jueves, 8 de febrero de 2018

287. Willy Retto, periodista héroe y mártir de Uchuraccay

Willy Retto en Huamanga, antes de partir hacia Uchuraccay.

Fotógrafo excepcional en su oficio, en su arte, en su condición de compañero de trabajo, de colega, de amigo, sonriente se fue a buscar la verdad que creía no se publicaba en Lima y por eso lo asesinaron a los 26 años de edad junto a sus ocho compañeros de profesión y al guía que los llevó a la comunidad campesina Uchuraccay, Ayacucho.

Willy me decía que nunca le había hecho daño a nadie, a ningún ser que por eso nadie le iba a hacer daño en Ayacucho. A los seres buenos los matan, eso lo probó Willy y sus amigos periodistas en Uchuraccay.

En vida fue un muchacho de barrio, de Mirones, formado en Unidad Escolar, hijo de famoso fotógrafo, adoraba a su madre. Sencillo, totalmente sano, deportista, trabajador, enamoradizo, que le gustaba estar entre la gente, asistir a reuniones, a fiestas, bailar y que podía jugar fulbito todo el día, cuando se cansaba se iba su casa, el hogar de sus padres.

En periodismo su pata del alma era el fotógrafo Amador García, mártir de Uchuraccay, los vi a ambos jugar pelota, tantas veces a los dos solitos, como si hubieran nacido para ello, a veces Eduardo de Piniella, mártir de Uchuraccay. Se iba con ellos tras la bola. Todos los sábados jugaban, a Eduardo, como era bastante popular, lo fastidiaban diciéndole "Ídolo".

Walter Pérez Palomino, secretario de la redacción de El Observador fue su amigo en el periódico, se conocían de sus tiempos en La Prensa.

Amador García llevó a Willy Retto al diario El Observador. él estuvo tal vez un mes en fotografía, antes que el periódico saliera a la calle, le dejó en su sitio a Willy, quien conocía al director (Luis Jaime Cisneros), al jefe de redacción (Pablo Truel) y al jefe de informaciones (Jaime Marroquìn), él me dijo que habló con los tres y los tres le dieron trabajo.

A Willy lo conocía por Amador y en eso observé que cumplía los pedidos fotográficos del director Cisneros, ya que entraba a la dirección, lo veía seguido pero no conversábamos mayormente, hasta que unos días antes que el periódico iniciará su publicación diaria, Luis Jaime me llevó a conocer los talleres, de la empresa.

Willy fue con nosotros a hacer fotografías, con absoluta puntualidad y sin ademán alguno, cumplía las indicaciones.

En un momento nos quedamos solos, Willy se llenó de entusiasmo e hizo su trabajo como le dio la gana, corría de un lado a otro, hasta que se consiguió una enorme escalera de tijera y llegó sin dificultad a pararse en su cima bastante endeble y tomaba fotos de arriba para abajo.

En eso se le acabó el rollo, tuve que traerle uno de su maletín, perdió el equilibrio cuando se lo alcanzaba y saltó como un gato, no le pasó nada, volvió a trepar, se tropezó, casi nos fuimos en contra de la rotativa, en pleno funcionamiento. Este pecadillo laboral nos convirtió en compañeros de trabajo.

De regreso al periódico, Luis Jaime nos habló de su concepción del periodismo y nos reiteró de lo que esperaba de nuestro trabajo. Ya en El Observador, Willy ofició para mí de guía turístico, me presentó con mucha gente y después me llevó a una fiesta en la casa de una amiga de su enamorada que fue entretenidísima.

Siempre en todos mis trabajos, se acaba la hora laboral y cada uno a su casa, nunca he ido a otra parte con un compañero de trabajo, para compartir algo de su vida personal, salvo que fuéramos a almorzar, a tomar lonche, en El Observador, el restaurante Ovni que estaba en la esquina, se convirtió en un anexo del periódico, de allí podíamos enrumbar al Superba, que en esa época andaba lleno de periodistas.

Unos días después el director decidió crear el archivo fotográfico, me dijo que me encargara de que le tomaran fotos a las personalidades que escribían en editorial y a las que les pedía artículos para el periódico.

La secretaria del director tramitaba la orden respectiva y fotografía siempre mandaban a Willy Retto, así formó una galería de personalidades de la época, varias decenas, entre ellos: Emilio Adolfo Westphalen, en el palacio Torre Tagle y en su casa en Barranco, el pintor Humareda en el restaurante al costado del hotel en el que vivía en La Parada, Ugarte Eléspuru en su casa, entre otros, siempre nos acompañó Eduardo de la Piniella.

En la ANEA, en una larga sesión de fotos, llevó de la mano a a su presidenta, la gran Magda Portal. La poeta nos invitó para el domingo a almorzar a su departamento en Miraflores. Magda consideraba que no estaba arreglada lo suficiente en esta primera sesión de fotos que tuvo con Willy, pero él era tan caballeroso que la convenció para fotografiarla.

Ya en la casa con Magda, en la mesa durante el almuerzo, Willy sorpresivamente le entregó copia de varias de las fotos que le tomó y ella se conmovió, no lo esperaba le dijo: “Tienes un corazón y eres mi artista, Doris (Gibson) no tiene el monopolio de los artistas. Eres mi amigo muy querido”.

La señora Portal estaba arreglada, parecía menor a los 81 años de edad, una de las leyendas vivas de nuestra literatura nos estaba atendiendo en su casa, son las maravillas que solamente el periodismo puede darte y Willy volvió a convencerla para tomarle fotos ya en su casa. En el momento de su trabajo Willy, aceptó indicaciones, estaba orgulloso, lucía como un ave del paraíso, Magda Portal, lo había señalado como su artista.

Para terminar, se le ocurrió fotografiarle sus manos de poeta, ella aceptó con dudas, dijo que a su edad las señoras no exhiben las manos y la poeta quiso ser fotografiada en su escritorio, tecleando en su máquina de escribir portátil y cantando La Marsellesa, el himno de Francia.

La primera periodista Ángela Ramos fue absolutamente pícara siempre y Willy le dio el talante, con el mayor respeto que podía guardarse y era una señorita de 85 años. Ella estaba encantada que Willy le tomara fotos y de pronto el joven Retto le dijo: “Angelita he trabajado mucho, tengo mucha hambre, prepáranos un lonchecito”.

Ángela lo atendió con enorme cariño y la preciosa dama movilizó todo su comedor con felicidad enorme. Con Eduardo nos hicimos amigos de Ángela.

Nunca trate personalmente a Chabuca Granda, la vi unos instantes en su casa, a la que me llevó Willy. Las fotos que le tomó para una entrevista fueron rechazadas por malas, por uno sin importancia alguna. En el restaurante El Ovni se produjo un incidente entre ambos. Dolido, abatido en el alma, más que furioso, ya fuera del local, entre las cosas que hablamos, fue que imprimiera los negativos y se los llevara a la compositora, como había hecho con Magda y Ángela, porque ya conocía su trabajo y tenía que ser bueno. Me sorprendió que una conversación en grupo a media noche en la calle, sentados en la vereda, la llevara a cabo. Él estaba acostumbrado a caminar con un redactor y me pidió que lo acompañara.

Chabuca Granda nos hizo esperar, entre tanto nos sirvieron gaseosa, súbitamente apareció, nos recibió afectuosamente, era realmente encantadora y mientras expresaba que estaba muy apurada, miró las fotos, las llevó a la luz y la sorprendió entregándole una ampliación, escuché: “¿Cuánto te debo?” y Willy que era entrador le respondió: “Chabuca, a ti no te puedo cobrar”. Ella quedó encantada y lo invitó para la noche en que tenía reunión en casa y quería presentarlo.

En la fotografía política existía lo imposible y Willy Retto lo consiguió, fotografiando al Dr. Luis Alberto Sánchez leyendo El Observador. Nos acompañó a la oficina del Dr. Sánchez, Jorge Luis Mendívil quien conversó ampliamente con el maestro y literato. La foto cuando fue publicada causó revuelo y todo tipo de comentarios en Lima.

Siempre he creído que el Dr. Sánchez, descubrió en la voz de Willy y de Jorge Luis, las palabras de muchachos buenos, sanos, brillantes, en los que podía confiar y no ha existido político más desconfiado con los periodistas que el Dr. Sánchez, quien fue el primero en señalar a los periodistas asesinados en Uchuraccay como mártires y héroes.

Willy poseía la extraordinaria virtud de conocer los mejores restaurantes de Lima que son aquellos que poseen la mejor sazón casera, sirven abundantemente y su pago puede ser afrontado por cualquier periodista. Estos huariques los conocí por Willy. No existe mejor lugar para disfrutar con compañeros de trabajo que una mesa bien servida. Caminábamos bastante para llegar a estos sitios, para decir algo, le señalaba lo que estaba sucediendo en la calle y desde su propia concepción de vida, tomaba un par de fotos, que para sorpresa nuestra a veces, era al día siguiente la foto de la portada. Siempre nos acompañaban indistintamente Eduardo de la Piniella, Amador García, Jorge Sedano y Pedro Sánchez, entre otros.



En el verano de 1982, monseñor Durand nos invitó a fotografiar el campamento de Ancón de la Cruz Blanca, institución que fundó. En la puerta de la Cruz Blanca, Eduardo de la Piniella cambió de parecer y se negó a ir, dijo que Durand era amigo de su familia, creyó que todo era un plan para exorcizarlo como ya había hecho, según él, conmigo. No tardó en calmarse y dijo que nuestra amistad estaba puesta a prueba. En Ancón fue feliz, conversaba con el personal, corría de un lugar a otro, felicitó a monseñor Durand. Durante una hora se hizo cargo de un grupo de niños, con los que hizo gimnasia e instruyó a los profesores. Willy Retto lo fotografió jugando fulbito.

En la procesión de 1982, la visita a Neoplásicas me tocó cubrirla con Willy Retto, en la que sufrimos un incidente desagradable, curiosamente fue fundamental desde el primer momento de Uchuraccay. Willy ya tenía las fotos, pero quiso realizar una serie de tomas del levantamiento del anda.

Por mutua falta de experiencia, en el instante que levantaron al Señor, la multitud nos alzó del piso y parecía que nos iba a lanzar en contra de la pared, tampoco sabíamos que gente de mal vivir se infiltraba en el gentío. No existe forma de proteger al cuerpo, yo sentía que algo me clavaba la espalda. Así como la marea subió, bajó con velocidad, con los brazos pude ya librarme y con los codos golpeé a varias personas.

Willy llevó la peor parte, aferrado a su cámara y su maletín, terminó cayéndose al piso. Tres sujetos que se quejaban de haber recibido golpes de mis codos, con el apoyo del público se pusieron frente a mí, uno de ellos me amenazaba con un cuchillito con el que me había hecho cortes en la espalda. De pronto surgió Willy, me entregó sus cosas para agarrarlos a patadas hasta hacerlos correr. No tuvimos otro lugar de descanso que un enorme restaurante de Alfonso Ugarte, allí la gente se acercaba y me decía que tenía la camisa ensangrentada.

Willy lucía atontado, estaba muy adolorido, no se quejaba, no comprendía lo que decía, hasta que se le ocurrió ir a visitar a monseñor Durand. Además de surrealista era incomprensible ir a fastidiar al Obispo del Callao. De pronto se paró y salió a tomar un taxi, finalmente subí con él. Monseñor nos recibió con los brazos abiertos, lucía muy preocupado, ya nuestro aspecto había alarmado al religioso que nos atendió inicialmente.

Willy estaba trabado, no podía hablar, tuve que hacer un resumen desordenado de la razón de nuestra presencia en su despacho y muy afectuoso, monseñor Durand le preguntó si quería confesarse, para mi sorpresa, movió la cabeza afirmativamente. Tuve que salir de inmediato sin que me lo pidieran, no sabía que en el último año se habían hecho amigos y mientras se desarrollaba el sacramento de la Confesión, me atendieron en el Botiquín del Obispado del Callao.

Un rato después apareció monseñor con Willy, estaba realmente herido y tenía varios moretones, la persona que nos atendió, creo que estaba cursando el último año de medicina recomendó su inmediato traslado al Hospital Carrión, incluso se comprometió a acompañarnos para que lo atendieran más rápido. Preferí llevarlo a la Emergencia de la Maison de Santé.

Inmediato a Uchu­rac­cay, monseñor Durand me dijo que Willy Retto le hacía recordar a los personajes de la revista Avanzada, siempre viviendo a plenitud sus aventuras, para después buscar al padre CEM y contárselas. Bueno, esa era su opinión, pero creía que tenía mucho del sastrecillo valiente. Monseñor dijo: “Mis personajes tuvieron demasiado del sastrecillo valiente”.

En la Maison de Santé, señalaron que la herida de Willy no era de gravedad, pero sí de cuidado y prosiguieron el buen tratamiento iniciado en el Botiquín del Obispado del Callao, con el conocimiento médico de la Clínica. En la Emergencia nos acompañó don Miguel Fort Magot. Su impresión sobre Willy (para quien fue accionista y subdirector de La Prensa), fue señalarlo como el clásico periodista: “Valiente, con muy buena dicción y gran contador de historias”.

Unas semanas antes de Uchuraccay, me tocó en la noche una comisión sin importancia en la Municipalidad de Lima, como tenía el carro del periódico, lo llevaron a Willy, quien tenía que tomar fotos en el Hotel Bolívar, en el camino cambió de turno con el otro reportero gráfico, de esta forma arreglaba sus horarios. Willy era mi amigo, mi pata en El Observador, nos tuvimos plena confianza y se produjo esa relación redactor-fotógrafo, en que aprendimos a trabajar sin hacernos problemas.

En el Bolívar no demoró mucho y para hacer tiempo nos fuimos al restaurante de los bajos de Caretas, donde siempre había reporteros gráficos, allí nos sentamos en la mesa con varios de ellos, que también estaban encaminados a la Plaza de Armas, salimos todos juntos, pero nos adelantamos, porque entraron a un restaurante de la cuadra siguiente a saludar gente. En la esquina, Camaná con Huancavelica, vimos a un grupo nutrido de manifestantes que avanzaban a la altura del Teatro Segura. Automáticamente Willy me dio su maletín para ayudarlo a sacar su cámara, paró en seco cuando le dije: “Son senderistas, vámonos”.

En esa época, se sabía en todos los medios de comunicación que esa información no valía nada, nadie la publicaba, no existieron en los diarios y también se tenía conocimiento que los terroristas, bastante agresivos, por lo menos quitaban las cámaras para romperlas. Las manifestaciones eran relámpago, en el momento que se dispersaban, lanzaban petardos, no tardaba en llegar la policía y arrestaba al que encontraba en su camino. Cuando estábamos a la altura del Instituto Riva Agüero, nos alcanzaron a paso ligero los fotógrafos que habíamos dejado en el camino, uno de ellos siguió de frente. Apuramos el paso, pero ya se había formado un cordón policial para impedir que se pudiera cruzar el jirón Ica.

“Nos quitan las cámaras”, fue el comentario de los tres fotógrafos, en esa incertidumbre escuchamos una explosión, seguida por otras dos y al voltear vimos que la tropa de asalto llegaba corriendo a Huancavelica desde Emancipación, pensamos que no nos librábamos de una pateadura inmisericorde. Pasar por el medio de un cordón policial en esas circunstancias produce una incertidumbre enorme. Instintivamente los reporteros gráficos corrieron hasta llegar a la Municipalidad.

Unos días después, con Eduardo de la Piniella, acompañamos a Willy a tomarle fotos a monseñor Augusto Vargas Alzamora, para una entrevista ya realizada por una colaboradora del diario. Antes de ingresar al despacho, le insistí que era la primera vez que se le fotografiaba a monseñor en su oficina y que no lo vaya a confundir moviendo muebles, porque era un religioso excesivamente serio. Me preguntó a qué congregación pertenecía, respondí que era jesuita como monseñor Durand. Sorprendentemente dijo que si él veía que estaba a la altura de monseñor Durand y se convencía de que alguna vez podía ayudarnos, le tomaba fotos de su rollo a color. Lo hizo.

Eduardo, quien conocía a monseñor, ayudó a Willy a mover muebles para que tomara mejor las fotos, incumpliendo su promesa inicial. Después de la reunión, ya en el primer piso del Episcopado, en el salón monseñor Durand estaba reunido con varios sacerdotes. Lo saludamos de lejos y muy sonriente nos invitó a pasar.

“Acá no hay primeros auxilios”, nos dijo monseñor, cuando nos indicó que nos sentáramos, señalándonos que estaba contento de vernos persistir en el trabajo para El Observador en el tema eclesiástico, porque muchas personas después de tener un incidente similar al que tuvimos en la Procesión, se alejaban de la Iglesia. Willy instintivamente sacó su cámara y comenzó a fotografiarlo. Se me ocurrió hablar de las posturas de los santos. Preguntó: “¿Qué quieres decir?”, respondí: “Tan igual que las estampas”. Sentenció: “Como en el Seminario”.

Monseñor Durand se puso de pie y comenzó con la postura clásica de San Ignacio de Loyola, prosiguiendo con otros santos jesuitas. También teatralizó a San Agustín, San Francisco y Santo Tomás de Aquino, no quiso interpretar a San Pedro porque eso le correspondía al Papa. Nosotros no podíamos parar de reírnos. Willy se quejaba de que no podía enfocar bien el lente. No le faltamos el respeto a monseñor, su alegría era contagiante. Finalmente para terminar, se sentó, extremó la seriedad de su rostro e hizo un gesto con la mano, nos dijo que esa era la posición de los escolásticos cuando dictaban cátedra. Esta foto figura en la pp. 20 de Crónicas Religiosas.

En la tarde Willy me entregó el sobre con los negativos para que los viera, las fotos de monseñor Durand Flórez no estaban desenfocadas y había una de monseñor Vargas Alzamora que generaba la ilusión óptica de que el crucifijo clavado en la pared fuera del mismo tamaño de su cuerpo y rostro que sobresalía del escritorio. El Observador fue sumamente novelero, no tardó la gente en agolparse en torno nuestro y tarde triunfal para Willy Retto. El siempre tuvo su propia opinión, distinta a la de los demás, la foto escogida de monseñor no le gustó, prefería otra, pero finalmente se publicaron ambas, aunque esta última no la pudo ver impresa.

Willy Retto tenía tanto para seguir logrando en esta vida, no conoció a su hija, la periodista Alicia Retto, quien es póstuma. Willy antes de trabajar en El Observador, vivió en Venezuela, trabajó y siempre decía que fue muy feliz, su esperanza era retornar, pero este muchacho de barrio, criollo, buena gente, que tenía un trato especial para las mujeres que las hacía sentirse hermosas, tuvieran la edad que tuvieran, pero el recuerdo de mi amigo es que era muy honesto, decía lo que pensaba, lo que sentía, cuando se molestaba había que dejarlo hasta que se le pasara.

Willy tenía una virtud tomaba fotos sin que nadie se diera cuenta, les tomó a guardias civiles mostrando sus pistolas a su santa patrona, Santa Rosa de Lima y entre otros, lo que nos llenó a todos quienes lo conocimos de profunda admiración, cuando supimos que le tomó fotos a los pobladores de Uchuraccay. En El Observador era usual exclamar el orgullo que nos daba que haya sido nuestro compañero de Trabajo.

En El Observador, Willy Retto dejó una estela del buen amigo, del compañero de trabajo que nos mataron, del hermano que se preocupaba por hacer el bien.

Fotos de Willy Retto publicadas en El Observador:

Cardenal Juan Landázuri en el puericoltorio "Pérez Araníbar".

Luis Alberto Sánchez leyendo El Observador.

Magda Portal enseña sus manos de poeta.
Comuneros de Uchuraccay con los periodistas cuando llegan a la Comunidad. En la foto se ve a Jorge Sedano, Pedro Sánchez y Félix Gavilán.

Monseñor Augusto Vargas Alzamora SJ, fotografiado por Willy Retto cuando fue secretario general del Episcopado. Años después fue Cardenal y Arzobispo de Lima. Nótese el detalle que la cruz es del mismo tamaño que el rostro y el cuerpo de Monseñor, de acuerdo a la foto. Una ilusión lograda por Willy





286. Jorge Luis Mendívil Trelles, periodista héroe y mártir de Uchuraccay



Tenía 22 años de edad, se mostraba con todos tranquilo, extremadamente serio, prefería escuchar, pensaba antes de dar una opinión que defendía siempre e idealizaba un futuro de enormes reportajes con los que revelaría las verdades que no asomaban para todos y quiso ir a Ayacucho, lo tenía frente a mi cuando esperaba que le trajeran los viáticos para el viaje, nunca vi una cara tan determinada, nada era posible que le cambiara el destino para ir en búsqueda de la verdad cuando fue asesinado junto con ocho de sus compañeros y el guía.

Jorge Luis puede ser que no tuviera en claro que el mundo le pertenecía, que estaba destinado a brillar, en tanto disfrutaba conversar aunque en grupo grande de personas permanecía callado, era muy tímido y lucía frágil era como que no le gustaba fastidiar a nadie, se recorría todo el periódico con la seguridad que nadie lo había visto.

Leía todo El Observador y sabía quién era quien, me une con él la misma máquina de escribir que usamos desde el inicio de El Observador hasta que pasó al suplemento dominical. En la cabeza tenía un torbellino de crónicas, reportajes y entrevistas, sin comprender que en el periódico no había sitio para la avalancha productiva de un joven de veinte años, que era los que tenía cuando el director del diario, el lingüista Luis Jaime Cisneros, lo contrató.

Un día lo vi sentado en la mesa redonda que tenía tres máquinas de escribir, ya me había el director hablado de él, conocía a su hermano y cuando nos encontramos nos tratamos de amigos de siempre. Bueno, Uchuraccay no se puede obviar.

Me senté en la mesa frente a Mendívil, porque era mi espacio en El Observador, allí escribía mis artículos, a partir de ese momento, Jorge Luis también lo haría. En la mesa te sentabas en el sitio que estaba libre

Estábamos en un pequeño ambiente con ventana a la calle, bastante privado pero no era cerrado en la dirección de El Observador, para llegar había que pasar por el sitio de la secretaria y frente a nosotros estaba la puerta del despacho del director, con quien conversamos ambos varias veces, aunque nuestros trabajos no eran coincidentes.

De inmediato me presenté, nunca nos habíamos visto, pero tenía ya una opinión formada, su hermano le había hablado de mí, me sorprendió que no tratara de hacerse el sonso, sino que de frente me trató como si ya fuéramos amigos de trabajo. Le dije que había espacio de más que suficiente para los dos en la mesa. Otro periodista también usó la mesa y la máquina de escribir hasta que lo ubicaron en Inactuales como pasó con él.

Jorge Luis era de a verdad muy formal y educado, en exceso para su edad, parecía una persona mayor, me escuchaba con atención, le conté que se suponía que yo estaba en editorial pero como que me había quedado en dirección, porque el ambiente inicial que tendríamos se lo dieron al economista y abogado Manuel Moreyra Loredo, quien no tardó en llenarla de gente y conformó la sección economía, yo me quedé mirando el que se suponía sería mi escritorio. Moreyra nunca paraba allí, donde era su lugar, sino que se venía a sentar a la mesa.

Moreyra a pesar de la posición que tenía, era buena gente, no era sobrado para nada, no se podía decir que era sencillo pero cuando aparecía en el lugar saludaba dando la mano, y solamente si estaba aburrido, porque alguien le incomodaba, se iba al pasillo, le insistí que para nada debía sentirse corto o intimidado con Moreyra, era bastante hablador.

También aparecían y se sentaban dónde estábamos el Dr. César Miró que era de lo mejor que podía haber en El Observador, un señor fuera de serie y que valía la pena conocerlo y tratarlo, se aprendía mucho con tenerlo comentando, simplemente al costado, hablaba un montón. En cambio al "Cumpa" Donayre, entre lo mejor que hemos tenido en el periodismo nacional, había que hablarle.

Jorge Luis Mendívil debutó en periodismo en la antesala del director de El Observador, el maestro Luis Jaime Cisneros, y recuerdo especialmente al Dr. Miró, al Dr. Moreyra y al "Cumpa" Donayre porque conversé con ellos en el mismo periódico el domingo 30 de enero, cuando se hizo público la tragedia de Uchuraccay y expresaron su aprecio y cariño al chiquillo Mendívil que conocieron y que los atendía en la antesala de la dirección.

En este primer periodo del trabajo en El Observador de Jorge Luis se presentaba un problema sin solución era en las noches que la gente en lugar de sentarse en los muebles de la oficina de la secretaria porque se acababa su jornada de trabajo, se venían de frente a la mesa y le advertí que era un desalojo en la práctica porque todos querían entrar a hablar con Luis Jaime, el espacio resultaba irrespirable, porque si estaba el dueño solamente entraba Moreyra y nadie más, salvo que los mandaran llamar.

Con Jorge Luis cuando coincidíamos de noche nos íbamos al frente en el que estaba culturales, economía, la oficina del jefe de redacción y del jefe de editorial. A veces no había sitio para sentarse entonces nos acomodábamos en las graditas de la entrada, me quedaba a la espera que Luis Jaime me llamara para definir mi trabajo con el fotógrafo Willy Retto, que era ir a hacer las fotos de personalidades para el archivo de personalidades y también había que informarle de cómo nos iba pero siempre tenía en su escritorio ya las fotos reveladas.

Este es un recuerdo persistente sentado con Willy y Jorge Luis en las graditas de la mezanine de El Observador teniendo a la espalda Culturales y mirando a la Dirección. Nuestro periódico era lindo, precioso, nada era mejor que El Observador, estábamos absolutamente convencidos de eso.

Es curioso pero en las graditas Retto con Mendívil se conocieron y se fueron haciendo amigos sin saber que sus nombres estaban anudados hacia el futuro. Cuando con Willy entrábamos a la dirección ya nos despedíamos de Jorge Luis, pero siempre nos encontrábamos después en el restaurante el Ovni que estaba en la esquina del periódico que se fue convirtiendo en una extensión de El Observador.

Una vez el dueño mandó traer chifa para todo el periódico, Jorge Luis ya había pasado a Inactuales y me llevó a comer con ellos, conociendo por primera vez a los del Dominical y de Suplementos, me integré con ellos, gracias al chiquillo Mendívil, era muy buen muchacho, en exceso introvertido, parecía sobrado pero no lo era en absoluto.

Y llegó el día que profetizó el senador izquierdista, Carlos Malpica, el dueño envuelto en un escándalo financiero se fugó del país, para evitar el cierre los periodistas formamos un sindicato que se convirtió en la base de una cooperativa y El Observador siguió saliendo a las calles. A todas las reuniones íbamos juntos con Jorge Luis, porque varios de los amigos en común, se fueron, incluso Willy, pero regreso.

En estos días de formación de la cooperativa se conformaron grupos de trabajadores que tenían que cuidar tanto la sede del diario como la planta, donde estaba la rotativa Harris, la joya del diario. Con Jorge Luis nos inscribimos juntos, nos tocó dos amanecidas de guardia.

Los reportajes de Mendívil en el Dominical llamaron la atención, se había hecho conocido entre los periodistas de El Observador y en el momento en que presentó su proyecto de editar un suplemento de política internacional, fue aceptado, el chiquillo estaba realizando una carrera meteórica, en menos de un año.

Mendívil era tranquilo y sencillo, para nada exhibicionista ni figuretti, tampoco buscaba reconocimiento, como que le fastidiaba que lo felicitaran efusivamente. No sabía manejar el hecho que su nombre saliera en El Observador cuando firmaba un artículo. Le decía que tenía que comprender que no pasaba nada, que nadie sabía quiénes éramos por lo que nos publicaban, nos fuimos caminando y le pedía que se fijara en la gente, que de verdad nadie tenía la menor idea de quienes éramos.

Una vez monseñor Luciano Metzinger lo felicitó por el tratamiento periodístico que le otorgó a un documento del Vaticano, deseándole un promisor futuro y le concedió una larga entrevista, delante de mí. Jorge Luis me pidió que no le contara a nadie o se acaba la amistad. Ese era problema de él, le anuncie que de inmediato se lo contaba a Jaime Marroquín, el jefe de informaciones en los tiempos de Luis Jaime Cisneros y a Alfonso Tealdo que era el jefe del Dominical.

Delante de Jorge Luis hablé con Tealdo.

Mendívil era un poeta, un intelectual, sumamente reservado y distante, detestaba los gestos de amistad usuales en la gente joven, pero no se molestaba cuando lo abrazaba y lo obligaba a decir delante de todos que era mi amigo, porque en las reuniones en el Ovni se apartaba, se abstraía, no encontraba forma de traerlo a la realidad.

Me decían que así es Mendívil, que para que le hacía caso. Esas poses de intelectual no venían conmigo, que a otros se las hiciera. Sé que estaba pensando, le gustaba comentarlo, preparaba sus reportajes, sus entrevistas, entonces abría un paréntesis en lo que conversaban todos para que el periodista Mendívil nos contara que era lo que estaba por publicar en El Observador.

En El Observador cualquiera era mayor que Mendívil, era el chiquillo, no se hizo conocido más allá de sus artículos porque no quiso integrarse a la redacción, por más que le decía que tenía que aprovechar la experiencia de Jaime Marroquín, quien era nuestro jefe de redacción cuando se formó la cooperativa ya que Pablo Truel había sucedido a en la dirección a Luis Jaime Cisneros.

No le llamaba la atención a Jorge Luis aprender a salir a la calle a traer la noticia, para después me decía, ahora no, para no seguirnos peleando. Claro que sabía que era el momento de su Suplemento Internacional que se publicó una vez por semana y que tuvo la colaboración de Susana Bedoya en la redacción y de Pedro Sánchez en la fotografía.

A fines de 1982, la Cooperativa realizó un corte de gastos y eliminó todos los suplementos con excepción del Dominical, por lo que regresamos a conversar sobre su pase a la redacción pero prefirió volver al Dominical.

Jorge Luis Mendívil no tuvo militancia partidaria, los izquierdistas en El Observador lo tenían como uno de ellos, sé que lo invitaban a sus reuniones que no eran de tipo partidario sino sobre la marcha de la cooperativa y el desarrollo de nuestro periódico.

A mi Jorge Luis me contó varias veces que él había realizado una temporada de campo con el dirigente izquierdista Ricardo Letts Colmenares, de quien era amigo pero no era su camarada, ni su jefe político.

Él se consideraba una persona de izquierda, le gustaba caminar con gente de izquierda, con ellos había parado en sus tiempos de universitario pero planteaba como incorrecto ser periodista y político al mismo tiempo. Los consideraba agua y aceite. Le faltaba argumentación para tratar el tema de la ideología, la posición de clase y todas esas cosas que estaban de moda en la época.

En el tiempo en que se desarrolló como periodista en El Observador, entre noviembre de 1981 y enero de 1983, casi 15 meses demostró que él, el chiquillo de nuestro periódico, era brillante. El mundo le pertenecía, habría llegado a donde hubiera querido llegar, cumplía sus metas.

Es difícil aceptar que fuera para todos nosotros conocerlo, apreciarlo y encariñarnos con su amistad en un tiempo tan pequeño, que resulta casi efímero frente a los 35 años de su asesinato que tiene como fecha señalada el 26 de enero de 1983.

El Dr. Luis Alberto Sánchez era miembro del consejo directivo de El Observador, cuando fuimos con Willy Retto a su oficina en el jirón Moquegua, para hacerle fotos para el archivo, sin decir nada vino con nosotros. Me sorprendió porque tenía el corazón a la izquierda. No dije y le pedí a Willy que se quedara callado. No recuerdo si el Dr. Sánchez ya conocía a Willy, sé que le tuvo mucho aprecio, pero ese día le hizo caso a todo lo que le pedía que hiciera el fotógrafo, le aceptó que le tomara fotos leyendo El Observador.

Jorge Luis Mendívil, siempre tímido, engreído sin ganas de hablar, se presentó ante uno de los principales intelectuales que ha tenido nuestro país como lo que era él, un extraordinario periodista y un ser muy inteligente, concretando así la primera conversación de las varias que tuvo con el Dr. Sánchez y no sé si ese día realizó la primera de las varias entrevistas que le hizo.

Se hizo conocido que Jorge Luis era amigo de Sánchez, a quien concurría a consultarle sus problemas literarios y periodísticos. Y todo eso fue en menos de 15 meses, pareciera que fue toda una vida.

El Dr. Luis Alberto Sánchez en El Observador en su editorial sobre Uchuraccay fue el primero en señalarlos héroes a los periodistas asesinados en Uchuraccay. Jorge Luis le tuvo enorme admiración que nunca ocultó.


285. La noticia de la tragedia de Uchuraccay llegó así a Lima


Tomado de las pp. 25-26 de mi libro “Crónicas religiosas”, Lima 2009:

«El domingo 23 de enero, una foto que me había tomado Willy entrevistando a dirigentes de Cooperación Popular apareció en la redacción, se había extraviado. Nunca se le dio importancia. Esta es la única fotografía que me publicó El Observador, en el tiempo en que trabajé en este periódico, el lunes 24 de enero de 1983. Esa semana se me constituyó un éxito periodístico, de martes a sábado tuve las portadas para la edición de provincias y tres para la de Lima, por el tema del conflicto Gobierno-Iglesia, pero en verdad solo trabajaba e iba de un lugar a otro para no pensar.

Este conflicto es extraño. Partió de señalar a un grupo de religiosos “Los Calama”, que ya no existía, acusándolo de financiar al terrorismo, con recursos de Cáritas. Antes, en la década anterior, existió el Grupo Calama del Obispado del Callao, fueron sindicalistas. Monseñor Durand integró a Eduardo de la Piniella a la Pastoral Obrera del Callao para que fuera su enlace con los Calama, quienes se fueron del Perú en 1979, no dejaron seguidores. En el momento cuando Uchuraccay no era del dominio público, nos convenció que existía un trasfondo contra Eduardo.

Pero además, Eduardo, Pedro y Amador fueron mis testigos de matrimonio. Russell Wensjoe organizó el civil, con un almuerzo bucólico con música suya. Cuando Eduardo le contó a monseñor Durand, este dijo que eso no valía nada, habló con Inés en su despacho, después con los dos juntos, nos llevó a la Iglesia Matriz, nos casó a puerta cerrada y dispuso que un sacerdote de los Calama se encargara del trámite. Inés y Ros trabajaron directamente con los Calama desde 1974, después al final se integraron Pedro y Amador. El día que los Calama firmaron contrato con el Obispado del Callao, Ros se fue por el techo de la Iglesia Matriz y se sentó en la cúpula mayor a tocar quena, dedicando una composición a monseñor Durand.

En la noche del lunes 24, la televisión informó del ataque terrorista a una comunidad ayacuchana, el nombre sonaba igual al que tenía apuntado. El martes, en el kiosko de periódicos, era noticia, en diarios que no tuvieron mártires, publicada en primera plana. Uchuraccay repelió a senderistas, muertos y heridos. La puerta de Santa María estaba abierta, me quedé hasta la última Misa de la mañana, no pensaba nada. En eso me sobrevino un “largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, solo lo he sentido una vez”10, y antes que cerraran la iglesia, se me metió una idea en la cabeza, todo era igual a lo sucedido con Ros Wensjoe. Estaban fabricando terroristas.

Entre el martes 25 y el viernes 28 de enero, hablé con quienes necesariamente tuve que hablar, algunos hicieron esfuerzos para no conmoverse, no tardó en convertirse en un secreto a voces. El desánimo invadió a la redacción de mi periódico, sin proponérnoslo hicimos alianza con la Iglesia Peruana, sin que su alta jerarquía o núcleo dirigente se enterara, porque todo fue demasiado espontáneo, excesivamente casual, el gobierno atacaba al cardenal Landázuri, los monseñores lo defendían, algunos parlamentarios oficialistas contraatacaban, recogía todas las declaraciones y El Observador las publicaba.

Y es que el martes 25 de enero, a primera hora, entré al despacho de monseñor Augusto Vargas Alzamora a clamar por ayuda, narré todo lo que sabía, le llevé los periódicos, el esquema de comunidades campesinas que me dejó Eduardo y el papelito que me colocó en el bolsillo, todo quedó en custodia de monseñor. Mi única preocupación era por los posibles heridos y en este tema, llegué a tener un momento de desesperación, también es cierto que monseñor se puso intranquilo y prometió hablar con quien tenía que hablar. Hizo la primera llamada al cardenal Landázuri y dijo que si Dios nos concedía que hubiera heridos, viajaba de inmediato a Ayacucho y no se separaba de ellos hasta traerlos a Lima. No viajó, no había heridos. Delante mío llamó al Ministerio de Justicia y a Palacio de Gobierno.

Entonces en El Observador se convino que dejara entre líneas en mis notas para que después, algún día, pudiera probar lo que estábamos viviendo. Marina Robles y Walter Pérez se encargaron de que no se moviera nada. En la columna de Homero Zambrano adelantamos que la conferencia dominical del Presidente sería muy difícil.

El miércoles 26, señalado como fecha oficial del asesinato de los periodistas, ministros de Estado, jefes militares y policiales, arribaron sorpresivamente a Huamanga, seis horas de camino distante de Uchuraccay, por las gestiones de monseñor Augusto Vargas Alzamora. La fecha del asesinato no es la que está señalada, el gobierno quería ese día, sus razones tendría. Los periodistas fueron asesinados entre la noche del sábado 22 y la madrugada del domingo 23 de enero de 1983.

El lunes 31 de enero, Uchuraccay cayó con todo su peso sobre nuestro periódico, los diarios presentaban los restos mutilados de nuestros amigos, si en el día anterior la gente se mostró enloquecida, esa mañana se convirtió en despertar a la realidad.

No comprendía por qué la gente lloraba cuando les hablaba, era el momento para odiar, no para deshacerse en lágrimas. Lo único importante era que no quedara la más mínima sospecha de senderismo en los mártires, porque el Presidente de la República aunque guardó un minuto de silencio y se hizo representar siempre por un edecán, inclusive ante la comisión Metzinger, nunca conoció nada oficialmente y dejó todo en manos del Ministerio Público y del Poder Judicial. Lamentablemente las fotos provenientes de la cámara fotográfica de Willy Retto fueron publicadas sin autorización de los fiscales y se difundió que habían sido vendidas por cincuenta dólares, lo que quitó esperanzas de alcanzar justicia, si es que existieron. En El Observador, casa de Willy Retto, nunca publicamos las fotos.

El lunes 31 de enero tuve una comisión única de trabajo, el director Pablo Truel me mandó a pedir ayuda a monseñor Vargas Alzamora, no quería que lo entrevistara, sino que lo comprometiera. El letargo de la gente se acabó y no dejaron que fuera caminando al Episcopado sino en un carro repleto de periodistas, mientras otros tantos trabajadores despidieron el vehículo en la puerta del periódico, avanzamos en marcha lenta las cinco cuadras de distancia. Lo único que escuchaba era: “Llevas nuestra única esperanza”. Posiblemente ellos querían justicia, pero esa era una quimera, en cambio mi pedido de ayuda estuvo centrado en despejar la más mínima sombra que los vinculara al terrorismo.

Trabajé periodísticamente la autopsia realizada en Huamanga, el domingo 30 y el lunes 31 de enero. No me produjo ningún tipo de debilidad o de sentimiento, leer y releer copia del documento, cuyo contenido y descripción es un extremo inenarrable de barbarie humana que ni el guión de la peor película de Hollywood de espantos se atreve a alcanzarlo, quedándose a enorme distancia. El salvajismo fue post-mortem. Una vez concluida la redacción de la nota, la entregué para su publicación y me fui a bañar a mi casa, boté a la basura todo lo que llevaba puesto, de allí fui a la playa a pensar hasta que oscureció el día. Regresé al periódico, estaban preocupados.

Monseñor Dammert en la reunión en el Episcopado, por su experiencia en los Andes, preguntó si les habían sacado los ojos y cortado la lengua. Respondí: “No”. Monseñor Vargas Alzamora mandó traer la edición de La República que publicó las fotos de los cadáveres de los mártires. Los comuneros de Uchuraccay tan señalados en su autarquía ancestral, no cumplieron la práctica andina del victimario frente a su víctima, para evitar ser reconocido por el muerto y no pueda decir quién lo mató. Cosas pertenecientes al mundo de los muertos del antiguo Perú.

Con esto terminó mi testimonio a la Comisión Metzinger.

Monseñor Dammert cerró la reunión opinando que Eduardo fue en vida un muchacho valioso, tuvo oportunidad dos veces de recibirlo en Cajamarca, recordaba que había estado presente, que era obligación de ellos hacer todo lo posible para que no se estuviera trajinando con su nombre. En su opinión bastaba el servicio de ayuda a monseñor Schmidt para que tuviera que expresarle las gracias por siempre, pero que todo no podía quedar en el Episcopado sino que tenía que ampliarse a familias católicas que conocieron a Eduardo y esa era mi tarea. Por eso amigos y amigas de Eduardo, con sus madres testimoniaron ante monseñor Metzinger. Mi mamá con sus tías tuvieron una reunión especial. Pero como su trabajo tenía que concluir, lo apuró llamando por teléfono a otras personas. En este trajín monseñor Metzinger me dijo un día que tenía que salir de Lima y me mandó al Cusco. La soledad fue tan terrible que me regresé en el primer avión, después quiso que salga del país, que vaya a México, pero eso de estar huyendo, no era la vida que había escogido vivir.

Walter Pérez Palomino es una víctima desconocida de Uchuraccay, demasiado joven, nunca superó la muerte de sus amigos, tenía 19 años de edad. Un día nos encerramos con él en Inactuales, con Marina, con Nelly y con Margarita, para que grite, para que llore, para que finalmente toda nuestra redacción lo abrace. Primero se le presentó una úlcera estomacal que se le fue complicando, falleció cuatro años después. Tuvo tiempo para formar su hogar.

En verdad creo, y espero equivocarme, nunca sabremos qué pasó en Uchuraccay, porque así son las trampas, las celadas y los engaños. El único vencedor de los hechos fue Sendero Luminoso, que salió de la nocturnidad, lo vi al igual que otros periodistas en la calle, tres veces, en los siguientes meses. En el entierro de los mártires, envalentonados y bien formados; y dos veces frente al Presidente de la República, generando problemas el 2 de mayo en la Plaza José Gálvez y el 29 de julio en la Parada Militar. No caímos en su juego, no los publicitamos. El gran perdedor fue el Perú, Uchuraccay nos presentó ante el mundo como un país de salvajes, que mata a periodistas a hachazos.

El caso Uchuraccay siempre ha presentado la siguiente afirmación: “Hay aún tantas lagunas en nuestros conocimientos de esa época”11, perteneciente al belga Henri Pirenne para la investigación de la Edad Media. Lo cierto es que la etapa del terrorismo es una Edad Media de nuestro tiempo presente, pero estas lagunas para el caso de Uchuraccay tienen como única explicación lo que el británico Collingwood planteó teóricamente: “El valor de la historia, por consiguiente, consiste en que nos enseña lo que el hombre ha hecho y en ese sentido lo que es el hombre” 12. Y lo lógico es que nadie quiere verse reflejado en uno de los asesinatos más espantosos de la Historia del Perú.

No recuerdo el día exacto, pero monseñor Luciano Metzinger me dijo: “Lo logramos, sale la Procesión, el cardenal aceptó finalmente la propuesta de Augusto (Vargas Alzamora)”. Había empezado la respuesta de la Iglesia frente a la violencia, pero poco antes del 1 de mayo, monseñor me dijo que hiciera una nota de prensa, explicando que la salida del Señor era por las catástrofes naturales que afectaban al Perú (el fenómeno de El Niño), que redacté teniendo como fuentes el libro Historia del Santo Cristo de los Milagros, del R.P. Rubén Vargas Ugarte y Terremotos del coronel Manuel Odriozola. No había nada que conciliar, la convocatoria original ante Dios, no sufrió modificación alguna, era por los males que atacaban al país, a la cabeza con el terrorismo y con su mayor expresión: Uchuraccay.

En el atrio de la catedral, los deudos de las víctimas de Uchuraccay, sus amigos y compañeros de trabajo, tuvieron un lugar, ese domingo 1 de mayo de 1983, para estar presentes en la Procesión del Señor de los Milagros. A la gente de El Observador les dije: “Métanse en la cabeza que ya no podemos hacer más, acá terminó todo”. Me equivoqué, es el origen de este libro Crónicas Religiosas, que sin la tragedia de Uchuraccay y la muerte de mis amigos, no podría haber escrito, nada de lo que aquí se presenta.

En la poesía de Machado existen unos versos que bien pueden explicar lo que ha pasado con Uchuraccay a través del tiempo: “Es la clase. En un cartel / se representa a Caín / fugitivo y muerto Abel, / junto a una mancha carmín. / Con timbre sonoro y hueco / truena el maestro, un anciano / mal vestido, enjuto y seco, / que lleva un libro en la mano. / Y todo un coro infantil / va cantando la lección: / mil veces ciento, cien mil, / mil veces mil, un millón. / Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de la lluvia en los cristales”».

Salida extemporánea de la procesión del Señor de los Milagros el 1 de mayo de 1983 por los males que afectaban al Perú, entre ellos el Fenómeno de El Niño y el terrorismo, cuya mayor expresión hasta el momento fue el asesinato de ocho periodistas y su guía en Uchuraccay, Ayacucho.

284. Escuadrón de la muerte que actuó en Uchuraccay es el mismo que desapareció personas en Los Cabitos

Huamanga, Ayacucho, Cuartel Los Cabitos.


Fosas comunes descubiertas en el Cuartel Los Cabitos.

En enero de 1984 tuve la información que el mismo escuadrón de la muerte que había asesinado a los ocho periodistas y a su guía en Uchuraccay, era el mismo que secuestraba personas ayudados por efectivos de la policía de investigaciones, que los llevaban al Cuartel Los Cabitos de Ayacucho y allí los desaparecían.

En tanto el escándalo sobre Los Cabitos estaba limitado a publicaciones del Diario de Marka, Nadie quería comentar su relación con Uchuraccay. En Lima los periodistas manejamos la misma información. Cuando redacté este artículo, lo hice de una forma que fuera posible ser publicado. En los días previos estaba sumido en el hecho que los dueños del diario Hoy me querían botar ya.

En un principio iba a ser publicado en tres días, se hizo en uno, lo comprimí. Estaba previsto que era la última entrega de mi serie Desaparecido que presentaba la conmoción mundial que estaba significando el descubrimiento de como la dictadura militar en Argentina enfrentó a la guerrilla urbana Montoneros, con secuestros, tortura y el resultado de haber ejecutado extrajudicialmente a unos 30 mil seres humanos.

Nadie deseaba eso para el Perú y el objetivo de mi trabajo fue presentar lo sucedido en Argentina y partir de eso no podíamos importar "la argentinización" como la metodología y la solución para acabar con la subversión. Todavía a Sendero Luminoso no se le llamaba terrorista.

No he tenido que esperar 35 años para señalar quienes son los responsables de la muerte de los mártires del periodismo nacional. Es cierto que tuve que encontrar una redacción que no trajera problemas a nadie. Este artículo fue en exceso problemático, para mí a través del tiempo. Siempre lo será porque la única fuente que utilicé fue la Comisión de Acción Social del Episcopado, es cierto que tuve un acceso privilegiado, gracias al cardenal Juan Landázur OFM, bueno fue su idea, y también las gracias a los monseñores Augusto Vargas Alzamora SJ y Luis Bambarén SJ, quien ha cumplido 90 años de edad.

Este artículo por lo menos sirvió para que ya no se torturara, asesinara y enterrara a seres humanos en el Cuartel Los Cabitos. Las ejecuciones extrajudiciales se realizaron después de Uchuraccay y continuaron hasta fines de marzo de 1984.Todavía no se han identificado a las casi 200 víctimas cuyos restos han sido encontrados.

El registro del personal militar destacado a Ayacucho de 1982 a 1984 ha sido destruido para proteger a este escuadrón de la muerte. Es decir la vida de personas honorables

ha sido echada a la letrina para proteger al escuadrón de la muerte.

Mi artículo cayó peor que chicharrón de cebo al gobierno del Presidente Fernando Belaunde y a su partido Acción Popular, que no tuvo mejor idea que pedir la renuncia del cardenal Landázuri, por segunda vez. Todo el laberinto de dimes y diretes acabó porque se tenía que preparar la primera visita del Papa Juan Pablo II.

El artículo no fue para mí un problema que cubriera para Hoy como fuente fija Palacio de Gobierno, jamás me hicieron el más mínimo problema. Cada vez que hubo oportunidad conversé con el Presidente Belaunde y su esposa Violeta Correa de Belaunde, con absoluta tranquilidad, aunque la señora Violeta en una oportunidad me pidió mi opinión sobre el hecho que se escribía en el extranjero que "tenían las manos manchadas de sangre", sin pensar le dije que si creyera eso no estaría cubriendo las actividades del Presidente. Ella dijo: "Juventud divino tesoro".

Tantos años después, casi 34 puedo afirmar que valió ser periodista y que cumplí con los periodistas asesinados en Uchuraccay. El artículo se publicó el 11 de marzo de 1984, en el diario Hoy dirigido por Pablo Truel Uribe, el primer domingo en el que circuló y que fue uno de sus días de mayor venta y está dedicado al señor cardenal Augusto Vargas Alzamora y está a continuación:


ARTÍCULO "DESAPARECIDOS EN LOS CABITOS"

"La masacre de Uchuraccay, las matanzas de Huaychao y Hoscos, las denuncias de la tortura y la desaparición de personas en la zona bajo control del Comando Político Militar de Ayacucho, desde finales de 1982, ha motivado a que exista fuertes cuestionamientos sobre la plena vigencia de los derechos humanos en el Perú.

El temor a una argentinización de la forma de enfrentar la subversión por parte de las “fuerzas del orden”, ha sido planteado insistentemente en los últimos tiempos.

En Ayacucho, el Comité de Madres de Plaza de Armas de Ayacucho, ha denunciado que más de 1,500 personas habrían sido secuestradas, sin conocerse su actual paradero. Se les supone muertas o detenidas.

La COMISIÓN EPISCOPAL DE ACCIÓN SOCIAL que preside monseñor Luis Bambarén Gastelumendi, apoya legalmente a los familiares de 78 casos comprobados de desaparecidos, de los 151 reconocidos por el Ministerio Público, organismo que viene investigando los hechos para determinar las responsabilidades y someterlos ante el Poder Judicial.

La serie sobre desaparecidos que culmina hoy, presenta tres casos-tipo de personas desaparecidas y que pertenecen al grupo de desaparecidos que asesora a sus familiares la Comisión Episcopal de Acción Social.

PEDRO GOMEZ HUAYTALLA.- Joven sanmarquino de 26 años, a fuerza de voluntad emprendió cosas distintas a las de sus antepasados, cambiando el campo por la ciudad no para desempeñar trabajos de servicio doméstico, como es una costumbre en nuestro país, sino profesionales. Cuando decidió regresar de visita a su tierra natal fue detenido por las fuerzas del orden. No se sabe qué fue de él.

El día de su llegada a Incaraccay -comunidad campesina de Cangallo, provincia de Ayacucho- el 26 de agosto de 1983, luego de un largo y agotador viaje y sin que se sepa el tiempo que departió con sus familiares, Pedro fue sacado de su casa a la fuerza por efectivos policiales.

En el momento en Lima en que inició el viaje de retorno a su pueblo, Pedro tal vez pensó que su militancia populista no le traería problemas en la zona de emergencia. A lo mejor consideró que podría ser una especie de seguro. Fue un error: Ayacucho está convulsionado por la violencia y sin sospecharlo jamás, era un extraño en su propia tierra. Ahora se pide que aparezca con vida.

ANTONIO LIMACO CHUCHON.- No lo conocen, no se encuentra detenido, no tienen cargos contra él. Tres “no” definitivos con los que se tropiezan con las autoridades del cuartel Los Cabitos, los familiares de Antonio Límaco Chuchón.

La familia sabe que fue secuestrado por miembros del ejército el 10 de junio de 1983 en Cangallo y conducido al cuartel Los Cabitos. Y tienen pruebas que los mandos militares reconocieron al principio su detención.

Fue torturado y a consecuencia de los mismos se llegó en un momento a determinar que estaba gravemente enfermo (agregado en el 2008: estaba en realidad herido y era posible determinar el sistema de tortura empleado en su contra, pero se puso en condicional). Es factible que se le haya practicado el temible “submarino”, tortura muy empleada en Chile, Argentina y Uruguay en los peores momentos de expresión fascista y del que existe el testimonio de su aplicación en Ayacucho.

El submarino consiste en semi-ahogar al detenido con la inmersión de la cabeza o parte superior del cuerpo en tanque con agua, muchas veces contaminada con excremento. También podría haber sido atado con las manos a la espalda y colgado, mientras se le daba golpes con un palo.

Los familiares de José Limaco no saben dónde está y no pierden las esperanzas de volver a verlo. Continúan preguntando por él en el cuartel Los Cabitos Nº 51, en la Comandancia de la Guardia Civil, en Seguridad del Estado, en la Comisaría de Huamanga y en la Policía de Investigaciones. Nadie responde por el maestro de educación primaria de 55 años.

LUCIO LOZANO.- El 15 de noviembre de 1983, a las tres de la tarde, Lucio Lozano fue conducido por dos agentes de la Policía de Investigaciones del Perú del Concejo Provincial de Huanta, donde se encontraba laborando, al local de la PIP en la misma ciudad, para que hiciera trabajos de refacción.

Los trabajadores del Concejo y los peones que trabajaban con él son testigos del hecho. No hubo cargos contra Lozano, ni allanamiento, ni fue conducido a la fuerza.

El 30 de diciembre de 1983, su familia reconoció su ropa dejada en Rashuilca, camino a la laguna. Faltaba su ropa interior y sus zapatos. Muy cerca de la misma se encontró desparramado por el suelo un grupo de huesos humanos y una cabeza grande prácticamente devorada por los perros.

Los ocho hijos de Lozano esperan el retorno de su padre y no se cansarán de tocar las puertas por donde pasó Lucio en su largo camino de detención hasta llegar al cuartel Los Cabitos y convertirse en un desaparecido.

AGREGADO EN EL 2008, para incorporar el artículo a mi libro Crónicas Religiosas, Lima 2009.

"Exactamente, un año después del asesinato en Uchuraccay, cuando se preparaba la salida del diario Hoy, en la repartija de temas me tocó “desaparecidos”, centrado en los derechos humanos. Se me pedía realizar una comparación de lo sucedido en Argentina en la década de los setenta uniéndolo a la situación nacional.

El tema no me convenció, no me interesaba, no lo quise hacer, no era conveniente y decidí conversar con monseñor Augusto Vargas Alzamora SJ, entonces era el secretario general del Episcopado, quien tomó muy serio el tema de los derechos humanos pero resaltando el aspecto nacional y quedamos para una nueva reunión en la que me dijo que el cardenal Juan Landázuri OFM, estaba desde hacía un tiempo interesado en presentar de la forma más alturada posible, el trabajo de la Comisión Episcopal de Acción Social sobre desapariciones en Ayacucho, que presidía monseñor Luis Bambarén SJ.

El cardenal, según Vargas Alzamora, no quería grandes titulares en base a cifras estadísticas, sino un trabajo que presentara el compromiso de la Iglesia Católica en su auxilio a los familiares que buscaban a sus seres queridos que habían desaparecido en Ayacucho. En resumen, interpreté que no querían demagogia, ni un ataque frontal a las fuerzas del orden que combatían al terrorismo, ni una crítica central a la política antisubversiva y que además del reportaje fluyera la defensa a la vida.

Estructuré un esquema de trabajo que me permitió presentarme ante monseñor Bambarén, a quien había entrevistado inmediatamente después de la masacre de Uchuraccay. Esta fue la única vez que pude conversar con él, sin la inmediatez de obtener una declaración destinada a ser publicada. Lo he entrevistado varias veces. Comprobé lo que ya me habían dicho, de su gran receptividad para escuchar y de su facilidad para encauzar y/o resolver los problemas.

Monseñor Bambarén me explicó con brevedad, puntualidad y sin omitir detalle de situaciones humanas que la Comisión había resuelto; las que estaban encaminadas a una solución; o las que seguían sin armonía, a pesar de las propuestas existentes. Ello significaba realmente la acción social católica en todo el Perú. Pero el tema era de­sa­parecido en Ayacucho y este era centralmente importante. Unos días después, cuando volví a trabajar la documentación, monseñor, había retornado a Chimbote, de la que era el Obispo, pero dejó la disposición de que se me permitiera trabajar el archivo con toda libertad. Me atendieron un sacerdote y el laico encargado del trabajo de la oficina.

Finalmente escogí diez casos, de los que monseñor Vargas Alzamora, en una reunión que solamente autorizó la publicación de tres, después de estudiarlos conmigo. Conforme a lo ya acordado, cuando tuve redactado el informe le entregué una copia, en deferencia al cardenal Landázuri por haber sugerido el tema, cuya publicación autorizó".


283. Recibimiento y despedida de los restos mortales de los periodistas héroes y mártires de Uchuraccay



Hace 35 años en estos días, un luto nacional envolvió a nuestro país, el asesinato de 8 periodistas y de su guía en la comunidad campesina Uchuraccay, Ayacucho, para el diario El Observador dirigido por Pablo Truel Uribe en el que trabajaba escribí la nota periodística de la recepción de los restos en el aeropuerto de Lima y el multitudinario entierro que acompañó a los mártires. Ambos trabajos los redacté con la atenta mirada de mi jefe de redacción Jaime Marroquín, en esos días se cuidaba al milímetro todo.


1.- LLEGARON LOS MÁRTIRES A LIMA
Publicado el 1 de febrero de 1983 por El Observador

Con honores de auténticos héroes, expresados en frenéticos aplausos y lágrimas de rabia e impotencia, fueron recibidos en la tarde de ayer, por una doliente multitud, los cadáveres de seis de los ocho mártires del periodismo nacional asesinados en Ayacucho con increíble salvajismo.

Por el medio, de un vibrante callejón humano formado entre el avión FAP y las tétricas carrozas, los féretros fueron trasladados sobre hombros de consternados colegas de sus centros de trabajo.

Ante el paso de los ataúdes, el cordón humano de doble fila coreó con fuerza incontenible los nombres de cada uno de ellos y consignas de rebeldía, protesta y repudio.

Pero frente a sus familiares el trágico séquito resultó conmovedor, impactante y dramático porque esposas, pequeños hijos, madres, padres y hermanos se prendieron de cada uno de los ataúdes con dolor y desesperación.

Este desgarrador cuadro se pintó luego entre la multitud que mostró los ojos rojos de dolor y hubo quienes no pudieron contener lágrimas de estupor y de congoja ante el trágico escenario.

El avión FAP con los despojos de los seis colegas llegó al aeropuerto internacional a las 4:20 de la tarde y tras detenerse en el hangar lateral izquierdo abrió su compuerta trasera desde donde se observó los féretros a bordo dispuestos en dos filas.

El primer ataúd extraído del avión contenía los restos del reportero gráfico Jorge Sedano Falcón (La República) y luego el desfile continuó con los de nuestros compañeros Willy Retto y Jorge Luis Mendívil, ambos de la plana periodística de El Observador.

Cerraron la hilera mortuoria los de Amador García (Oiga), Eduardo de la Piniella y Pedro Sánchez (El Diario de Marka), ante la estupefacta mirada curiosa de cientos de viajeros que también dieron rienda suelta a comentarios de estupor.

El edecán del presidente Belaunde, el capital de fragata Otto Wottger, transmitió a los deudos en el aeropuerto las condolencias del jefe de Estado.

Esta infame tragedia es la peor de la historia del periodismo peruano y del mundo. En esta dimensión se interpretó también el hecho en la misma ciudad de Ayacucho, donde el pueblo entero se sumó al dolor con un paro general simbólico efectuado al mediodía de ayer.

Cortejo fúnebre de Eduardo de la Piniella ingresando al cementerio El Ángel.
Cortejo fúnebre de Pedro Sánchez.


2.- ADIÓS A LOS HÉROES DEL PERIODISMO
Publicado el 2 de febrero de 1983 por El  Observador

Una multitud impresionante, que se plegó en forma espontánea al duelo del periodismo nacional, dio ayer un emotivo adiós a los mártires de la prensa, acompañándolos a su última morada, en un cortejo que tuvo la virtud de captar la solidaridad del pueblo peruano.

Lima tributó así una despedida gloriosa y apoteósica a los seis mártires del periodismo peruano, caídos brutalmente en Ayacucho en cumplimiento del deber y de la búsqueda de la verdad noticiosa por encima de presiones, de balas, y de imposibles.

El paso lento y triunfal de los féretros fue saludado por el pueblo, desde los edificios, con lluvias de pétalos, papel picado, serpentina y sonoros aplausos, en señal de postrer homenaje a su valentía, decisión y coraje.

El conmovedor cortejo fúnebre partió a las 10:30 del local de la Federación de Periodistas del Perú (FPP) y ante un consternado público recorrió toda la avenida Abancay en hombros de compañeros de trabajo, amigos y familiares.

El traslado de los ataúdes, de color plomo acero, convocó en forma espontánea a miembros de organizaciones periodísticas, gremios laborales y estudiantes de ciencias de la comunicación que formaron un dolido séquito de cuatro cuadras de largo.

Esta manifestación de profunda solidaridad con una causa justa, fue empañada sin embargo por grupos de exaltados militantes de izquierda y sindicalistas que pretendieron convertir un acto de congoja y dolor en un episodio de incitación a la violencia y de propaganda a emblemas y lemas políticos.

Se sumaron el PCR, IU, SUTEP, POMR, UNIR y PRT, los que lamentablemente desfiguraron la solemnidad ritual de la procesión fúnebre al otorgarle un sentido eminentemente político.

Ese cariz se acentuó luego con la presencia de mineros de Cata-Acarí, Canaria y Caridad, que terminaron por convertir el desfile mortuorio en una marcha sindicalista de reclamos, de solución a problemas laborales.

La única condición que pusieron los deudos de los periodistas caídos fue que se guardase la solemnidad ritual y que la marcha fuera silenciosa y sin cartelones políticos, lo que quedó desnaturalizado por dichos grupos.

Esta contrastante actitud dio lugar a que, por decisión de sus familiares, fueran retirados del desfile colectivo los ataúdes de nuestros compañeros Jorge Luis Mendívil y Willy Retto (El Observador), así como de Jorge Sedano (La República).

Los féretros de los tres colegas fueron introducidos en sus respectivas carrozas, en el cruce de las avenidas Abancay y Grau hasta donde encabezó el cortejo un cordón humano conformado por dirigentes de instituciones y gremios periodísticos, así como por hombres de prensa que cumplieron misión informativa en Ayacucho.

Los restos de los otros tres periodistas mártires, Amador García (Oiga), Eduardo de la Piniella y Pedro Sánchez (El Diario de Marka), fueron transportados hasta el cementerio El Ángel sobre los hombros de sus camaradas, en una marcha bulliciosa saturada de consignas partidarias y protestas contra el gobierno.

La avenida Grau carecía de principio o final, la multitud la tenía tomada, mientras avanzaban los féretros de los mártires, en hombros, siempre aplaudidos por su hombría de bien.

El cortejo, lamentablemente, quedó dividido cuando no se guardó el respeto a una exigencia lógica de los familiares.

El primer grupo de tres sarcófagos fúnebres ingresó al cementerio a la 1:20 de la tarde y para ellos los discursos de despedida fueron pronunciados con términos de nobleza sentimental por Justo Linares, periodista de Ultima Hora.

Ante el segundo grupo, que llegó a El Ángel a las 2:20, cuando los anteriores ya habían sido sepultados, el decano del Colegio de Periodistas, Mario Castro Arenas, inclinó en su discurso fúnebre las banderas de tristeza de la institución frente a las tumbas de los inmolados, declarando que el plenario acordó proclamarlos “Mártires del Periodismo Nacional”.

También hizo uso de la palabra Oswaldo Sánchez, secretario general de la Asociación de Reporteros Gráficos. El último adiós a nuestros seis colegas culminó a las 3:10 de la tarde.

*Este es el artículo original que redacté para el Observador pero fue dividido en dos partes por exigencias propias de la edición del diario.

Cortejo fúnebre de Jorge Sedano Falcón.




282. Los justos cargando las culpas de los pecadores


Foto de Antonieta "China" Gamarra, una leyenda viva de la fotografía peruana: Comuneros de Uchuraccay, Ayacucho, cargan los restos de uno de los mártires del periodismo peruano, el domingo 30 de enero de 1983. Ese fue el Día D, el de la entrega de los cuerpos de los ocho hombres de prensa. La foto nos presenta la realidad que habían sido enterrados en tumbas individuales para ser diferenciados unos de otros con facilidad y además estaban excelentemente envueltos en plástico. Guillermo Throndike director de La República fletó un avión e invitó a todos los periodistas más conocidos de Lima, no estuve por tanto invitado y El Observador no autorizó que vaya, me querían. Por suerte no fui y no quedé atrapado para siempre en la información oficial, porque el Comando Político-Militar de Ayacucho, recién formado, los hizo ir en helicóptero, los engaño de tal forma que todos los periodistas más pintados del medio creyeron que Ucharaccay era el fin del mundo, no era verdad. Monseñor Luciano Metzinger SSCC, una de las mentes más lúcidas de nuestro país en el siglo XX, no fue, se quedó en Huamanga y aprovechó el tiempo para informarse, usó el pretexto que la altura le hacía daño, él había dejado el Obispado de Ayaviri, Puno, por eso. Monseñor Metzinger regresó a Lima con la siguiente información: Uchuraccay estaba a seis horas de camino y sus comuneros bajaban a las fiestas religiosas de semana santa, varios de ellos eran licenciados del Ejército y trabajaban en Cooperación Popular. Ya estaba fabricada la historia de salvajes, harapientos y sin comida, que creyeron que los flash de las cámaras fotográficas eran ametralladora. Yo publique el domingo siguiente en El Observador, un informe sobre comunidades campesinas ayacuchanas. El general Luis Cisneros Vizquerra, ministro del Interior, había dicho: Justos pagarán por Pecadores, entonces la foto de mi amiga Antonieta Gamarra nos presenta a los campesinos de Uchuraccay: "Los justos que cargaron las culpas de los pecadores".

Esta foto de la "China" me traslada siempre al avión de la FAP que trajo de Huamanga los restos de los Héroes de nuestro gremio. Demoró en llegar o fuimos mucho antes de tiempo y la ceremonia también demoró, entonces vi la puerta abierta y me subí y allí estaban los seis féretros, Amador García, Pedro Sánchez, Eduardo de la Piniella, Willy Retto, Jorge Sedano y Jorge Luis Mendívil. Nada diferenciaba uno de otro, estaba tratando de rezar un Padre Nuestro, después de un Ave María, cuando un oficial de la FAP subió, conversamos un rato, me dijo que no lo podía creer, que el Perú había caído en la locura. Y pensar que todavía nos faltaba vivir a todos más de diez años de terrorismo.



281. Las comunidades campesinas antes del terrorismo

A Eduardo de la Piniella




Con la matanza de periodistas en Uchuraccay, se desató una campaña en contra de las comunidades campesinas, principalmente Uchuraccay a quienes se les trató de semisalvajes sumidos en la miseria, entre otros para que cargaran con todas las culpas, porque se lanzó la infamia que "la masacre era parte de su propia naturaleza". Conversé con mucha gente, además tenía mi propia experiencia, y redacte este artículo, mi jefe de redacción, Jaime Marroquín, pidió y autorizó el trabajo, puso una única condición, que si él de la simple lectura comprendía lo que es una comunidad campesina, lo publicaba en el mejor lugar del periódico, no podía fallar. Lo único cierto es que nunca nadie volvió a maltratar a las comunidades campesinas.

El 6 de febrero de 1983, en la página tres del Dominical del diario El Observador dirigido por Pablo Truel Uribe, una semana después de que los restos mortales de los héroes y mártires
del periodismo peruano fueron entregados por los pobladores de Uchuraccay. Está dedicado a Eduardo de la Piniella.
"En las comunidades ayacuchanas, los comuneros rigen su vida de acuerdo a profundos valores morales, no conocen la ley pero tienen un conjunto de normas, que establecen la relación de la familia, el trabajo, la propiedad, la vida y la muerte, todo lo que puede envolver las relaciones en el interior de la sociedad.
La ley, sus implicancias y su aplicación, son totalmente desconocidas y recae la administración de justicia en las autoridades que representan al gobierno en la comunidad. El teniente gobernador, el alcalde, el juez; y entre ellos participan activamente los tinterillos, personajes que han aprendido a manejar los papeles legales.
Juegan un papel importante en las comunidades los gamonales (pequeños propietarios de tierras) y los comerciantes, quienes también pueden ser autoridad y tinterillos, ellos en conjunto son la ley, coincidieron en señalar un grupo de ayacuchanos en diálogo con El Observador, provenientes de las zonas en conflicto y afincados en Lima, que pidieron no ser identificados por razones de trabajo.
En torno al asesinato de nuestros compañeros de labores, en principio se niegan a creer que alguna comunidad de la zona pueda cometer un hecho semejante, algunos prefieren abstenerse de formular un comentario, pero los que tienen un mayor nivel intelectual y profesional, señalan que el comunero puede hacer cualquier cosa por defender a su comunidad, si está convencido que su existencia peligra.
“Las condiciones de vida en la comunidad son muy duras, es necesario que todos se ayuden mutuamente, sin la comunidad no hay vida, si se les hace ver a los comuneros quién es el enemigo y cuáles las consecuencias y el mal que significa su presencia, pueden cumplir lo que se les ordene”, dijo un joven profesional, que no ha perdido contacto con su comunidad.
Señala que el varayoc y otras personas, que por diversas razones han adquirido presencia, tienen influencia decisiva sobre el resto de la comunidad, porque el respeto a la autoridad es una norma sin discusión que sí incumplen son detenidos y entregados a la justicia.
Un obrero de construcción civil -oriundo de la zona- relata que en una oportunidad participó en un conflicto entre dos comunidades, por cuestiones de tierras. En aquella ocasión no hubo muertes, pero sabe que ello ocurre a veces. Este incidente fue resuelto por los personeros de la comunidad y después hubo una gran celebración.
En cuanto a los valores morales, coincidieron que son una mezcla de los valores cristianos y autóctonos, que no permiten el crimen, el adulterio, el robo, el abigeato y la ociosidad. El adulterio es algo maligno y la sanción recae en la mujer, que es castigada en la plaza pública e informándose a toda la comunidad que traicionó a su esposo.
El robo de papas, por ejemplo, es un grave delito. Quién roba es acompañado por todo el pueblo y conducido a la plaza pública, con una marcha de tambores, se le pone un gorro, se le satiriza. El abigeato es poco usual, al igual que el crimen, luego de golpearlos los entregan a la justicia.
Diversiones no existen, salvo las fiestas tradicionales; son profundamente religiosos y en sus vidas los rezos, rosario, novenas y procesiones son importantes.
El cura es la autoridad más respetada, su palabra tiene mucha influencia, puede intervenir con frecuencia en los asuntos comunales, lo que dice se hace.
Una de las personas con las que se dialogó y que trabaja en una dependencia del Estado, dijo que a veces los curas intervienen en las sanciones que aplica la comunidad, para que las revoque: “Cuando la persona ha reincidido y ya todos creen que no puede reformarse, se le expulsa, no se mata, con la intercesión del cura se le permite volver”.
Dijo que a estas comunidades no las visita nadie porque no hay nada que ver, salvo la visita de comerciantes que traen fideos, azúcar y sal y la de los guardias cuando tienen la orden para detener a algún comunero, que por lo general no sabe la razón de la detención.
“Ese es el inicio de un vía crucis porque, mientras está detenido, su familia tiene que trasladarse a la capital de la provincia, la mujer y los hijos tienen que trabajar para subsistir; no es extraño que lo hagan en la casa o en las tierras de alguna autoridad”.
Indicó que los campesinos cuando entran en problemas con la justicia, por tierras, herencias, robos y otros abusos, comienzan a deambular por los anexos, distritos, provincias y la capital de departamento. Se dan casos en que no saben qué está pasando con ellos.
Terminada la cosecha el comunero no puede quedarse en su tierra, tiene que emigrar con la meta de llegar a la capital del departamento para encontrar trabajo y como no lo hay, baja a la costa; en Cañete cosecha algodón, también pueden ir a Ica; en los últimos tiempos, por la difícil situación, llegan a Lima para trabajar en construcción civil, por lo que no se puede considerar que sólo conozcan su comunidad.
El comunero trabaja chacchando coca y come dos veces al día, en la mañana y en la noche; por más pobre que sea no le falta un perro guardián.
Coincidieron también en señalar que no existen diferencias entre las comunidades de valles y puna, siendo característica esencial entregar al visitante lo mejor que se tenga: comida, cobija, atenciones.
Sin embargo, en las zonas más apartadas, el extraño que no justifica su presencia es visto con recelo y hostilidad, pero aun así es atendido de acuerdo a la tradición y así fueron tratados funcionarios de Sinamos y Reforma Agraria, a los que se le escuchó pero no se les dejó intervenir, en la vida comunitaria.
En la zona de Iquicha, en donde fueron asesinados Jorge Luis Mendívil y Willy Retto, no se encuentran las comunidades más apartadas de Ayacucho; a mayor altura existen otras comunidades, con su misma organización, sus mismas creencias, aguardando el final de la cosecha, para que los hombres jóvenes emigren; y luego volver a su hogar, si es que en el camino no encuentran algo que los retenga para siempre.

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AGREGADO EN EL 2008, para ser publicado en mi libro Crónicas Religiosas, Lima 2009: “Qué está pasando en el país?”, preguntó el 30 de enero de 1983 al Presidente Fernando Belaúnde en su habitual conferencia presidencial de la época en el Salón Dorado de Palacio de Gobierno, el periodista Homero Zambrano Lazo, en esa época columnista y redactor principal de El Observador. El ambiente era emotivo porque la noticia del asesinato de periodistas en Uchuraccay se publicó ese día y todos ellos tenían la experiencia en haber cubierto actividades del gobernante, con seis de los mártires.
La pregunta de Homero Zambrano era la del país. El Observador estaba de luto por Jorge Luis Mendívil y Willy Retto, quien además era hijo de Oscar Retto, amigo de todos, y el Perú despertaba a la realidad de estar viviendo una era de terror, en que “en Ayacucho la vida no vale nada” como publicó Begoña Ibarra en La República.
El director de El Observador, Pablo Truel, abrió el periódico a las personalidades peruanas de todos los campos sociales, pero sus opiniones no permitían comprender la vida en las comunidades campesinas. El jefe de redacción, Jaime Marroquín, consideraba inaudito que nadie de la redacción le trajera información válida para que él comprendiera algo de la vida de los comuneros de Uchuraccay. Entonces decía de que si él no podía explicar el tema, como estarían nuestros lectores. Entonces como último recurso me mandó a buscar ayacuchanos a los partidos políticos y los sindicatos.
La buena voluntad de los dirigentes de la CGTP, SUTEP, CITE y de la Federación de Construcción Civil, lo que me permitió acceder a varios ayacuchanos, quienes con conocimiento y seriedad, me dieron declaraciones valiosas y coincidentes. En el artículo se transmite las ideas de Eduardo de la Piniella de un mundo idílico de los comuneros peruanos y, como todo lo campesino, bucólico, pastoril, de vida retirada, que comparto.