana, pero botaba sin misericordia a sus opositores de las expropiaciones y confiscaciones, pero quienes se quedaron en La Prensa -casi todos- tuvieron todo el derecho, amparados por la ley vigente a quedarse.
Para el caso del retorno, que asomaba como un imposible en el día del asalto y de la toma, les dejó don Pedro su promesa de que no habría represalias para quienes se quedarán. Pero también era una realidad que el irse voluntariamente a la calle era condenarse al hambre.

Sin embargo, en ese mismo editorial titulado: ¿Estabilidad laboral del periodista? don Pedro me señaló su acuerdo de que era inaceptable que el ciudadano se levantara y encontrara en los kioskos de periódicos (realizada ya la confiscación de La Prensa, Ultima Hora, El Comercio, Correo y Ojo), otros cinco Expreso o otros cinco La Crónica, matutinos ya en poder de Velasco.

Y don Pedro Beltrán, terminó creando este concepto, originado en el pensamiento brillante de Juanito Zegarra: "El periodismo es una profesión que, para ser ejercida con dignidad, profesionalidad y eficiencia, demanda -como ninguna- de libertad. Sin libertad no hay periodismo profesional honesto; solo hay el periodismo mercenario, servil ejercido inclusive por quienes, como los comunistas, no creen en los hombres a quienes aparentan servir y a quienes traicionan y denostan en cuanto cambia de manos el poder".

Su orden fue que ya no había tiempo, en verdad que estábamos en los descuentos y ordenó que ese editorial se publicara esa noche, el editor del periódico, el ingeniero Federico de La Rosa - Toro, luego de recibir la orden de su jefe de quedarse y de cuidarle su periódico, nadie mejor que él podía hacerlo, trabajaba en La Prensa desde 1934 con algunas interrupciones.

Federico se quedó durante todo el resto de la dictadura militar, junto con los jefes de página -excepción editorialy política quienes renunciaron- y casi toda la redacción original. El hecho de haber permanecido como editor del diario, le permitió, al ingeniero La Rosa - Toro, en la noche del 16 de febrero de 1979, escribir de memoria la semblanza de don Pedro que publicó en su portada La Prensa confiscada, el día en que murió, y organizar el homenaje de cuerpo presente quele tributó La Prensa y de Ultima Hora, antes de su entierro.

Hasta que falleció Federico en 1988, cada cierto tiempo, me recontaba del primer, segundo, tercer y subsiguientes días de los confiscadores, quienes no sabían hacer un cuadro de comisiones, ni editar el periódico, ni los horarios de cierre, ni la edición de provincias. Me daba tanta risa, por el lujo de detalles que exponía, por las palabras que empleaba, la forma como los describía y la falta de verguenza por la improvisación y la ignorancia manifiesta que mostraron. Solamente fueron unos aventureros.

La acertó don Pedro, en su último editorial, porque derrocado el general Velasco, nadie lo defendió, incluso su cuñado, Luis Gonzales Posada, quien se le conocía como "el cuñadísimo" por sus innumerables trabajos en la administración pública que le otorgó la dictadura, cuya ostentación hizo sin verguenza y sin pudor alguno: Aceptó ser director de La Crónica de quien botó del poder al cónyuge de su hermana, la señora Consuelo.


Renunciantes o despedidos

Poco después de la confiscación de La Prensa, el diario publicó un comunicado suscrito por su gerente general, Augusto Ortega Morote, en el que se señaló como renunciantes o despedidos a mi amiga Julia Delgado U (culturales), Oscar Diaz Bravo (mesa de edición), José María de la Romaña (editorialista), Luis E.Tord (editorialista), Federico Prieto Celi (editorialista), Alvaro Belaunde B (redactor), Francisco Perleche (redactor), Francisco Perelló (redactor), Walter Seminario (redactor), Manuel Tarazona (redactor, dominical), Alfonso Delboy (editorialista y director de 7 Días del Perú y del Mundo) y Jorge Castro de los Ríos (mesa de edición), puntualizando que ya se les había pagado sus respectivas indemnizaciones y beneficios sociales, sin embargo cuatro despedidos no habían cobrado sus indemnizaciones.

Siempre he pensado y repensado sobre la identidad de esas cuatro personas señaladas. Tenían que ser las dos grandes editorialistas de La Prensa, mi amiga la Dra María Tellería Solari, la beltranista número uno, mujer instruida, erudita, abogada, escritora de ciencia ficción, y una crítica ilustrada de la reforma de la educación velasquista; y mi amiga, la periodista Carmela D' Brot de Castañeda; y la tercera indudablemente era la secretaria de don Pedro Beltrán, mi amiga Ursula Neuebauer.
El cuarto despedido y/o renunciante sin duda tiene que ser el principal y emblemático periodista del diario, Arturo Salazar Larrain, cuya lealtad através del tiempo a don Pedro me es admirable. Salazar presidía entonces a la Federación de Periodistas del Perú, la facción de linea democrática y constitucional. El velasquismo creó su propia y efímera federación, que integró a muy buenos periodistas.

Sin embargo, faltan otros despedidos o renunciantes: el director de informaciones, Pedro Felipe Cortázar, y quien lo reemplazaba cuando estaba de descanso o no estaba en el periodico, Carlos Paz Cafferata, quien tuvo la columna Codo a Codo.

Y por supuesto no se puede dejar de mencionar al más brillante periodista de La Prensa, mi amigo y maestro, Juan Zegarra Ruso, jefe de editorial.

La lista de renunciantes o despedidos es mayor, incluye a los gerentes Felipe Pardo y Alejandro Aspíllaga, y los dos principales editorialistas de La Prensa: los maestros, doctores Luis Alberto Sánchez y Carlos Alberto Seguin, junto con los editorialistas Jorge Luis Recavarren, Guildo Chang Landa, Carlos Hernando, Hugo Parks, Tomás Unger, al director de La Prensa, Pedro Beltrán Ballén y al director interino, Mario Castro Arenas, quien decidió asilarse en la Embajada de Venezuela. Yo nunca cobré nada, tampoco renuncié a nada, me sacó la policía, era asistente de la Dirección.


El cambio de bando

Instantaneamente, en una milésima de segundo, ya con los confiscadores en el diario, quienes habían tomado primero los talleres para apoderarse de la edición y manipularla, surgió el amor inmediato de un apreciable grupo de La Prensa y de Ultima Hora, por el general Velasco, creyeron de buena fe que el patrón, es decir don Pedro Beltrán Espantoso, ya no comería de la pobreza de los periodistas y de los trabajadores.

Idilio propiciado por aquellos que ya eran velasquistas y que perdieron todo tipo de pudor apoyados por la enorme cantidad de agentes policiales que asaltaron la sede de ambos diarios, la "Cueva de Baquíjano".

Es cierto que los militantes apristas que trabajaban en La Prensa, un grupo apreciable, decidieron quedarse hasta que los botaran. Sus representantes tocaron la puerta de la dirección, en la víspera de la toma, en la noche del 26 de julio. Me sorprendió el hecho que el grupo en su conjunto estaba conformado por gente que conocía y que no sabía que eran apristas, y a los demás no los había visto nunca, de ellos un hombre y una mujer eran mis amigos y me presentaron al pequeño grupo.

Me llené de dudas, pero mi amiga es una mujer muy seria, confié en ella. Ellos querían hablar por teléfono con don Pedro, sabían que ya había hablado con por teléfono con otro grupo de trabajadores y por esas cosas que suceden, en ese momento, llamó el dueño de Nueva York y le pregunté si quería hablar con ellos, aceptó a regañadientes ante mi insistencia. Hablaron con él, se puso muy emotivo, no dudo que se le cayeron las lágrimas, por el hecho que gente joven, que en el momento final, le señalaran reconocimiento y uno de ellos prometió cuidar a La Prensa y a Ultima Hora, hasta que regresara.

Con varios de ellos, me reencontré en el homenaje brindado a Don Pedro, en la Cueva de Baquíjano, antes de su entierro. La conversación giró en torno a las noches en que protestamos en la Plaza San Martín.

Hay que resaltar la tragedia de todos los velasquistas, porque no duró mucho el velasquismo, trece meses después, de esta foto del general a su paso por La Prensa, el 29 de agosto de 1975 el general Francisco Morales Bermúdez, en un abrir de ojos, traicionó a su general que lo encumbró, olvidándose del himno que cantaban los cadetes del Ejército: "Con Velasco el Perú" que escuchó cientos de cientos de veces cantar al lado del dictador que expresaba: "La Fuerza Armada con el pueblo y Velasco al frente del Perú, hoy impone su bandera redentora en recuerdo del dolor y esclavitud. Con Velasco el Perú......con heroismo y honor, ha sonado el clarín, a la lucha te vas y el llamado febril de de vencer o morir.....hoy la América entera vibra toda de emoción contemplando la alborada de una gran revolución....".

Morales Bermúdez, derrocó a Velasco, para acabar con la revolución que al parecer nunca creyó. Se convirtió él mismo en dictador y usufructuar todas las confiscaciones realizadas, para ello mandó de inmediato botar a todos los presuntos velasquistas de los periódicos confiscados, de las fuerzas armadas y policiales. Después hizo despedir a todos los dirigentes sindicales de las empresas privadas y estatales, finalmente hizo expulsar a todos los velasquistas del Estado Peruano. En octubre de 1978, prácticamente se había borrado toda huella de velasquismo en nuestro país.

Es muy difícil comprender toda esta situación que vivió el Perú, y en verdad resulta siempre imposible explicar el hecho del cambio de bando en un segundo sin escrúpulo alguno y lo peor es que no duró nada. En el periodismo peruano los nuevos conversos al velasquismo, se pasaron al gobierno de Morales Bermúdez, y terminaron odiando a los más antiguos velasquistas, generándose un safarrancho de odios y de rensillas en el periodismo. Agravándose cuando los dueños regresaron repudiaron a unos y a otros.

En verdad, si se ve la foto de Velasco respondiendo al saludo de "La Prensa Socialista" confiscada por él, no hay que pensar o repensar, por las razones que la familia Beltrán, heredera de don Pedro Beltrán, no le interesó invertir un centavo en la Cueva de Baquíjano y dejaron que cierre primero La Prensa el 27 de julio de 1984 y casi de inmediato Ultima Hora.

El cierre definitivo de La Prensa fue justo diez años después del asalto, toma y confiscación velasquista.

La foto nos muestra que los cinco pequeños balcones del diario están repletos de gente, al igual que las ventanas. También lo estuvo el techo, la calle, la puerta. Todos vivaron al dictador y él los saludó sonriente, triunfante.

No hay que pensar mucho de las razones porque las que la familia Beltrán dejó que el periódico y su vespertino quebraran, justamente cuatro años después que fueron devueltos por la democracia.
La familia Beltrán estuvo presente en la ceremonia de devolución de La Prensa, pero no quisieron ningún tipo de figuración, le pidieron a don Miguel Fort Magot, antiguo accionista y exsubdirector del diario, que los representara. Y ellos mismos llamaron a su tía Miriam, la viuda de don Pedro, para que formulara un saludo.

Esta foto del general Velasco a su paso por "La Prensa Socialista" confirmaba las versiones de testigos que llegaron a la familia Beltrán sobre la jornada del 29 de julio de 1974, ni que decir del entusiasmo generalizado por marchar 7 de junio de 1975, en el Día de la Bandera, de Bolognesi patrono del Ejército, en el que se marchó todo ese día.

Primero fue la marchar a la Plaza Bolognesi y de allí a Palacio acompañando al carro descubierto del general Velasco. Regresaron para almorzar y en la noche se volvieron marchando hasta la Plaza de Armas y de a verdad desfilaron ante Velasco, tal y como lo hicieron los trabajadores de todos los diarios de Lima, junto con todos los gremios velasquistas.

Nunca he visto tanta gente reunida y tampoco jamás he criticado a quienes desfilaron, fueron casi todos los periodistas de la capital tenían trabajo en un periodico. En esos momentos, trabajaba en La Crónica dirigida por Guillermo Thorndike. En mi caso, de a verdad, antes muerto, que marchar ante Velasco, por suerte cubrí la jornada acompañando al gran Humberto "Chivo" Castillo, al poeta Reynaldo Naranjo y al fotógrafo Carlos "Chino" Dominguez.

Guardaba, hasta que se perdió, una enorme foto de mi compañera Dalmacia Mikulicic García, cargando entre varios la banderola de La Crónica. Nosotros, ayudados por la señora que fue ama de Dalma, nos encargamos del desayuno de todo el personal del diario, servido inmediatamente después del amanecer, un broche de oro, de lo que se convirtió en la más grande fiesta de la dictadura velasquista, y de a verdad que el licor corrió por todos lados duarnte toda la noche sea entre empleados, obreros y campesinos.

En verdad que los partidarios del Chino, apodo del general Velasco, lo celebraron con toda el alma, en una jornada en que la famosa frase: "Chino contigo hasta la muerte", se repitió y se repitió, expresada con calma, gritada a toda garganta y exclamada a todo pulmón, que retumbó en la Plaza de Armas. La gente cantaba: "Con Velasco, el Perú", que para algunos se lamaba "Llegó por fin el 3 de octubre" o también "Perú llegó la hora". Solamente un día duró que se podría llamar el "velasquismo total" en Lima".

El desayuno en La Crónica fue chocolate caliente, acompañado de sánguches de pavo y de lechón, para ello contraté a dos sangucheros. La comida la mandé hacer y la recogí antes de la marcha de una panadería de Lince donde prepararon y hornearon al pavo y al chanchito.No faltó quien reclamó por la falta de conejo. En estos casos Dalma manejaba todo lo que era dinero, supongo que ganamos bien. Me sorprendió que todo se lo comieron. No dejaron nada del chocolate que unieron al licor previamente ingerido en la madrugada. Antes de las siete y media de la mañana ya no había nada. En todos los periódicos fue lo mismo o parecido, claro con sus propias diferencias.

Hasta que un día como cualquier otro Velasco llegó de su casa en San Antonio a Palacio de Gobierno, ya no era presidente, lo destituyeron del poder. Regresó a su casa sin el apoyo de nadie, sin el agradecimiento de nadie, previa vuelta por la Plaza de Armas a modo de despedida.

Esa noche con un grupo de La Crónica caminamos por el centro totalmente en calma, en eso me di cuenta que se vendía una edición extraordinaria de Expreso, símbolo del velasquismo, apoyando a Morales Bermúdez, anunciando que con la destitución del general Velasco la revolución se fortalecía. Despúes conocí a varios de los mastínes de Velasco, como se llamaban los periodistas de Expreso, con quienes hice muy buena amistad.


2.-  Destitución velasquista de don Pedro Beltrán de la dirección de La Prensa, 10 de febrero de 1972

Don Pedro, como ya está señalado, tuvo tres herederos, su sobrino Felipe Beltrán Ballén, hijo de su hermano Felipe, quien era clerical y consideraba siempre que la Iglesia Católica tenía que tener más presencia en el diario, él solamente trataba con los periodistas que estaban vinculados al Opus Dei, a través de ellos desarrollaba su infuencia.

En La Prensa se conformó en torno suyo un grupo pequeño de periodistas, súmamente inteligentes y decentes en todo, encabezados por Juan Zegarra.

Felipe quedó muy decepcionado por la confiscación, consideraba que los comunistas convirtieron al mejor periódico del país, en un pasquín del velasquismo, que lo dejó contaminado para siempre.
Cuando le mencionaba el tema a Felipe de "La Prensa Socialista", se mordía los labios y renegaba en contra de Velasco, para pasar a tratar otro tema. Nunca le interesó a Felipe tener figuración alguna y mucho menos en los diarios de su tío.

El sobrino mayor de don Pedro, fue Felipe "Pipo" Throndike Beltrán, hijo de la señora Augusta Beltrán de Throndike, hermana de don Pedro. No tuvo mayor interés en figurar en el desarrollo de los dos diarios de su tío, a veces era muy crítico,porque consideraba que el diario estaba envejeciendose, mientras el mundo encaminaba a rejuvenecerse a partir de los Beatles. Su tío siempre lo escuchaba, le hacía caso. Dos de sus primos paternos, Bernardo Ortiz de Zevallos Thorndike y Jorge Wiese Thorndike, fueron directivos de la empresa, pero periodísticamente participaron en el día a día de Ultima Hora, un diario que le encantaba a Pipo. Un tercer primo Guillermo Thorndike, famoso y extraordinario periodista, se formó en La Prensa pero prefirió desarrollarse independientemente.

El tercer sobrino, Pedro Beltrán Ballén, hermano de Felipe, fue el preferido, vivía con don Pedro y su esposa Miriam, en la famosa casa Beltrán. A los veinte años de edad fue nombrado subdirector y un tiempo después fue también el gerente general, cargo que dejó para que varios de sus amigos que perdieron sus haciendas por la reforma agraria velasquista, trabajaran con él.

Juan y Felipe Pardo Aramburú, de la Hacienda Tumán y accionistas del diario se encargaron alternativamente de la gerencia general hasta la confiscación.

Pedro tenía un claro conocimiento de La Prensa, asumió la dirección el 10 de febrero de 1972, sucediendo a su tío, a los 31 años de edad, porque el general Velasco ordenó a la Prefectura de Lima, que lo destituya de la dirección del diario, por incumplimiento de la legislación vigente ya que supuestamente no había residido más de medio año en el Perú, como ordenaba el Estatuto de la Libertad de Prensa. La Corte Suprema avaló la orden del dictador.

Don Pedro inmediatamente después de su destitución regresó a Lima de Nueva York, poco antes de su cumpleaños, que celebró con una Misa en Santo Domingo, previa visita a la capilla del Señor de la Justicia. Quiso caminar de La Prensa hasta el templo, su ruta fue ir de frente por el Jirón de la Unión y cuando llegó a la esquina de la Municipalidad, bajó por Superunda hasta Santo Domingo.

Cuando cruzó a la plaza Pizarro, se detuvo a mirar Palacio, le dije que levantara la mano, lo hizo y me preguntó: ¿Para qué? y le conteste que le iban a contar al general Velasco, que lo había saludado. Se molestó, no le gustó para nada. Cuando se acabó la Misa, no hice cola para el saludo. El estaba parado frente al altar, ya nadie lo acompañaba y me animé a darle finalmente la mano, ignorando la molestia que le generé. Me sorprendió, estaba contento.

De regresó relizó la misma caminata. Pero llegó a detenerse frente al monumento del conquistador Francisco Pizarro y de allí levantó la mano, saludando a Palacio. Ahora mostraba a todos que estaba contento.
Ya en el periódico, despachó sus papeles y se fue al almuerzo que le organizó la comunidad laboral presidida por Mario Castro Arenas y al que asistió todo el personal de la empresa en el local que había donado a comunidad industrial.

Lo aplaudieron, lo ovacionaron, la gente lo quería, eso sintió, realmente estaba feliz. Completó la jornada don Pedro tomando lonche con un grupo de amigos en el Club Regatas y cenó en familia en el Club Nacional.

El hecho de haber sido destituido por el velasquismo de la dirección de su periódico, no lo desanimó para nada, él seguía al frente de la empresa, nada se movía sin su autorización. Nadie se dio cuenta, salvo él, nunca se le pasó nada, que en el interior del periódico, personas que eran allegadas a su sobrino Pedro, estaban buscando más figuración para lograr posiciones importantes.
Don Pedro permaneció un tiempo en la capital, desafiando al dictador, quien expresó que no le interesaba para nada la opinión del señor Beltrán. No recortó el poder de su sobrino, trabajaron como siempre, sin problema alguno.

Sin embargo, sucedieron hechos que lo alarmaron y en el caso de su sobrino Pedro, pensó en reemplazarlo, cambió de opinión era su heredero.

En cambio, el sobrino Pedro quedó marcado para siempre del hecho que no tenía la talla del tío para estar al frente de La Prensa. Lo peor es que él se convenció de eso, llenándolo de un desgano que lindaba a veces con la apatía para todo con lo que se refería con el diario.

En las últimas conversaciones que tuve con él antes que falleciera, Pedro quiso conversar sobre el tema, pero me negué a hacerlo, no valía la pena, porque el aprecio que podía tenerle como amigo, el mejor de todos, de su parte fue mucho menor, derrepente inexistente. Simplemente creo que yo trabajé para él y así fue todo. Finalmente no era más que un empleado más a la hora de sus decisiones, de las que no era ajeno su tío Pedro, y que existían otras personas, entre sus empleados y amigos, que le eran preferentes.

El tema central y que le estalló en la Pedro Beltrán Ballén, director de La Prensa, fue que él no era ajeno a una serie de irregularidades que sucedían a la hora de editar el diario y mandarlo a su publicación. Se usaba su nombre y él siempre terminaba avalando la inserción de la noticia de último momento.
Así se saltaba a la garrocha al triunvirato que había formado don Pedro, conformado por Alfredo Allende, Pedro Felipe Cortazar y el ingeniero Federico La Rosa. Eran noticias que se llaman sin confirmar pero que no era posible desmentirlas, al menos eso decían quienes las colocaban en el periodico. Me era imposible creer que se pagara plata por eso.

Hasta que llegó el día en que se publicó una noticia falsa, que llevó al general Velasco a expresar que La Prensa era un periódico mentiroso, que no valía nada, que solamente buscaba desprestigiar y acabar con su gobierno, publicando calumnias. El dictador siempre encontró pretextos para deportar y quitar la nacionalidad peruana a sus opositores. En el periódico se sembró la noticia que había sido deportado el director de una revista, sin importancia.

Ni el director, ni la publicación trascendieron en su tiempo y así tuvo la revista Indio su momento de fama, cuando nunca más volvió a ser publicada. Su responsable salió del país por la frontera sur, sin pasar por migraciones porque tenía instrucción abierta, estaba impedido de salir del país. Era pues una noticia sembrada, que no quiso publicar Federico La Rosa - Toro, pero finalmente con orden del director Pedro Beltrán Ballén se publicó primero en Ultima Hora, al día siguiente en La Prensa y finalmente en la columna Telaraña de la página editorial del matutino.

Se publicó así lo que se llama un petardo, listo a estallar para que el juez intervenga, abra instrucción en medio de un escándalo, que trajo condenas sin cárcel para los directores de La Prensa y Ultima Hora. A mi me comprometió el tema, porque yo llenaba y seguramente también Juan Zegarra, la columna Telaraña, que era muy sencilla, eran fragmentos de artículos de revistas norteamericanas e inglesas que traducía la periodista Angela Sala y que habían sido seleccionados por don Pedro.
A estos artículos había que darles una forma periodística y encuadrarlos según sus indicaciones en la columna. También se publicaba ideas que desarrollaba don Pedro sobre temas citadinos y había que darle forma, en todo caso no se publicaba sin la orden del jefe de editorial. No era una columna importante, ni es trascendente.

La verdad es que a mi un periodista, del grupo de amigos de Pedro, jefe de página, apareció en la dirección, ya tarde en la noche, no lo dejé entrar, no me simpatizaba para nada y me dijo que por orden de "Pedrito", como le decían a Beltran Ballén en La Prensa, la pusiera en mi "Telaraña" y me entregó la nota ya redactada, diciéndome que tenía que salir mañana. Yo le dije que tenía que tratar con el Dr. Zegarra que era el editor de Editorial. Me trató de bruto, el sabía como era el periodico en el que trabajaba toda una vida.

El ingeniero La Rosa, me dijo que esperara al director y que lo llamara cuando llegara. Llegó Pedro al rato y me dijo que el mensajero lo llevara donde Federico, quien con la nota en la mano, bajó molesto y le renunció en el acto y que subiera a cerrar el periódico. Pedro le dijo que mañana sería otro día, que tomara vacaciones y que ya hablaría con él, después.

Por esta información falsa el juez instructor abrió instrucción al director de la Prensa, Pedro Beltrán Ballén y al director de Ultima Hora Guido Chirinos Lizares, y al autor de la columna Telaraña, que estaba firmada con el seudónimo "Marzio". No podían salir del país e iban a tener una condena de cuatro años de prisión condicional, es decir no iban a la cárcel.

De pronto, como trabajaba también con el Dr. Allende, quien veía todos los hechos legales de la empresa, aunque se contrataba a los mejores abogados, lo acompañé al juzgado de instrucción y se presentó reconociendo la autoría del desaguizado la misma persona que me había entregado la nota. Eso me dijeron. Todo no acabó allí, de pronto apareció bastante tarde otro jefe de página, quien fue el que firmó la primera de primera del día siguiente, en la que convirtió al autor de la falsa noticia en un heroe de la libertad de expresión y él quedó como su descubridor.


Pedro Beltrán Ballén, ante mi desánimo generalizado, no tuvo mejor idea que nombrarme asistente de la dirección, sin perder mi mensualidad de la nómina. En eso volvió el dueño sorpresivamente echando fuego, nunca lo había visto así, exclamando, una y otra vez: "Yo soy Marzio, toda mi vida he sido Marzio, ¿dónde está el ingeniero La Rosa? Pedro y le dijimos al mismo tiempo que estaba de vacaciones. Nunca había visto la furia de don Pedro. 

(Continuará)

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